Morales Lomas y Campos Reina en el Ateneo de Málaga hace ocho años
CAMPOS REINA,
EL COMPROMISO Y LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO EN EL
SIGLO XX
F. MORALES LOMAS
Han pasado cinco años de su muerte y las sentidas palabras del último
Premio Nacional de Poesía, Antonio Hernández, todavía producen ese sentimiento
de extrañamiento y larga ausencia: “Él se fue así, sin hacerse notar, en
silencio, demasiado pronto, joven como los malditos dioses avaros querían a sus
compañeros de Olimpo. Y nos dejaron a nosotros temblando. A muchos, los que no
lo volveremos a ver porque no estaremos en ese lugar sagrado. Pero nos quedan
sus libros”.
Conocí a Juan Campos Reina más a fondo en la última etapa de su vida,
sobre todo desde la publicación de El
bastón del diablo en 1996, y quedé tan fascinado por su obra como por su
sensibilidad, ilustración y principios. Juan Campos Reina era un gentleman.
Un caballero cordobés de rango, tanto en porte como en actitud y compromiso. En
la literatura este tipo de escritores se dan muy poco por estas latitudes. Con
él trabajé en algunos proyectos y, si la muerte no hubiera sido tan temprana
con él, seguro que hubiera sido muy productiva nuestra amistad.
Durante años fue gestando con exquisitez y desvelo su obra –la Obra diría
yo en sentido juanramoniano- porque
Juan era pulcro, cultivado y preciso.
Fui asiduo lector de su narrativa y me considero un incondicional, acaso
devoto de la misma. Y es que Juan ha sido uno de los grandes narradores
contemporáneos que ha creado un territorio personal, una sensibilidad
ostensible y un estilo. Y el escritor es el estilo, ya lo dijo Valle-Inclán.
Y todavía más, añadiría el rasgo que, a mi modo de entender, supera a
todos los anteriores: el compromiso con el ser humano, en una suerte de
“Humanismo solidario” que yo reivindico para el tiempo y la sociedad actual. En
su obra está el ser humano en su plenitud, en su fortaleza, en sus nimiedades,
en sus grandes gestas y en su ternura que llega de lejos. En su obra está
Europa, la gran sensibilidad europea, pero también está Andalucía y Córdoba.
Porque para Campos Reina su territorio personal es su patria chica al igual que
para Tolstoi la suya: los Maruján, ¡qué gran creación de la literatura
contemporánea!
Inteligencia, ética, enorme cultura, honradez y resolución técnica,
elegancia y seducción en la creación narrativa… avalan a uno de los grandes de
la literatura de nuestro tiempo. Un intelectual
ensimismado y concentrado en su mundo, en su trabajo, pasional, vehemente y
sincero, imaginativo y vital, noble, incansable al desánimo, corrector
empedernido de su obra sobre la que acudía una y otra vez llevando a
cabo múltiples versiones de una sola novela.
Álvaro Campos, Pablo Bujalance, José Infante, Fernanda Suárez Casasús (viuda de Campos Reina), Paco Campos, Rafael Ballesteros y Morales Lomas
En el campo
de la literatura irrumpió con la publicación de la obra Santepar (Seix Barral) en 1988, donde desarrollaba las andanzas y proezas del conde de Santepar en la Corte
del XVIII, maduro hidalgo alquimista que realiza un misterioso descubrimiento,
el cual le dota de un falo descomunal y le devuelve la fuerza de la juventud.
Revestido con sus nuevos atributos, el hidalgo marcha a la corte en 1724, donde
se convierte en el hombre más deseado desde los palacios a los prostíbulos, al
tiempo que recupera su viejo oficio de pintor.
A esta obra le siguió Un desierto de seda (Seix Barral, 1990;
Biblioteca de Autores Andaluces, 2003, primera de la Trilogía del Renacimiento)
y dos años más tarde el ensayo El libro y
el tiempo (1992 y 1997) y la novela Tango rojo (Edhasa, 1992), que reunió una serie de personajes de los
años cuarenta con los que intentaba atraer la memoria de un tiempo finiquitado.
De nuevo en 1994 publica el ensayo Rebeldes y
cirujanos.
Dos años más
tarde, en 1996, apareció El Bastón del Diablo (Alfaguara, 1996; Círculo de Lectores, 1997, segunda de la trilogía citada), su obra más conocida, con la que obtuvo en 1997 el III
Premio Andalucía de la Crítica; el mismo año en que publica La rosa de Apolo. En 2000 publicó Librepensamiento, siete ensayos de temática variada en el
que se aúnan reflexiones sobre personajes de la cultura española, hechos
históricos y actitudes y comportamientos individuales. Y en 2003 reúne definitivamente
la Trilogía del Renacimiento (publicada en edición conjunta por DeBolsillo-Random House Mondadori, en
la Biblioteca Campos Reina) con Un desierto
de seda, El bastón del diablo y La góndola negra. Y en 2006 publicó la bilogía La cabeza de Orfeo, que reúne Fuga de Orfeo y El regreso de Orfeo (DeBolsillo–Random House Mondadori).
Postumamente, en 2010, se publicó el
ensayo De
Camus a Kioto (2010), gestada a lo largo de más de diez
años y publicada post-mortem en la colección de Ensayo Serie Mayor de Ediciones
Siruela, al cuidado de Ignacio Gómez de Liaño. Y en 2011 Dulces
tormentos, una colección de relatos.
