La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano

domingo 22 de noviembre de 2009

JUAN CAMPOS REINA, EL ADIÓS DE UN GRAN NOVELISTA POR F. MORALES LOMAS


«Mi padre olía a vainilla y yo me dormía cada noche atrapado por el ruido monótono de la piedra de un molino de aceite... Tenía una pequeña fábrica de chocolate en el pueblo...»
Hace poco tiempo, apenas unos días, nos ha dejado un gran novelista, el escritor de la música, de los olores y de los mitos... pero sobre todo nos ha dejado una gran persona. A veces las palabras reducen la realidad a sensaciones que no corresponden a todo lo que querríamos expresar en este momento. Pero la mejor memoria que podríamos disfrutar de Juan Campos Reina es seguir leyendo sus obras. Juan era una persona fiel a sus amigos tanto como a sus ideas. Y su corazón era grande y generoso, igual que su sonrisa, pero también era un novelista sólido, consistente, con un mundo personal y propio a caballo entre el realismo y el simbolismo, con una gran derivación de los mitos de la antigüedad que para él seguían vigentes en nuestras sociedades contemporáneas.
Hasta hace unos meses (y durante más de un año) estuvimos trabajando en la preparación de lo que fue una muestra del estado actual de la narrativa andaluza que se publicó en El maquinista de la generación, donde se ofrecieron un centenar de páginas sobre los mejores narradores actuales. Pero Juan no se encontró bien este verano y tras unos meses en el hospital falleció el día 27 de octubre a la edad de sesenta y tres años. No pude decirle adiós a pesar de que lo intenté. Llevaba ya días en la UCI de Carlos Haya y sólo Fernanda, su mujer, y sus hijos podían acercarse a verlo. Me despedí de Juan a través de ellos. ¿De quién mejor? Hoy quiero recordarlo como el intelectual que fue, ensimismado y concentrado en su mundo, en su trabajo, pasional, vehemente y sincero, imaginativo y vital, noble, incansable al desánimo, corrector empedernido de su obra sobre la que acudía una y otra vez llevando a cabo múltiples versiones de una sola novela...
Nació en Puente Genil (Córdoba) en 1946. Estudió Derecho en la Universidad de Sevilla, donde obtuvo la licenciatura en dicha materia. Fue inspector de Trabajo y Seguridad Social, pero abandonó esta actividad para dedicarse totalmente a la literatura. Tras residir en Galicia, Barcelona y Palma de Mallorca, se afincó en Málaga. En el campo de la literatura irrumpió con la publicación de la obra Santepar en 1988, donde desarrollaba las andanzas y proezas del conde de Santepar en la Corte del XVIII, maduro hidalgo alquimista que realiza un misterioso

descubrimiento, el cual le dota de un falo descomunal y le devuelve la fuerza de la juventud. Revestido con sus nuevos atributos, el hidalgo marcha a la corte en 1724, donde se convierte en el hombre más deseado desde los palacios a los prostíbulos, al tiempo que recupera su viejo oficio de pintor.
A esta obra le siguió Un desierto de seda en 1990 (primera de la trilogía) y dos años más tarde Tango rojo (1992), que reunió una serie de personajes de los años cuarenta con los que intenta atraer la memoria de un tiempo finiquitado. En 1996 apareció El Bastón del Diablo, su obra más conocida, con la que obtuvo en 1997 el III Premio Andalucía de la Crítica; el mismo año en que publica La rosa de Apolo. En 2000 publicó Librepensamiento, siete ensayos de temática variada en el que se aúnan reflexiones sobre personajes de la cultura española, hechos históricos y actitudes y comportamientos individuales. Y en 2003 reúne Un desierto de seda, El bastón del diablo y La góndola negra en lo que llamará Trilogía del Renacimiento. Y en 2006 publicó su último título La cabeza de Orfeo que reúne Fuga de Orfeo y El regreso de Orfeo. En la actualidad hay un libro de ensayo inédito que está ya en prensas y una obra de teatro a la que le daba los últimos retoques antes de morir.
De toda su producción es La trilogía del Renacimiento y La cabeza de Orfeo (bilogía) lo más significativo. La Trilogía del Renacimiento significa una organización simbólica del siglo XX en torno a la familia de los Maruján y el espacio cordobés, pero también la traslación del referente intelectual de la Divina Comedia de Dante al territorio andaluz en ese compás ternario propio de la literatura europea: El infierno (El bastón del diablo), El paraíso (Desierto de seda) y El purgatorio (La góndola negra). La Trilogía del Renacimiento simboliza también en sus tres apartados la tesis, la antítesis y la síntesis en sentido hegeliano y marxista. Esta organización revela de por sí una ambición como novelista y el querer darle a su obra una alcance alegórico y una eficacia narrativa en un territorio propio en torno a la campiña cordobesa que tiene mucho que ver con el espacio personal que han creado muchos novelistas del XX como Joyce, Faulkner, Musil, García Márquez, Borges, Benet...


