sábado, 16 de noviembre de 2019

FALLECE PURA LÓPEZ CORTÉS. SU POESÍA POR MORALES LOMAS


LAMENTAMOS PROFUNDAMENTE EL FALLECIMIENTO DE LA POETA ALMERIENSE PURA LÓPEZ CORTÉS AYER QUINCE DE NOVIEMBRE. HABÍA SIDO MIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN ANDALUZA DE ESCRITORES Y CRÍTICOS LITERARIOS Y DE LA ASOCIACIÓN COLEGIAL DE ESCRITORES, LLEVANDO A CABO UNA INTENSA ACTIVIDAD COMO POETA Y DIFUSORA CULTURAL EN ALMERÍA




LA DESPENSA DE LA MEMORIA

MORALES LOMAS


       La poesía también se escribe para no olvidar. Hubo un tiempo en que la poesía fue un arma cargada de futuro. Incluso una forma de ver el mundo o corresponder con la palabra al pálpito de vivir, como una experiencia vivida. En Alacena, la palabra es memoria, corazón vivido y razón para recordar y rememorar situaciones, momentos, personas que se han ido o ambientes que han organizado un mundo personal. En Alacena, con una bella publicación de Ediciones Carena que dirige el editor y escritor José Membrive desde Barcelona, se hace memoria histórica pero, sobre todo, historia de los sentimientos y los afectos. De ahí su título, sencillo y constante, definitivo, como esta mujer venida de Almería con cuya palabra y presencia constatarán que el verso es también el escritor, la escritora.
         Alacena nos descubre un mundo personal pero también una época, un mundo que se nos organiza estrictamente desde lo social a lo individual y desde lo más lejano a lo más cercano e íntimo. Sus poemas son breves historias, instantáneas, imágenes que nos seducen por su contención y piden al lector la palabra, su complemento, su razón de ser. Desde la sugerencia llega más a ese lector que sabe que la historia la escriben los vencedores pero acaban conquistándola los derrotados. Pura López Cortés viene desde ese ámbito de la capitulación, desde la singladura del cauce que crea la libertad, desde una bondad permanente con el lector con el que quiere la seducción de lo intuido, acaso de lo no dicho, acaso de lo silenciado. Pero otras veces, sobre todo en los versos más íntimos, en los versos de amor, o en los versos dirigidos a sus padres, reconoce un afecto, y se permite palparlo, declararlo libremente, directamente, con absoluta bondad y casi idealismo.
        Hay un halo de autenticidad en estos versos que vienen del frío (la muerte y nuestra guerra civil presiden algunos de ellos) y nos conducen al viento cálido de la memoria cuando su padre se apodera de ellos en los versos finales: “Este vacío extraño, despoblado,/ esta niebla que en le recuerdo insiste,/ esta punzada sorda que persiste,/ este sentirte tan próximo y lejano;/ me hace convocarte, perseguirte/ y casi no consigo, ni en sueños, reencontrarte…”

PURA LÓPEZ CORTÉS Y MORALES LOMAS EN MÁLAGA, EN LA PRESENTACIÓN DE SU LIBRO ALACENA, 2010.