La Trilogía
del Renacimiento es uno de los acontecimientos narrativos más
significativos de la novela española en los últimos tiempos. El espacio mítico
creado en torno a los Maruján y el espacio vital cordobés trascienden
simbólicamente y se acercan a otros espacios míticos creados en el siglo XX por
Joyce, Faulkner, Musil, García Márquez, Borges, Benet, Mateo Díez.... Digamos
que construye la síntesis entre los espacios privados, burgueses y cerrados
propios de esa casa que asume su poder en la trilogía y los espacios públicos,
abiertos, sociales y revolucionarios de la Europa del siglo XX. Hay en ello una
voluntad épica evidente de organizar el mundo que hemos vivido a través de la
historia y personalmente en el siglo XX creando su propio constructo alegórico.
La anécdota literaria, el discurso en sentido aristotélico, está al servicio de
la alegoría del siglo XX que produce un proceso de antítesis entre las teorías
sociales (propias de la revolución) con las individuales y burguesas de épocas
anteriores. De esta antítesis surge la síntesis novelesca y su valor de símbolo
literario.
Pero también significa la paganización
de una estructura vital propia del Cristianismo y recogida alegóricamente por
Dante en su Divina Comedia. Y la traslación del referente intelectual de ésta
al territorio andaluz en ese compás ternario propio de la literatura europea:
El infierno (El bastón del diablo),
El paraíso (Desierto de seda) y El
purgatorio (La góndola negra). Y en
definitiva personifica, como decimos, en
sus tres apartados la tesis, la antítesis y la síntesis en sentido hegeliano y
marxista. Esta organización revela de por sí una ambición como novelista y el
querer darle a su obra una eficacia y un territorio propio en torno a la
campiña cordobesa. Al respecto decía Moreno Ayora: “Para él, Un Desierto de Seda conforma la realidad
ilusionada, aventurera y hasta evasiva de una parte de la burguesía española de
principios del siglo XX; pero El Bastón
del Diablo exhibe otra realidad muy distinta en la que el dolor de una
guerra fratricida (recuérdese que dos hermanos militan en bandos contrarios)
viene a ensombrecer de incomprensión y enfrentamiento despiadado un solar
reducido de Córdoba, que de ninguna manera puede aislarse del páramo nacional
para entonces ya incendiado de crueldad. Por fin, La Góndola Negra arrastra muchas de las consecuencias de ese error
histórico que fue la Guerra Civil española y del que igualmente supuso la
Segunda Guerra Mundial, si bien en los personajes se han cicatrizado heridas y
viven en un mundo con cierta dosis de ilusión, como el propio relato constata:
. Pues bien, estos tres puntos de
vista analizados los hace corresponder Campos Reina con la tríada Paraíso,
Infierno y Purgatorio que ya forma parte de la tradición literaria acuñada por
Dante”.
En
consecuencia, hay una clara intención al escribir esta trilogía: plasmar las
tres épocas esenciales del siglo XX: la burguesa, la impregnada por ideas
democráticas de vanguardia y progreso en confrontación con las conservadoras, y
la del individualismo de finales de siglo. Se trata de una
saga de carácter épico español y local con referencias cosmopolitas.
Un desierto de seda es la primera en aparecer en 1990. Continúa la trilogía en 1996 con El Bastón
del Diablo y La góndola negra
en 2003. Crea, pues, un mundo propio que se organiza entre los restos de
un realismo al uso y la llegada de un simbolismo esteticista singular y
personal. Un realismo que incluso es sugerente y trasciende la mera anécdota
narrativa, pues muchas veces interesa que el lector participe en la
organización del mundo novelesco y de ahí sus matices y silencios
interpretativos. Recientemente lo decía Neira: “La información, pero sobre todo
la ignorancia del lector, lo que no sabe, alcanza mayor importancia hasta
convertirse casi en elemento estructurador del relato”.
El paraíso, decía Campos Reina,
corresponde a Un desierto de seda, la
primera novela de la trilogía, pero un paraíso sui géneris porque gran parte de su singladura vital se organiza en
torno al afecto, al deseo y la voluptuosidad, en muchas ocasiones como
ejercicio de la mirada y la contemplación en un sentido que procede
directamente de Proust y también de esa narrativa simbolista y modernista de
principios de siglo XX que estaría representada en España por Las sonatas de Valle-Inclán o la
morosidad de Gabriel Miró. Campos Reina, desde mi punto de vista, asume mucho
de la atmósfera, la ambientación y el modus
operandi de Valle-Inclán (que llega a él desde la Pardo Bazán y Casanova) y
su alter ego el marqués de Bradomín
en Las sonatas. Y, aunque está claro
que José Maruján, su protagonista, no es ni católico ni feo ni sentimental, si
es un dandy tardío, un tanto dadaísta
y moderno, cosmopolita, decadente, sensual y sibarita de la vida y sus
placeres, y Blanca, de la que se enamora es Concha, la prima del marqués, en Sonata de otoño, con las salvedades y
diferencias que una y otra poseen. En la creación de la atmósfera decadente,
sensual y mistificadora que se organiza en torno a 1915 Campos Reina ha sabido
captar ese mismo efecto que recogía la narrativa modernista de Valle gracias a
un narrador ilustrado que conoce los rituales íntimos y el entorno lujurioso.