Hay una clara intención al escribir esta trilogía: plasmar las tres épocas esenciales del siglo XX: la burguesa, la impregnada por ideas democráticas de vanguardia y progreso en confrontación con las conservadoras, y la del individualismo de finales de siglo. Se trata de una saga de carácter épico español y local con referencias cosmopolitas.
De las tres obras, El bastón El bastón del diablo fue la más popular y reúne de modo acertado el desarrollo de unos acontecimientos en los que narra la historia de la familia de los Maruján y un “extraño a la familia”, José Heredia, en la época que va desde 1915 hasta entrada la guerra civil. En el seno de esa familia se vive la tragedia personal que corre pareja a la tragedia colectiva que vive la sociedad española. Reúne en un espacio privado las agitaciones del espacio público.
Su bilogía La cabeza de Orfeo desarrolla el símbolo del mito griego desde la perspectiva del momento en que se produce la pérdida de Eurídice, pero también la liberación a través del afecto, la sensualidad y el sexo. En estas dos historias diferentes, bajo el paraguas genérico que aludimos, hay una visión de la represión del franquismo y sus consecuencias en la moral y la ideología de los españoles de la época. En Fuga de Orfeo se inicia con una carta del falangista Jesús Leopoldo Maruján y, a continuación, la historia de su hijo Leo (una suerte de nuevo Orfeo), un estudiante de derecho que lleva toda la vida para acabar la carrera. Sólo le queda una asignatura y escribe un diario (que le enviará al padre) en el que cuenta sus aventuras amorosas y diversiones eróticas en la Sevilla de 1990. El padre, indignado, lo reenviará a su vez a don Camilo, un antiguo censor, para que lo modifique y enmiende antes de editarlo. La represión moral y la trascendencia de lo pecaminoso del sexo son inherentes al ejercicio narrativo y a su simbología de época.
En cambio, en El regreso de Orfeo el protagonista es León Maruján, un cirujano que tiene que reconstruir toda su vida tras quedarse ciego en un accidente de tráfico. Maruján regresa a Sevilla, su ciudad natal, donde se dedica a tocar el piano en un bar nocturno y a recorrer las calles. León tiene que organizar su vida desde otros sentidos diferentes a la vista pero se ve envuelta su existencia en la reconstrucción de su memoria y de su pasado que se convierte a veces en un regreso a los infiernos.
Estamos, por tanto, ante un novelista de gran altura de miras y uno de los grandes escritores de la narrativa española contemporánea.