           Pura López Cortés profesora, escritora, crítica y presidenta del Ateneo de Almería durante algunos años, crea una imagen entrañable y sentida de una época y de unos seres queridos que crecen en sus versos, en su paleta cromática de claroscuros, siempre cálidos y seductores.
         El poemario lo conforman “Recuerdos de la guerra”, “Recuerdos de la niñez”, “Recuerdos de juventud”, “Recuerdos de amor y desamor”, “Otros recuerdos” y “Recuerdos de mi padre”.  Y al respecto dice en “Nota del lector” que precede a los mismo a modo de explicación: “Las personas en gran parte somos hijas de nuestro pasado, de un pasado que criba el tiempo, de forma que prevalecen los hechos, las situaciones, las circunstancias, las vivencias más importantes, y son ellos los que, fundamentalmente, configuran nuestro ser y nuestro estar, nuestro hacer y nuestro espectar. Así pues, de algún modo, el recuerdo es, además, no sólo presente, sino también futuro. Así pues, mi memoria me ha hecho sentir como siento, ser como soy”. Un rasgo de sinceridad y compromiso con el sentimiento pero, sobre todo, con la historia familiar y sentimental. Ante el Valle de los Caídos sólo puede sentir vacío y terror.  Y llanto o estremecimiento de sangre ante las muchas injusticias, ante los muchos crímenes franquistas. Personajes concretos son objeto de sus versos, como Canepa, el violinista fusilado… Escenas de guerra, imágenes concisas, innegables, cerradas, que con la paleta negra convierte en relatos donde la historia se adentra por el profundo dolor de lo humano. Pesadillas, mujeres ejecutadas por hacer propaganda antifascista o personajes que nos enseñaban a decir lo que había que decir y a obedecer lo que había que obedecer porque la libertad era cosa de otros.
        La infancia es un proyecto, pero también una imagen sólida en sus versos, a través de esta cromática paleta que sobre todo al principio del poemario es sufridamente trágica y negra. Esa España vencedora que nos enseñó a amar el miedo y poseyó nuestra venganza con prohibiciones, disciplina, actos de contrición y monotonía machadiana. El exilio, la emigración, la huida… como conjuro y acaso como conquista o derrota. Juventud bajo la ideología opresiva que nos enseñaba a sacrificar el alma y el cuerpo y a adorar lo amarillento de nuestra historia de vencimientos: “Me dijeron: no leas a Machado,/ Blasco Ibáñez, García Lorca./ -Miguel Hernández silenciado-./ Pecado leer la Biblia./ Había que ir a misa,/ no pensar en el sexo./ Tenías que ignorar el “Comunismo”,/ las “Sectas Protestantes”, el “Existencialismo”... Moral de época bajo el emblema de las medallas y las estrellas en la bocamanga, moral de puertas cerradas y prohibiciones para una época patria.
       Pero también el amor, un amor que se sincera y advierte de un creciente erotismo que bucea al unísono con la lírica de la espera, una espera permanente como esa Penélope tejiendo sueños, rumores de voces olvidadas o reconstruidas, “esperando la aurora de tu arribo”. Sí, a la espera de una orfandad de amor que desvelara el secreto de los afectos y las declaraciones amatorias: “Amor, te escribiré cuando ya todos duerman,/ cuando sólo tú existas para mí solamente./ Cuando me quede sólo con tu ausencia elevada/ como un puñal de hielo sobre mi boca triste”.  Un amor de ausencia, como en aquellos cancioneros medievales, y un amor hollado, vivido, apasionado en la espera tediosa.
       Pero sobre todo Alacena, es la despensa de los sentimientos más cálidos cuando el poema se acerca a los seres queridos, a su madre cercana, a su padre ausente y rememora situaciones, momentos de esa historia personal. A través de un proceso de concentración, el poema se hace sin embargo extenso en los afectos y almidonado y vamos desde la evocación de lugares hasta la organización del mundo que en el sentimiento posee su última razón de ser: “Cuando arribe mi barca cansada a la otra orilla,/ ¿estarás allí, padre, bajo la sombra fresca/ de añosos eucaliptos, envuelto en esa brisa/ seca y recia de pinos que tanto te gustaba?/ ¿Estarás allí, padre, asomado al balcón/ de los Pueblos del Róo, esperando a los tuyos?

        Poesía, en fin, para ese corazón que se hace memoria y se adensa en la singladura de historias e imágenes que, como dice Antonina Rodrigo en el prólogo, son una reivindicación de la lucha, en un  tiempo doliente, abonado de tristeza, con escaso resquicio para la esperanza, pero también un testimonio de una época, de un sentimiento.

domingo, 27 de octubre de 2019

REMOTA LUZ DE M. A. VÁZQUEZ MEDEL POR F. MORALES LOMAS



Publicado en Cuadernos del Sur de Diario Córdoba, 26 de octubre de 2019, p. 12.
‘Remota luz’. Autor: Manuel Ángel Vázquez Medel. Editorial: Huerga y Fierro. Madrid, 2019.
Siempre ha existido en el pensamiento de Vázquez Medel una profundidad abisal. Se reconoce con fervor tomando en sus manos cualquier libro de pensamiento, como le sucedía al siempre recordado Antonio Machado. Su última obra, Remota luz, es un recorrido del ser por los laberintos existenciales que ha configurado, en naturales palabras de Heidegger, el tiempo. De ahí que es vital la asociación en su lírica entre laberinto, tiempo, ser, existencia… y toda una sinergia de correlatos como luz/sombra, memoria, conciencia, silencio, límites, amor, destino, soledad. En ellos se sumerge y los hace personales, suyos, inmodificables. Su poesía se adentra en los confines del yo para observarlo en su laberinto interior y transigir en los caminos del ser, en su deambular. La vida, eso que los sabios llaman estar ahí, dasein, está muy presente para mostrarnos sus atolladeros, sus desvaríos, sus conquistas y sus escombros. Su cielo y su infierno. 