Pepe Maruján (el brujo, como lo llama
en el relato), el tío, el verdadero centro del relato, exaltado gracias a la
deformación hiperbólica que de él ofrece el narrador-testigo y principal
admirador, José Flor (el novicio), es un “príncipe de la tinieblas
pueblerinas”, pagano, enamorado del refinamiento y el buen gusto, intelectual,
que va adquiriendo un cierto carácter demoníaco –como el marqués de
Bradomín- desde la perspectiva y a los
ojos de su mojigata hermana Lola. Pepe es amante de la sensualidad del mundo
oriental (como todos los modernistas), pero también “partícipe de las
decadencias terminales del Viejo Régimen” –como el marqués de Bradomín-, con un
mundo barroco en su entorno que le organiza su visión alejada de la realidad.
También es un casanova, como lo era el marqués de Bradomín, cuya imitación ya
puso de manifiesto Julio Casares. Un discurso nostálgico que se va forjando en
el verano de 1915 desde la memoria del narrador (José Flor) que, a punto de
morir, rememora aquella fecha de regreso al hogar: “José Flor experimenta el
desasosiego de los viajeros que luego de muchos años regresan a su hogar”.
Desde la cita inicial de Montaigne se
observa la obsesión por el tiempo: “No existe el presente. Lo que llamamos
presente es la unión con el pasado”. El tiempo como una constante
espacio-temporal en un continuum, en
un círculo cerrado, en un aleph lleno
de vasos comunicantes. La novela posee desde esta esencial visión temporal una
estructura muy cuidada de corte aristotélico: una introducción, un cuerpo y un
epílogo.
La introducción (siete páginas)
representa en realidad un ceremonial descriptivo del recorrido por la mansión
que lleva a cabo José Flor, el narrador,
para el que se emplea la tercera persona omnisciente y el narrador
centra su atención en todo un mundo lleno de sensualidad donde los olores,
sabores... llenan una atmósfera delicada, con un lenguaje muy esmerado y
expresivo y una especial atención al adjetivo especificativo. Campos Reina
ofrece una visualización del espacio bastante fílmica, como si un objetivo
hiciera un barrido por los espacios y sus objetos.
El cuerpo de la novela, narrado por
José Flor, se sitúa en el verano de 1915 y está dividido en doce capítulos
desarrollados casi linealmente desde la llegada a la mansión de Pepe Maruján
hasta su muerte acompañado por el ayudante de cámara y secretario general, el
Poeta. Se trata del viajero incansable que después de ver el mundo regresa a la
casa para morir. Las cosas, los objetos, el itinerario por las estancias y las
sensaciones que se van apoderando de Pepe Maruján ocupan gran parte de esa
llegada. Comenzamos a ver a un Pepe Maruján cercano a Byron y Barbey
D´Aurevilly tan queridos para Valle-Inclán. El contrapunto está creado por su
hermana Lola, que personifica la institucionalización de la mojigatería, aunque
fumara y leyera novelas inglesas tendida en una chaise-longue. En cada uno
de los capítulos Campos Reina se detiene especialmente en un personaje o un
espacio: El capítulo I: la casa, el II: Lola; el III: Pepe; IV: Pepe, Lola y el
mobiliario; V: enfrentamientos entre Pepe y Lola por el comportamiento amoroso
y heterodoxo de él y la separación de domicilios; VI: el Poeta y los negocios
de vinos de Maruján; VII: aparece Blanca, la sobrina de Lola y Pepe, que
provocará la sensualidad del protagonista puesta de manifiesto en los capítulos
siguientes...
Es como si el tiempo, súbitamente
se hubiera detenido y se estuviera sólo en presencia del espacio y la
organización en él de los personajes. La novela adquiere en este sentido un
claro tinte burgués que recuerda aquellas obras de teatro de Benavente donde
siempre era protagonista la burguesía o las referidas de Gabriel Miró. Un
tiempo detenido, un tiempo mágico que tanto tiene que ver con la escenografía
fílmica de realizadores como Bergman.
Se asume esa síntesis entre el espacio y la interrelación de los
personajes principales: Blanca, Lola y Pepe. Conocemos “el hermetismo casi
masónico” de Pepe y su chófer, el antagonismo de Pepe y su hermana Lola: “Pepe
era para Lola el símbolo de lo que ella no había sido, la encarnación brillante
de lo sacrificado”. Pero vamos descubriendo también la etopeya de otros
personajes que son progresivamente presentados, como Blanca, de quien se dice
que había heredado los atributos paganos, “pero amputados de la ortodoxia
contrarreformista de su padre por un extravagante ángel cirujano de la
guardia”, hasta que se produce en el capítulo X el encuentro erótico de Pepe y
la sobrina Blanca: “Tomé entonces la botella de champán y regué el vientre de
Blanca. En aquel cuenco bebí hasta que ella se abandonó a mis manos”. En el
capítulo XI se produce la enfermedad de Pepe y la aparición del símbolo, el
bastón del diablo, clave en su segunda novela; y en el XII la muerte del
protagonista.
El epílogo es conducido por un narrador
omnisciente en tercera persona y nos advierte de los últimos momentos del
narrador José Flor y un final un tanto misterioso. Este final ha sido explicado
por Campos Reina como una síntesis también entre Oriente y Occidente, a través
de ese vuelo extraordinario del narrador, ese vuelo que le permite contemplar
en el Ganges su propia muerte y el retorno a todo lo maravilloso depositado en
este paraíso de los Campos Elíseos, un paraíso en la tierra, un paraíso consigo
mismo y con nuestra infancia, con nuestra raíz. Lo individual y burgués, el
sentimiento, se hace definitivo.
Un
desierto de seda, cuyo título es una gran metáfora de esta casa de los
Maruján, posee mucho de Proust, de la novela de principios de siglo XX y
reproduce perfectamente el canon privado de una familia burguesa y los gustos,
aficiones y desencuentros, anunciando otros de gran interés.