martes 17 de noviembre de 2009

LA POESÍA DE J. BENITO DE LUCAS POR F. MORALES LOMAS




Desde la consistencia de la tierra, desde su oscura ausencia hasta la apariencia cálida y su receptáculo de colorido y soplo deífico. Así es el barro creado, así es el ánfora.
En Canción del ánfora (Cuadernos de Calixto, Talavera de la Reina, 2008) J. Benito de Lucas aspira a una mutación de lo inerte en lo vital, desde la paz intensa del interior lóbrego de la tierra hasta el luminoso agasajo de la creación y su luminaria, desde las vibraciones interiores hasta los destellos de su existencia última.
Benito de Lucas nos ofrece un parto de nueve poemas, los nueve poemas de Canción del ánfora, los nueve himnos de la creación con una continuidad de ritmo y sentido: las nueve lunas de un nacimiento. Crea la evolución laboriosa que sigue cualquier alfarero. También el poeta es un alfarero del verso: desde la nada hace la luz. El alfarero desde la tierra inicial elegida afianza la belleza de luz y color: el ánfora.
Con este libro Benito de Lucas ha querido hacer un homenaje a todos los alfareros de Talavera de la Reina y sentirse un artista impenitente en las manos de la palabra. En ese parto del ánfora, la elegida para la ocasión, “airosa y arrogante/ ánfora del vientre henchido de promesas”, un símbolo que surge de esa pella fecunda en las tiernas manos del alfarero y acaba volando, y acaba alcanzando vida propia, una vida en comunión con las manos del que la palpa, la acaricia y la contempla.
Siguiendo el esquema constructivo narrativo-descriptivo, Benito de Lucas va contando, va recreando ese ceremonial casi místico que sigue el alfarero: la selección de la tierra adecuada, su preparación y purificación, las caricias y arrumacos en el torno, el molde de su creación y de su vida excelsa, la primera cocción para fijar su primera luz, su primera presencia, la vestidura con los ropajes albos de novia, de novicia, su atuendo de colores, formas y sentidos, y una segunda cocción de nuevo para que el fuego dé el brillo del nacimiento, el brillo definitivo y, finalmente, su destino de flores, de salones, de vino...
Aunque su lenguaje es realista, contenido y sobrio, se muestra fugaz y expansivo en la expresividad de sentidos y proyecta una creación alegórica, plástica, simbólica y metafórica por la contundencia de los símiles, las alegorizaciones diversas, las prosopopeyas manifiestas que siguen la estela del creador del alma de las cosas: crear vida en ese barro que alcanza la cima de la creación.
Estamos hablando de un proceso transformador inocente, el que corresponde al nacimiento de cada vida. Estamos satisfaciendo el principio de la creación desde la nada. El ánfora, antes de llegar a manos del alfarero, no es nada, no es nadie, acaso una mixtura de tierra y agua: dos de los cuatro elementos, que gracias a las manos del alfarero alcanzan la vida junto al fuego y el aire. Porque también el fuego crea al ánfora, le da brillo y esplendor, la asienta definitivamente en la creación. Y, por supuesto, el aire, que inundará los pulmones del ánfora, el soplo de su respiración: “Tibia y con suave respirar de vida/ está la masa en brazos de los años/ madurando de un sueño largo y lento”. La estructura del poemario tiene la invocación del nacimiento de cualquier ser humano (nueve meses-nueve poemas en uno solo) y, como cualquier ser humano, necesita para crecer de los cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire. El ánfora encarna nuestra propia metáfora, nuestra propia visión de ser. También nosotros fuimos légamo, barro que va levantado un vuelo hasta ser. Y como el ánfora somos frágiles: una fragilidad de tiempo y barro.