El bastón del
diablo, título de su novela más significativa, está inspirado en el árbol
que durante años le sirvió al finado Pepe Maruján, “macerando sus raíces y sus
bayas, para prolongar su madurez amorosa” (p. 34); pero en él, como se advierte
en la contraportada, se guarda una paradoja: “Por un lado refleja la acción, el
combate, el abandono de la torre de marfil para ser en el mundo, en un tiempo
revolucionario, y por otro, se refiere al nombre de un árbol, de cuyas bayas y
raíces se extrae una sustancia estimulante, afrodisíaca”, como hemos referido.
Configurado como un símbolo de la existencia a mitad de camino entre la muerte
y la vida, el placer y la desolación, el eros
y el thanatos, reúne de modo acertado
el desarrollo de unos acontecimientos en los que Campos Reina narra la historia
de la familia de los Maruján y un “extraño a la familia”, José Heredia, el
Poeta y criado de Pepe Maruján (en un Desierto
de seda) en la época que va desde 1915 hasta entrada la guerra civil. De
modo que sería una continuación temporal de la obra anterior. En el seno de esa
familia se vive la tragedia personal que corre pareja a la tragedia colectiva
que vive la sociedad española. Aquí radica uno de los grandes aciertos de la
novela -reunir en un espacio privado las agitaciones del espacio público, algo
que como venimos afirmando forma parte de la esencia de su novelística-
recorrida en su abundancia por ellos.
Desde un comienzo in
media res, una mañana de julio de 1936, cuando José Heredia, alias El
Poeta, visita a Joaquín Maruján, que espera el “paseíllo”, la novela desde ese
momento inicial se retrotrae, a través de la analepsis, al otoño de 1915 en que
José Heredia el Poeta, por expreso deseo del finado, incinera a Pepe Maruján,
uno de los tres hermanos de la saga de los Maruján. Desde este momento la
novela transcurre de modo lineal hasta la página doscientos sesenta y dos en
que se cierra el círculo iniciado con la muerte de Joaquín Maruján, para, desde
esta situación, continuar hasta un final inesperado y de corte fantástico.
Pepe, Lola y Fernando son los tres hermanos Maruján: uno,
Pepe, muerto –dejando como legatario a su mayordomo José Heredia el Poeta-;
Fernando, enloquecido –después de haberse dedicado a sus aficiones favoritas,
el juego y las mujeres, y haber quebrantado “su patrimonio hasta reducirlo a
una finca, que se jugó a la carta mayor una noche en el casino” (p. 27)- y
aislado por voluntad propia en el palomar; y Lola, al reparo de sus sobrinos:
Jesús Leopoldo, Isabel, Joaquín y Paquito María. A ellos hay que incorporar
José Heredia el Poeta, intruso en la familia, que acaba integrándose no sin
dificultad. Son los personajes de un drama familiar en cuyo seno se plasma la
tragedia de la sociedad española desarrollada desde la tercera persona
omnisciente. Se trata de una novela de desarrollo psicológico, bien organizada
en su trazado arquitectónico, en la línea de la novela realista de finales de
siglo y principios del XX. Una novela con una crónica a desarrollar en la que
con rigor Campos Reina nos va introduciendo en la historia familiar con
absoluta solvencia e interés. Una historia que hay que agradecer en unos
tiempos en que la literatura parece sucumbir al marketing editorial y a olvidarse del argumento.
Desde el principio, el desclasado de familia humilde José
Heredia el Poeta, por el azar y el destino, se convierte, gracias a Pepe
Maruján, en un hombre que vive de su legado. Hecho que produce el primer
tropiezo con la hermana del finado, Lola. Tendrán que pasar los años hasta que
Lola lo acepte, aunque, como veremos al final de la obra, fue una aceptación
encubierta, porque los odios iniciales proseguirían toda la vida y José Heredia
el Poeta estaría destinado a vivir una tragedia. Lo mismo que los Maruján, una
acomodada familia que por la mala cabeza de algunos de sus miembros se ve de
pronto en necesidades perentorias.
Bajo la batuta de Lola Maruján viven sus sobrinos: el mayor,
Jesús Leopoldo, se encargará del poco patrimonio que les queda; Isabel, que
acabará casándose con José Heredia el Poeta; Joaquín que, tras estudiar
Derecho, se convertirá en un dirigente político de izquierdas y masón; y
Paquito María, con pocos años en 1915, estará siempre bajo el amparo de José
Heredia el Poeta y su hermana Isabel.
Al comienzo la novela se centra en el desarrollo de las
relaciones familiares y del advenedizo José Heredia. Un desarrollo psicológico,
en el que el ámbito de las relaciones personales juega su papel esencial.
Campos Reina le va dando cuerpo a los personajes, ubicándolos en la existencia
y en sus preocupaciones vitales. El único elemento de fricción, en una familia
venida a menos, es el rechazo de José Heredia el Poeta, a quien no le perdona
Lola su cambio social de limpiabotas y mayordomo a un ser “libre de hacer lo
que le viniera en gana” (p. 73).
Sin embargo pronto se produce el primer destello de lo que
será una tragedia en toda regla, como si los acontecimientos que viven en
España vayan calando irreversiblemente en la familia, que es el reducto de un
paraíso (el de Desierto de seda) que
se va a destruir paulatinamente. Jesús Leopoldo dispara contra su novia María
Antonia Sotomayor pero no le causa la muerte, sino que, paradójicamente, se
casará con ella. Si el casamiento de José Heredia e Isabel durante años genera
una paz y tranquilidad que en la novela se produce con la desaparición casi
total de estos personajes que ocupan un abundante espacio en las cien primeras
páginas, el de Jesús Leopoldo acabará en tragedia al asesinar más tarde a María
Antonia.
Es el momento, hacia el primer tercio de la novela, cuando
el ámbito público va ganando espacio al privado. Surge con fuerza la figura de
Joaquín –en menor medida la de su amigo Gabriel Mora-, convertido en un utópico
dirigente que aspira a llevar las grandes ideas de la revolución a la sociedad
en la que le ha tocado vivir. A partir de este momento abundan las reflexiones
de corte sociológico y político sobre las grandes ideas de la tradición
socialista en las que anida Joaquín y en ocasiones la narración deja su
discurso literario para convertirse en otro de corte ensayístico; si bien
Campos Reina logra siempre que los acontecimientos políticos y sociales no
enturbien el cauce del desarrollo de las psicologías, ya que existe una gran
contención en el desarrollo de aquéllos que siempre están al servicio del
personaje y no al contrario. Hecho que es de agradecer, porque, a veces, el
novelista incurre demasiado en el archivo histórico, olvidando que por encima
de los acontecimientos está el argumento y sus personajes. El irracionalismo de
corte romántico asoma por primera vez en Joaquín cuando se bate en duelo, como
en el XIX, con una comandante. La muerte de éste al mismo tiempo de la de María
Antonia es un momento de tensión dramática que va a precipitar los
acontecimientos. La tragedia se va sirviendo a pequeños sorbos, de modo
acomodaticio, pero irreversiblemente. En estas circunstancias emerge con fuerza
la figura de Lola, la tía, que encarna unos valores de orgullo de clase y
fuerza de la tradición a la que viven ajenos sus sobrinos: “Odiaba el sino de
la familia y se odiaba a sí misma por haber transigido”.
Definitivamente, a medida que Joaquín se convierte en el
protagonista de la acción, el espacio social gana la partida al privado, aunque
éste siempre esté presente perfectamente integrado con aquél. El tiempo ha
pasado, estamos ya al comienzo de la República y Joaquín surge con fuerza
dirigiendo el periódico La tribuna.
Es el ascenso como líder político de Joaquín, sin embargo progresivamente se va
dando cuenta de que sus ilusiones de “alcanzar desde la democracia las
conquistas sociales de una revolución, sin necesidad de recurrir a la
violencia, tardaron poco en deshacerse” (p. 180).
De esta etapa pública se vuelve de nuevo a la privada –pues
ambas están perfectamente integradas-, y cada vez que ello ocurre vuelve la
desgracia familiar, esta vez con el fallecimiento de Isabel. Pero parejo a ese
ambiente de tragedia y al ambiente de confrontación que está viviendo la
República, en la familia Maruján resurge la figura de Jesús Leopoldo, que
ingresa en Falange Española. Esta situación enfrentará así a los dos hermanos
desde este momento, cuando llevamos transcurridos dos tercios de la novela,
hasta el final. La afiliación de Jesús Leopoldo puede pensarse que viene un
poco a traspelo en la obra y cumple una función más literaria para imbricar el
ámbito privado en el público, pues hasta entonces nunca Jesús Leopoldo había
manifestado una inclinación política frente a Joaquín; pero a mi entender es un
acierto, a pesar de esos reparos.
Desde este momento se sucede una acción trepidante con
acontecimientos socio-políticos y de guerra, con las barbaridades cometidas por
uno y otro bando del que Campos Reina intenta, desde la tercera persona, ser
objetivo y bastante fiel a las ideas que unos y otros defendían sin caer en
opiniones que pudieran contravenir su función de narrador, aunque da la
sensación de que siente una mayor simpatía hacia las ideas de Joaquín
tácitamente. La guerra es, pues, parece decir Campos Reina, una forma de
dilucidar lo que durante la República era algo inevitable, el enfrentamiento a muerte
de los hermanos. Porque está claro que el encanto de ese lugar ceremonioso de
la novela Un desierto de seda aquí se
pierde: “De ahí que la belleza del recinto de los Maruján, la delicadeza o la
humanidad de algunos de sus habitantes opere en El bastón del Diablo no como un marco amable para acompañar la
celebración de las simbólicas ceremonias burguesas, como ocurría en Un Desierto de Seda, sino como el ribete
del infierno que, poco a poco, va perfilándose para enterrar las ideas más
nobles y tolerantes y a aquéllos que las defienden. Un infierno que no es
producto de la imaginación sino de una realidad que debió ser recortada para
que pudiera asumirla, simbólicamente, el lector”[1].
La contención narrativa y la disposición de los
acontecimientos de modo que se diga lo que se debe decir en cada momento es
otro de sus grandes aciertos, en una novela estructurada en cuarenta y tres
capítulos breves en los que el lector percibe que no hay nada innecesario, pues
la pulcritud en este aspecto es otro de lo valores. No es amigo de las
florituras verbales, ni de los juegos del lenguaje, ni del estilo que impida
obcecarse en el lenguaje en detrimento de la historia, sino que su proceso
narrativo sigue el canon tradicional en este tipo de narraciones. Por esta
razón dirá el escritor que “debía ser más directo, menos recargado pero muy
preciso, para definir un tiempo determinado por las ideas y la acción”. En
definitiva, una novela que en palabras de Moreno Ayora[2]
“contiene un simbolismo lírico ramificado tanto en los acontecimientos
familiares como en los personales, posibilitando que el transcurrir narrativo
se cargue de acción y de pasión amorosa en ciertos momentos, que simbolice
frecuentemente la contradicción y la tragedia internas de los personajes, o que
recoja la sensibilidad y la condición femenina en otros. El resultado es que
las páginas se inundan de humanidad y ternura sin discusión. Campos Reina había
logrado lo que por entonces había pretendido: “crear sobre un fondo que tuviese
el estremecimiento de lo vivido, porque cuando se parte de la realidad, el
lector lo intuye”.