Benito de Lucas tiene voluntad de crear un libro redondo, cerrado y circular. Y así, el primer poema, “Invocación”, y el último, “Destino del ánfora”, se ofrecen a cerrar el círculo: primero para invocar, después para ordenar su futuro. Invocada el ánfora en su “esbeltez”, en sus colores brillantes, en su delicadeza de frágil consistencia y en su proyección como obra acabada que se asimila al ser humano en su ascendiente vital, en ser continente de belleza, proyección de deseos e identidades humanas: “Sabiéndose de tierra como ella, /sentir por todo el cuerpo ese soplo divino/ que a su naturaleza le hace libre y mortal”. Y en este intervalo Benito de Lucas le da una perfección al poema, un sentido que justifica su maduración y la evolución creadora.
En “La Tierra” (II poema) construye la historia parabólica de ese nacimiento casi mítico, en el interior de la tierra tras una selección precisa en las que puede haber gredas de poca cohesión pero también plásticas o robustas. El poeta, el alfarero, busca aquel barro que sea capaz de guardar “en su cuerpo/ la tersura infantil de una mejilla”.
En “Su preparación” (III poema) surge el sueño del alfarero, la tierra que se purifica “Y, así, formando arroyos de un tierno magma, boga/ como la sangre tibia por las secretas venas/ hasta el inmenso corazón que guarda/ el pálpito de pila bautismal”. En ella se concentran las corrientes abisales y respira la vida, nace ese sueño lento donde reposa la oscuridad antigua.
“En el torno” (IV poema) surge el mito del robo (“la mano/ avariciosa roba a la masa de arcilla”), la creación, el encuentro con el tacto, con el cuerpo que se va adueñando de una figura, de una armonía y de una voz, pero también de unos brazos que quieren ser nuestros: “Y sus airosos brazos son como tiernas alas”.
Y llega la “Primera cochura” (V poema) como si fuera un barro casi humano, y el fuego purifica y la hace endurecerse, ser “el canto vibrante que entonan los colores” en esa metáfora sinestésica que alcanza el dominio de la vida.
“El esmaltado” (VI poema) sumerge el mundo ya creado en su colorido, lo hace más luz, más criatura que alcanza la blancura justificadora de su existencia.
Y “Se pinta el ánfora” (VII poema) con su vestimenta de colores, con sus ropajes, con sus guerreras, con motivos diversos, con paisajes imaginarios y colores de vida en una ceremonia que recobra antiguos secretos y hace resucitar la biografía de los colores.
Domina la “Segunda cochura” (VIII poema) y el rito de la luz definitiva, “como ek hijo nacido de su amor con la tierra”. Al fin obra acabada y purificada por el fuego.
Para llegar, “Destino del ánfora” (IX poema), a ser alimento de flores y presencia diáfana en los salones, entre la música o en las homilías, certera en su valor de sentirse como el hombre, barro que alcanza su sentido.
Un libro que aspira a encontrar el reconocimiento merecido y, como dice Abraham Madroñal, anhela oficiar un carácter mítico y religioso, la fuerza de la materia, la consistencia de un sueño, la historia emotiva de una vida que nace.

jueves 5 de noviembre de 2009

GANÓ EL ÁGORA POR F. MORALES LOMAS

Nuevo Presidente del Ateneo, Diego Rodríguez, con
la Junta Directiva del Ateneo de Málaga


Alguien gritó: ¡Desembarco! Y, al grito, se presentaron a votar los quinientos del ala. No vi más gente votando de corrido en una votación sin duda corrida y socorrida. Todos se miraban entre sí para reconocerse. ¡Vaya si estaba corrida! Algunos decían: yo he venido a votar porque he querido y otros gritaban: ¡Desembarco! ¿Quiénes somos de los nuestros? ¿Quiénes son mis votantes?, se preguntaban los aguerridos candidatos ¿Tanta gente cabe en la cultura? Si cuando hay un recital de poesía sólo está el poeta con sus familiares. Pero la votación del martes día 3 significó un acontecimiento social, cultural y festivo. ¿Qué se jugaba el martes día 3 aparte del Madrid-Milán? Es algo que me pregunto una y otra vez. Las lenguas que van por allá y por acá dicen que alguien desde las alturas se jugaba «algo» y había jugadores que habían decidido seguir esta partida. Los dioses siempre jugando con los mortales.
Lo cierto es que ganó el Ágora de Diego Rodríguez, que, pasadas las 11 de la noche, pudo respirar y, como en una boda, brindar unido del brazo de Tecla Lumbreras con la copa de cava de la concordia; agradecida perdedora, Tecla, que, al fin, no pudo tocar su tecla o...
Diego Rodríguez conocía la buena noticia no dando crédito a tanto voto, a tanto aplauso, a tanta persona (hasta 296) que lo quería a él sobre todas las cosas. Su candidatura a la presidencia del Ateneo de Málaga había concitado una respuesta de los votantes estremecedora y había salido victorioso, pero con una victoria que hiela por su fortaleza, una victoria que genera una responsabilidad atroz: más del 60% de los votantes y casi la mitad del total de socios. Tecla Lumbreras, quedaba lejos, bastante más lejos de sus fantasías, por detrás con 160 votos. Una derrota que no pudo endulzar el jarabe del cava. "Calidad, compromiso social y participación", eran las servidumbres que enumeraba Diego Rodríguez en el Ágora del Ateneo del Siglo XXI. Al frente de la vocalía de Teatro Alternativo del Ateneo desde desde hacía ocho años, el nuevo responsable de la entidad civil sucedía en el cargo al bueno y machadiano Antonio Morales, que se despidió de sus ateneístas tras 12 años al frente. Recién retirado de la docencia tras 42 años de dedicación plena, Diego Rodríguez atesora en su haber el Premio Nacional Santillana (1999) de Innovación Educativa; ha sido finalista del Premio Atendis (2003) de Innovación e Investigación pedagógica; ha obtenido el Reconocimiento al Mérito Educativo de la Junta de Andalucía en 2007, y ha coordinado proyectos de innovación y experimentación educativa para la Consejería de Educación (1987-1992) de la Junta de Andalucía. Desde el año 2003 promueve el Festival Internacional de Teatro de Tetuán, una labor de cooperación con Marruecos que quiere seguir realizando, ampliándola a Alhucemas y Tánger.
Diego Rodríguez cuenta para el desarrollo de su tarea con un equipo de treinta personas entre los que podemos citar, aparte del que esto suscribe (como vocal de Literatura) a Luis Utrilla, Louis Temboury, Fernando Arcas, Prudencio Rodríguez, Carlos G. Navarro, Felipe Foj, Marina Jiménez Devesa, Pepe Ponce, Inés María Guzmán...

TRES ESCRITORES DE UN TIRO POR F. MORALES LOMAS




FRANCISCO AYALA
El tiro de la vida y el tiro de la muerte. Sé que sólo hay vida. ¿Eso de la muerte qué es? Yo he visto personas sin vida, y nada más. A la muerte no la reconozco ni me preocupa. Otra cosa diría del dolor («eso» sí que es una muerte). Lo demás es literatura, religión, filosofía. Ciencias instrumentales.

Conocimos a los hombres José Antonio, Francisco y Juan, y conocemos y seguiremos leyendo la obra, al fin, también el hombre, es decir, en esencia el hombre.
Y a cada uno lo quise por un motivo. ¡Qué tendrá la literatura para hacernos tan humanos?
A José Antonio le agradecí siempre la tranquila esperanza de la palabra, esa espera de viento y nobleza que empleaba con tantas premoniciones, en la dulce templanza del sabio que se retira «de aqueste mundo malvado». Francisco era el pensamiento y la imagen del exilio, una imagen antigua que zozobra, una imagen de dolor pero nunca de resentimiento. Su gracia (algunos dicen «malafollá granaína») la tuvo siempre y siempre fue fiel a sus principios de tolerancia y libérrima voluntad de pensamiento. Un intelectual dulce y un narrador avispado. De Juan, mi querido amigo Juan Campos Reina, sólo tengo palabras de agradecimiento y alegría.


JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS

Juan era una persona fiel a sus amigos tanto como a sus ideas. Y su corazón era grande y generoso. Juan, amigo, los otros (José Antonio Muñoz Rojas y Francisco Ayala) eran ya viejos, pero a ti... ay, a ti te quedaba la vida, eso que tanto agrada, otra vida, una vida de reflexión, te quedaban tus ensayos... y otras novelas para entretener esta espera larga hasta la sombra. Hace apenas unos meses estuvimos hablando de novelas e hicimos el último monumento: la narrativa andaluza actual que publicaría el Centro Generación del 27 en su revista.
Ahora ya no estáis aquí pero seguís estando en mi mente, pero sobre todo delante de mis ojos, porque estáis en “El bastón del diablo”, en “Los usurpadores”, en “Cosas del campo”, en la “Trilogía del Renacimiento”, en “Muertes de perro”, en “Objetos perdidos”... y en tantas, tantas palabras, y en tantos, tantos sentimientos...