Cruzar la línea del tiempo y vivir las mismas vidas a través del juego
temporal y espacial. Acaso el secreto
de La góndola negra (2003) se
sostenga sobre esa percepción de que el tiempo es cíclico y el eterno retorno
nos nutre y sostiene. Cuando el narrador en primera persona, Juan Maruján,
inicia su andadura en la recuperación de la vida de Pepe Maruján y José Flor
Maruján, sus antepasados, no percibe que también está iniciando el rescate de
sí mismo, su propia redención al introducirse en los entresijos de una larga
familia envuelta en múltiples secretos que sólo él acabará por redimir del
olvido organizando lo que el siglo XX había desorganizado con guerras,
diásporas y destrucciones. La reconstrucción de la familia de los Maruján
también es la reconstrucción del siglo XX.
De todos los indicios que percibe
Juan para organizar el puzzle vital en el que se mueve y las conexiones entre
el pasado y el presente el más evidente es la identificación palmaria entre
Leonor Tavera, eterna enamorada de Pepe Maruján (el pasado), y Beatriz Dufour,
enamorada del narrador Juan Maruján (el presente). Éste se hace depositario del
pasado a través de esa herencia (de hechos históricos y familiares nunca
inocentes) de la que formará parte Juan Maruján. Y la que concita este hecho es
Beatriz, la Beatriz de Dante, la Beatriz que ayuda en el viaje iniciático, en
el viaje del conocimiento desde los afectos, la ternura y el amor, haciendo intemporal
lo que se sostiene sobre el encuentro.
La góndola negra se inserta en
la novela de corte intelectual y simbólico con guiños al romanticismo, y
siempre con una proyección vital y trascendental. Juan Maruján recibe un legado
de su antepasado José Flor Maruján, sobrino a la sazón de Pepe. Los otros dos
herederos son Adelaida Maruján, que ha sido elegida para presidir el Patronato
de la Fundación y Beatriz Dufour (huérfana desde la infancia), de la que se
enamorará Juan Maruján y con la que compartirá propiedades de modo vitalicio.
El único requisito que le imponía José Flor a Juan para disponer del usufructo
del legado era fijar su residencia en el municipio donde pertenecían los
bienes. Juan Maruján, una persona meticulosa y ordenada, antiguo funcionario,
hoy enfermo gravemente (acaso trasunto en determinados momentos del propio
Campos Reina) decide penetrar en el secreto de la familia y a través del
triángulo de Córdoba-Florencia-Venecia desentrañar la última verdad. Entre los bienes existentes había no menos
de quinientas piezas entre objetos artísticos, esculturas y lienzos que no
habían sido entregados a la Fundación y José Flor los había cedido en usufructo
a Juan, que ignoraba las razones que lo movieron a tal proceder. Lo que
generaba una dependencia de la fundación con respecto a él en tanto viviese.
Juan sospechaba inicialmente que lo que podía mover a José Flor era que los
Maruján volviesen a formar una familia unida.
En medio de esta investigación emerge
con un poder sublime la figura de Pepe Maruján (pintor en ciernes, tras la
estela de Fortuny en Florencia, que pretende trasladar la cultura europea a un
rincón de Andalucía), que se apoderará súbitamente de la novela: su
interrumpida historia con Leonor Tavera, la confidencia y amistad con Paola
Pisani, su colección de obras de arte entre los años 1900 y 1915, su vida entre
Florencia-Venecia-Córdoba... Pepe es un idealista que soñaba con un hombre en
continua evolución positiva guiado por la razón, seguidor de la revolución francesa
y de las grandes conquistas de la ciencia y el arte. Con la historia de Pepe se está construyendo la teoría del eterno
retorno tan querida para Nietzsche y también para Campos Reina.
Pero un misterio se cierne sobre la
familia el año 1915: en otoño fallece Pepe Maruján; Blanca (su sobrina, y
también sobrina de Leonor Tavera, la enamorada de Pepe Maruján) regresa a
Francia; José Flor (sobrino de Pepe) se marcha a Oriente; y Lola (que no
perdonará a su hermano Pepe haber dejado como usufructuario del pabellón y el
botánico a su chófer “El Poeta”) abandona la casa donde había estado toda su
vida. La huida de Blanca y José Flor se justifican por el embarazo de ésta y el
posterior nacimiento de Albert Dufour, abuelo de Beatriz. La historia familiar
se va enmarañando con la historia de Sara Maier (la mujer de Albert y abuela de
Beatriz Dufour) y su extraña desaparición. Todo un conjunto de hechos que
mantienen una lectura en la que se aprecian las dotes de narrador de Campos
Reina, escrupuloso, minucioso y detallista, transparente en la eliminación de
los elementos innecesarios y ágil en el desarrollo de la intriga con capítulos
breves e intensos.