JUAN CAMPOS REINA

jueves 22 de octubre de 2009

INVITACIÓN A LA LIBERTAD. LA POESÍA DE MANUEL ALTOLAGUIRRE

Se acaba de publicar en la Universidad de Málaga un ensayo sobre la obra completa de Manuel Altolaguirre. Entendemos que es el primer y único ensayo que se ha llevado a cabo en España sobre la obra completa de este genial poeta malagueño tan olvidado como creador aunque exaltado como impresor.
Los estudios del 27 siempre habían empequeñecido a Manuel Altolaguirre llamándolo poeta menor, y con el ensayo "Invitación a la libertad" sus autores tratan de rescatar a este escritor para el lector y la crítica literaria. Altolaguirre es un gran poeta, como constatan sus estudiosos. De ahí el acierto de esta obra única sobre toda la producción poética de Altolaguirre. Ofrece cuatro apartados que van cronológicamente desde los acontecimientos anteriores a la guerra hasta la muerte accidental del autor.
Las personas interesadas en la obra la pueden adquirir en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga a la siguiente dirección:
http://malaka.spicum.uma.es/

Colección:
Estudios y Ensayos (Num. Colección: 120)
Autores:
Morales Lomas, FranciscoTorés García, AlbertoÁvila, RafaelVila Merino, Eduardo
ISBN: 978-84-9747-284-5
Formato: 14 x 21
Páginas: 236
Año de Edición: 2009
Precio: 13.00 €

domingo 18 de octubre de 2009

Crítica de Rafael Morales a la obra "Entre el XX y el XXI"



Esta crítica ha sido publicada en la Revista Papel Literario, el día 18 de octubre de 2009, en la siguiente dirección:
http://www.papel-literario.com/

Ha llegado a mis manos Entre el XX y el XXI. Antología poética andaluza (II), compilada y prologada por Francisco Morales Lomas. Este segundo tomo completa los nombres que el primero de ellos trajo al lector, con el indudable mérito de acercar poetas poco difundidos más allá de Andalucía. Lo cual siempre es de agradecer. Poetas como Rosa Díaz o Manuel Gahete y Juan José Téllez, cuya obra es mucho menos conocida que la de algunos ilustres antologados como Benítez Reyes o Ana Rosetti, aparecieron en el 2007 con una muestra suficiente de poemas como para que los lectores pudiéramos apreciar los indudables méritos de la poética andaluza contemporánea y el porqué de su elección. Y lo mismo vuelve a ocurrir en este segundo tomo donde a los bien conocidos Luis García Montero, Aurora Luque y Rosa Romojaro o Álvaro García y Antonio Jiménez Millán, se incorporan los de Fernando de Villena, José Sarria, Alberto Torés, Antonio Enrique, Domingo F. Faílde para difundir la que desde siempre viene siendo la mayor cantera de poetas española. José Membrive y la editorial Carena parece que se han propuesto traer con esta aventura sin pacto buena parte de lo más representativo de una época, aunque siempre faltarán nombres (Juan Lamillar, Juan Bonilla o Josá Mateos entre otros, como no podía ser menos en algo tan personal, aunque se ajuste a sólidos criterios) y también por dejar testimonio de una época. En este sentido la apuesta de Morales Lomas, tiene la virtud de traer en este tomo segundo escritores poco difundidos de calidad, aunque siempre haya ausencias, lo que parece hacernos creer que ha hecho su elección sabiendo que hay corrientes representadas en algunos nombres y no es necesario insistir en poetas de mérito que deben dejar espacio a los desconocidos ilustres. La apuesta ha salido bien al traérnoslos en sustitución de otros bien representados, y de hacerlo a veces con inéditos, como en el caso de Alberto Torés, Domingo F. Failde o Jose Sarria. Lo cual indica que se ha preocupado por conferir actualidad al trabajo. Quizá echemos en falta la presencia de las poéticas jóvenes, Juan Bernier, Elena Medel, Juan Carlos Abril, David Leo, Javier Vela entre muchos y que seguramente serán materia de un tercer tomo. Porque ahora se ha inclinado Morales por las poéticas de madurez y hablar de autopistas ya hechas.
Cuando Antonio Enrique en Viendo caer la tarde muestra toda esa complicidad con una anciana desposeída, en “¿A dónde va esa mujer de negro?” (casi como las de Vicente Valero, pero con una perspectiva más inmediata), sabemos de una atención que rastrea sin pacto en lo humano, y rescata para el lector lo próximo, huyendo de la abstracción con que buena parte de las poéticas se han ensimismado e incluso encriptado. Tal y como ocurre en Domingo F. Failde, cuando aborda la penumbra del dejar de ser, “Ghost”, tal y como aquella nadadora fatal encontraba al poeta de Habitaciones separadas, y por entonces le desdeñaba. Una agonía que se trocaba en humor y gozo, remiendo divertido y sano, en La casa sosegada. Faílde es un poeta que funciona a veces desde la réplica y la angustia de las influencias en sus mejores momentos (“Manifiesto”), pero también en la melancolía del rememorador que no se avisa, sino se consuela en la memoria (“La sombra del celindo”). Una versatilidad que Francisco Lomas ha leído bien, sin anteojeras, incluso para destacar el estupendo poema religioso, en época de ausencias, de Fernando de Villena en “Nacimiento de Nuestro Señor”. Toda una contención que se desborda en los inéditos de Pistas de lluvia, como en “Inventario”. En cualquier caso opuesta sólo en la fórmula tonal a esas miradas de Venecia de José Sarria desde la perspectiva de Heráclito y el fragmento 124, El mundo más bello es un montón de escombros dejados caer en confusión, que nos hablan del consuelo/desconsuelo sin romanticismo ni desolación extrema por pérdida del albergue metafísico (Lukács). Un resultado que llega como simple melancolía con Alberto Durero y Richard Burton, próximas a la casa Usher de Poe, o a las fotografías de Martín Usher y Robert Burrows, frente al clasicismo del primer Carlo Ponti, y traen esa otra faceta de Sarria que dialoga con la cotidiana/ excursión hacia la muerte (más desabrida de esos momentos), y casi en los mismos términos que Carlos Marzal en Metales pesados. Sarria ahí se muestra tan espléndido como en “Pecados”, un delicioso poema erótico, de muy diferente sinclinal. Y es que Francisco Morales ha sabido mostrar, tal vez demasiado poco, quizá por dejar el comienzo de la aventura al lector, esta apuesta donde hallaremos buena parte de la mejor poética de la poesía andaluza al día de hoy. Debemos pues felicitarnos, porque no está entre nosotros otra antojología, como dice con humor su antólogo, sino un trabajo que quiere exponer y dar a conocer a muchos poetas semiocultos y de valía sin embargo, solo leídos por críticos y lectores próximos, que han formado desgraciadamente parte, hasta ahora para el lector nacional, de la poesía secreta. Saludemos pues y agradezcamos esta empresa y enfoque, sin duda con sus riesgos, pero que habla de un trabajo hecho con cuidado y al que su labor divulgativa y seria, ha puesto un pequeño prólogo orientativo. Y porque se ha preocupado de pedir a los seleccionados una poética para que los lectores hagan su cartografía lírica de primera mano.

sábado 17 de octubre de 2009

CARTAS DE LA «REINA RECLUSA» EMILY DICKINSON POR F. MORALES LOMAS




Emily Dickinson, Cartas (Edición y traducción de Nicole D´Amonville Alegría), Lumen, Barcelona, 2009, 294 págs.