A través de diversos tipos de escritos:
los cuadernos de Paola Pisani, las cartas de Leonor a Pepe Maruján, de éste a
Leonor y Paola, la carta de José Flor a Beatriz o de Sara Maier a José Flor...
y la propia historia de Juan Maruján, sobre sus pesquisas en primera persona,
el lector se adentra por un laberinto familiar en el que el arte y la trascendencia
del amor así como los secretos mejor guardados conforman una novela que, bien
conducida en cuanto al ritmo narrativo, nos adentra por tres ciudades que
poseen una sublime eficacia en la vida de los personajes. Florencia como
símbolo del arte y el secreto mejor guardado navegando más allá de la realidad
inmediata; Venecia, con esa entronización de Wagner y el simbolismo de su óbito
final; y Córdoba como residencia y canto del amor y los afectos en torno a
Beatriz Dufour.
La góndola negra representa el
encuentro con un proyecto familiar que finalmente se conforma en torno a Juan
Maruján y Beatriz Dufour, pero también la apoteosis de la muerte a través de la
pintura de Fortuny y Madrazo, del momento concreto en que el cadáver de Wagner
es trasladado desde el palacio Vendramin-Calergi a la estación de ferrocarril
en la góndola. Una obra que en el marco de la trilogía Renacimiento
simbolizaba el Purgatorio pero en la que el alcance de las ideas sobre el
progreso, las razones del arte, de la música y de los valores vitales presididos por el amor se adueñarán de esta
admirable obra.
La góndola negra es la tercera novela de esta trilogía en torno al hombre occidental que olvida la
marginación y el dolor. En ella, el narrador, Juan Maruján, no ve lo que hay
alrededor en la sociedad. Pero todo ello se viene abajo cuando una enfermedad
que se apodera de él lo lleva casi a la muerte. Tras recuperarse, se da cuenta
de que en él se han producido cambios definitivos cuya consecuencia son los
acontecimientos de esta historia que ahonda en la familia en torno a los siglos
XIX y XX. Es después de esa enfermedad y frente al espejo de un cuarto de baño
cuando comienza a descubrir a un ser extraño y a los marginados a los que no
estaba dispuesto a observar hasta entonces.
Se presentan toda una serie de símbolos que intentan
trascender los acontecimientos y la proyección de las ideas que encierra ésta,
por ejemplo, la góndola negra que cruza las aguas con el cadáver de Wagner que
va del pasado al futuro; pero también el anillo de rubí, símbolo de compromiso
para el narrador y para Pepe y eslabón de la cadena que unió a Prometeo y su
roca. Y al igual que Prometeo sufre el castigo por haber robado el fuego de los
dioses, también Juan Maruján en su Purgatorio personal.
Si Pepe Maruján es el
protagonista de Un desierto de seda,
Joaquín Maruján de El bastón del diablo
y Juan Maruján, La góndola negra; en
ésta se cierra el círculo que comunica con la primera con las constantes
referencias a Pepe. Al recibir el legado testamentario y descubir el anillo
como símbolo, Juan Maruján emprede un viaje hacia Córdoba e Italia: “En el
curso de éste, su nueva mirada, en una ciudad repleta de museos como Florencia
lo impulsa a huir de ellos, a pasear por los barrios y a frecuentar sus hornos
para beber un vaso de vino o tomar un sencillo alimento; a explorar ese lado
sobre el que se sustenta el otro que se difunde en los
catálogos y libros de arte en tanto efectúa una investigación que le abre dos
siglos, el XIX (marcado por la ideas de Wagner y artistas como Mariano Fortuny
y Madrazo, John Ruskin o Proust, que tenían a Venecia como un símbolo y al arte
como una alternativa a la vida) y el XX, que se inicia al fin de la Belle
Époque, en 1914, y conduce al desastre que obliga a salir del ensueño del
como una alternativa a la vida, para darse de bruces
con una realidad en la que hasta los verdugos llegaron a creerse sublimes y
autorizados para recortarla a tenor de sus ideologías”[3].
La obra está dividida en dos
grandes apartados: primera parte y segunda parte: Florencia, y un epílogo de
pocas páginas en el que el protagonista regresa a Córdoba y junto a Adelaida
recorre la Fundación y la disposición que entonces tendrían los objetos del
pasado, los que conformaban la historia personal de los Maruján: “El viaje que
acababa de realizar había despejado las incógnitas que planteaban los veinte
años de Pepe Maruján”. Tras considerar
todo este proceso como una liberación encuentra a Beatriz (el símbolo de Dante)
y desnudos le hace entrega del anillo de rubí: “Al deslizarlo por uno de sus
dedos rocé su palma y comprendí que se lo ponía también a Sara, a Blanca y a
Leonor, y que, a través de mis ojos, Pepe Maruján, José Flor y Albert lo
contemplaban. Beatriz giró la mano y el brillo del rubí pareció encender la
habitación. Entonces vi acercarse su rostro al mío y supe, definitivamente, que
habíamos cruzado la línea del tiempo”.
Su díptico La cabeza de Orfeo completa un ciclo narrativo, que comenzó a
gestarse en el año 1986 y se cierra veinte años después, en 2006, con esta
bilogía. El escenario de La trilogía del Renacimiento había sido la
casa de los Maruján y las ciudades de Venecia, Florencia y Córdoba. Sin
embargo, ahora es Sevilla el símbolo que aglutina las dos novelas del díptico La cabeza de Orfeo. Una ciudad en
la que Campos Reina vivió durante su etapa de estudios universitarios intensamente.
Junto al elemento sentimental y vivido que tiene toda elección toponímica existe
también la pretensión de crear una especie de urdimbre que acoja ese secreto
íntimo que posee cada ciudad, en este caso la emblemática Sevilla, a caballo
entre la memoria y el presente. Orfeo –decía Campos Reina- es amado y odiado y degollado
por las Bacantes: “Su cabeza, arrojada al río, sigue cantando arrastrada por
las aguas. Los personajes principales de ambas novelas han de retomar su vida,
al final del siglo XX, tras una ruptura con el pasado. Y en esa nueva
experiencia, la sensualidad e incluso la sexualidad son elementos determinantes.
El paladar es simbólico en una. En la otra, el oído y el tacto son como la
frontera de los sentimientos. Escribí esta última novela escuchando música de
Erik Satie y dejándome invadir por la ciudad. El tono de la escritura creo que
lo refleja y desarrolla el símbolo
del mito griego desde la perspectiva del momento en que se produce la pérdida
de Eurídice, pero también la liberación a través del afecto, la sensualidad y
el sexo”.
Pero en ambas historias, en sus
diferencias se evidencia también la consistencia de la represiva sociedad
franquista y la traslación de la misma a la ideas de los españoles y a una
visión moral cercenada.
Fuga de Orfeo se inicia con una carta del falangista
Jesús Leopoldo Maruján a la editorial Random House Mondadori y, a continuación,
la historia de su hijo Leo -una suerte de nuevo Orfeo-, un estudiante de
derecho –como Campos Reina- que lleva toda la vida para acabar la carrera,
antes de irse a Nueva York. Solo le queda una asignatura y escribe un diario
que le enviará al padre en el que cuenta sus aventuras amorosas y diversiones
eróticas en la Sevilla de 1990.
El padre, indignado, lo reenviará a su vez a don Camilo, un antiguo censor (el
nombre de Camilo José Cela se evidencia), para que lo modifique y enmiende
antes de editarlo. La represión moral y el corolario de lo pecaminoso del sexo son
inherentes al ejercicio narrativo y a su simbología de época. Leo-Orfeo tiene a
su Eurídice-May, una americana natural de Oregón, en una suerte de historia con
altibajos y descensos a los infiernos hasta que se marcha con ella: "Quien ama –dirá Campos Reina- cede un poco en la
vida. Cuando ama realmente se olvida de vivir y se enajena. Cuando esa
situación ha pasado, reconoce que ha estado en la apoteosis de la vida. Pero
cuando ha vivido esa situación, no se ha dado cuenta de ello porque estaba
amando".
Como bien han dicho algunos
críticos, incluido el propio autor, la educación religiosa franquista choca con
esa nueva visión en torno a la libertad sexual, la lectura y la ruptura de un
ordenamiento mental. Dos mundos que
chocan y en el que uno trata de vencer al otro siendo las relaciones
inclementes de Leo con las mujeres el símbolo-acicate de una puesta en escena.
Leo ha sido criado en una familia falangista, pero es través del sexo y el
descubrimiento de la fuerza emergente de los sentidos como alcanza a descubrir
un nuevo mundo cuya asociación con la caída del muro también es una
predeteminación manifiesta. Al respecto decía el novelista: "Como el muro de Berlín, ya polvo somos y en polvo
nos convertiremos (…) Hablamos de una ideología hecha polvo y, al mismo tiempo,
de la sensualidad y del sexo (…) Leo relaciona la caída del muro de Berlín con
esa fuga, esa búsqueda de un nuevo horizonte que le lleva a ir a Nueva York, a
la frontera de lo que está surgiendo".
En El regreso de Orfeo también la reconstrucción
memorial –a la que siempre fue propenso Campos Reina en sus obras- tiene como
protagonista a otro Maruján, el cirujano León Maruján, que tiene que
reconstruir toda su vida tras quedarse ciego en un accidente de tráfico.
Maruján regresa a Sevilla, su ciudad natal, donde se dedica a tocar el piano en
un bar nocturno y a recorrer las calles. León Maruján tiene que organizar su
vida desde el olfato pero se ve envuelta su existencia en la redención que
alcanza la memoria aunque su pasado se convierta en la inmersión en los
infiernos: "Todo hombre siempre acaba
regresando a su infancia. León tiene el privilegio y la tara de regresar con la
parte fundamental de su vida cortada. León tiene que recuperar la vida. Si no
reverdecer como un árbol al que han cortado el tronco, León tiene que
reverdecer con las ramas laterales. La música, el oído y el tacto se convierten
en elementos esenciales. Este hombre se encuentra una nueva ciudad al volver a
los recuerdos. El recuerdo se transforma y, al transformarse, le regala una
vida que sustituye a la que ha perdido", concluye Campos Reina.
La infancia es reconstruida en medio de esa bruma de
alcohol y tabaco mientras los Maruján van resonando en su mente como con una
diabólica fuerza siendo la música y la sensualidad las restauradoras de un
ritmo vital mientras reconstruye y sondea en su pasado con los interludios de
sus dos mujeres Fátima y Betsabé, la nueva Eurídice. Los olores reconstruye esa
historia familiar y también el tacto que tantas asociaciones posee con
escritores como Proust o Rilke.
Estamos, pues, ante un novelista de gran altura de miras y uno de los
grandes escritores de la narrativa española contemporánea que ha creado un
mundo propio y personal en las entrañas de Andalucía, pero con la proyección
simbólica de Italia y Europa, donde el mito y la realidad adquieren un
imaginario vital y comprometido, el del siglo XX.
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