Eligió vivir encerrada. Su cárcel mágica fue su casa, la casa de Amherst (cerca de Boston, EE.UU) donde tantas personalidades influyentes se reunieron en otro tiempo y donde hablaba a las pocas visitas que se acercaban a través de una puerta entornada. Emily Dickinson, una de las grandes mujeres del siglo XIX, vivió la poesía y las cartas con una premeditada alevosía, una alevosía literaria y perfeccionista. Su sensibilidad es extraordinaria y también ese desapego (que no al mundo, pues lo vivió intensamente desde su encierro) sino a las cosas. Si acaso, como ella misma escribió en una carta de 1883: “La Crisis del dolor de tantos años es lo único que me cansa”. Porque, aunque no admitiera ser visitada por nadie consecuencia de su estado depresivo permanente («postración nerviosa», decía el médico; acaso heredado de su madre, de la que dijo que nunca la tuvo) desde aproximadamente 1861 hasta su muerte el 15 de mayo de 1886, sí escribió múltiples cartas a gran cantidad de personas y su correspondencia fue relevante (también su amistad) con poetas de la época, por ejemplo, con Helen Hunt, la poeta norteamericana más célebre del momento.
Sus más de mil setecientos poemas y más de mil cartas muestran que el encierro no supuso alejamiento de la vida sino todo lo contrario, vivirla profundamente, en intensidad y fortaleza. Su casa era la casa del corazón, la casa del alma... pero también la tumba. Y fue su autoprivación lo que eligió siguiendo un cierto espíritu calvinista inherente a la familia.
Cartas en edición y traducción de Nicole d´Amoville Alegría, con abundantes notas a pie de página que ofrecen claridad sobre circunstancias y personajes. Estas ciento una cartas son un muestrario de esas mil a las que aludíamos y una inmersión en su mundo. No se muestra en ellas depresiva sin todo lo contrario: vital y activa, muy abierta al mundo, a su observación, a su contemplación. El amor ocupa en ellas una importancia total, sobre todo a raíz del descubrimiento del que fue su gran amor, el juez Otis P. Lord, fallecido dos años antes que ella y al que le dirige unas apasionadas palabras. Un amor correspondido aunque Otis tuviera mujer, que falleció de cáncer en 1877. Hombre inteligente, cultivado y exquisito al que Emily confiesa amar y del que dice, por ejemplo: “Encarcélame en ti –pena rósea- hilvanando contigo este bello laberinto, que no es Vida ni Muerte- aunque tiene la intangibilidad de una y el arrebol de la otra- despertar por ti el Día vuelto mágico contigo antes de irme”. La historia amorosa de Emily Dickinson, sin embargo, ha sido confusa porque se ha transmitido la idea de su lesbianismo, a partir de un desengaño amoroso. También se habla de otros amores: Samuel Bowles, Charles Wadsworth, Otis P. Lord (todos ellos permanentes en sus cartas) y alguien no identificado. También se ha hablado con profusión de que esta vida pasional estuvo reprimida. Puede ser. En cualquier caso, la palabra de Dickinson en estas cartas es vehemente, misteriosa, simbólica, críptica a veces, pero siempre vital. Es curiosa esta paradoja en una persona que estuvo recluida toda la vida por voluntad propia: “De tener menos que decir a aquellos que amamos, a lo mejor lo diríamos con más frecuencia, pero viene la tentativa, luego la inundación, luego todo ha terminado, como decimos de los muertos”. Misterio, sugerencia, fervor de la palabra.
La capacidad para impresionar, para esbozar ideas, para crear un misterio en torno a la palabra es una de sus grandes virtudes como escritora, que no es ajena al escrupuloso uso de la lengua y a no caer en los tópicos y usos comunes del momento romántico o al realismo en ciernes. Las Cartas muestran una creencia extraordinaria en las personas y, sobre todo, en los afectos; desde esas cartas iniciales de 1842, con apenas doce años, cartas largas, engoladas y con faltas de ortografía, a las más contenidas, sugerentes y perfectas de la madurez donde el sentimiento no se pierde pero la lengua se transforma para transmitir la profundidad de las cosas, su sentido último.