Hay tres apartados y una coda: «Hacia el laberinto», «Laberinto del tiempo», «El hilo de Ariadna». Y como un reclamo simbólico a la figura del poeta granadino Antonio Carvajal, que abre el poemario con un soneto dedicado a Vázquez Medel. Y este cierra el poemario con unos versos de Carvajal que son motivo de inspiración del título. Dice Carvajal: «Iré a otra luz. La luz no guarda luto/por quien la amó en el arte y en la vida». Unos hermosos versos que nos hablan de esa juanramoniana sensibilidad del gran poeta granadino.
Vázquez Medel nos adentra, como el sabio que se retira, en la soledad de la noche al inicio de un gran viaje donde hay un destino: Ítaca (acaso una nueva mirada kavafiana) donde Vázquez encuentra: «Mi conciencia vencida por el tiempo/nada pues escrutar: no hay metas ni caminos;/ni siquiera asechanzas: Sirenas, Lestrigones, Cíclopes, Poseidón, tan sólo palabras». Es una apertura con la que pretende hacer vibrar al alma y su reguero de luz. Pero es consciente del abismo donde ingresa, de sus divisorias y acotaciones, al tiempo que un cierto olvido del ser y de la nada. El silencio inicial le permite penetrar en su yo, en el sentido del paso del tiempo, de las palabras y su memoria, acaso como el que trata de abrir una puerta que no existe, como dice en la cita de Borges. 
El mar puede ser ese refugio para adentrarse en el misterio pero también el laberinto del que el yo poético difícilmente puede hallar la salida porque acaso no exista: «Que la vida no es más; polvo siquiera/con que cubrir un rostro ni una herida,/con que calmar el ansia de infinito». Y el poeta se pregunta retóricamente por un quién hacedor, que levantó, derramó, sembró, sorprendió… escribió. Son preguntas sin respuesta, símbolos del ser en la tierra y en el sueño, cuyos caminos mudan en despojos que surgen por doquier y el abismo del desconcierto y la soledad, de sueños rotos, de silencio. 
Existe un aire elegíaco que se apodera del poemario cuando el poeta desea acercarse de nuevo desde el presente a ese recorrido vital, a ese laberinto del tiempo, para adentrarse en la mirada de antaño, en su vacío, ante un espejismo que nos adentra en su regazo mientras se produce la reconstrucción de una identidad, de un sentimiento, desde esa nada inicial, ese barro primero «del que todos nacimos y al que todos volveremos, tan suave como un sexo, tan sutil como el aire, como el mar». 
La vida no puede jugarse en un terreno neutral y el ser siempre se encuentra preso del instante, de las veleidades de la fortuna, del eterno oxímoron del espíritu y la materia, de la eternidad de Dios y de la Nada. Esperando la luz que comunican dos cuerpos que alumbran indiciariamente la salida del laberinto: «mientras mis labios beben el néctar de tu boca/y tu cuerpo y mi cuerpo se funden en el agua». Siempre en ese trayecto la exaltación de la luz del título. Quizá por esta razón qué mejor simbología que la ciudad de la luz: «Un adiós a París». Con su reclamo a instantes que merecen el haber vivido pues «Cada día/ es fiesta de la vida,/celebración,/acción de gracias,/rito/del Ser. Que se renueva/en cada cosa». O mientras el poeta incursiona en el tiempo vivido, en «aquel tren de la infancia que regresaba hecho sueño». Y como en un eterno retorno, de nuevo ser niños y mirar con los mismos ojos, con la vibración de un mundo que crece en la memoria, pero del que el poeta se dispone a despedirse. 
No obstante, el discurso final siempre es la búsqueda de la salida del laberinto, en su poética de la esperanza, mientras asume el riesgo del vivir ante una lectura solidaria y compartida de la existencia, muy en la línea de un profundo humanismo: «En estos tiempos negros, tan llenos de miseria;/nos dejas un mensaje de esperanza,/porque la vida auténtica es vida compartida».
Un hermoso poemario que nos conduce por nosotros mismos rumbo a los sueños del mundo.

sábado, 12 de octubre de 2019

EL ESCRITOR Y CRÍTICO ALBERT TORÉS RESEÑA LA NOVELA PUERTA CARMONA DE F. MORALES LOMAS




Reseña del escritor y crítico literario Albert Torés sobre la novela PUERTA CARMONA (Editorial Quadrivium, Gerona) de Francisco Morales Lomas. Esta novela, cuya protagonista es una mujer, es la tercera publicada de la trilogía titulada IMPERIO DEL SOL; trilogía que se centra en nuestro siglo de oro y en la que una de las figuras relevantes es Cervantes como personaje literario. A ella pertenecen también CAUTIVO (Editorial Nazarí, Granada), cuyo protagonista absoluto es Cervantes en Argel e Italia (evidentemente una ficción total sobre la realidad) y BAJO EL SIGNO DE LOS DIOSES (Alcalá Grupo Editorial) (centrada en el periodo del duque de Lerma, Calderón y Felipe III; evidentemente pura ficción). Agradezco a Albert Torés su buen trabajo.
http://www.sur-revista-de-literatura.com/Res…/10AlbertTG.pdf
La próxima TETRALOGÍA, en la que está inmerso desde hace unos años Francisco Morales Lomas, se centra en el siglo XX y lleva por título UN SIGLO LLAMADO INVIERNO. A esta pertenecen cuatro novelas, de las que ya han sido escritas: LAS EDADES DEL VIENTO (cuya acción transcurre entre Francia y España), que próximamente verá la luz en Ediciones Dauro, y EL PEQUEÑO MAGO DE MEESKIRCH (que transcurre en Alemania, Italia y Francia). Las otras dos que conformarán esta tetralogía se publicarán en los próximos años.

Se publica como cierre de trilogía narrativa la novela Puerta Carmona, cuando espacialmente le correspondería figurar como segunda entrega. En cualquier caso, las novelas Cautivo y Bajo el signo de los dioses junto con Puerta Carmona conformarían la trilogía “Imperio del Sol”. Ciertamente, como se nos señala en la contraportada, Morales Lomas pretende adentrarse en el conocimiento de un momento histórico descubriéndonos el mundo de lo que entendemos por vasto imperio o periodo más esplendoroso de la historia del pasado. En efecto, el ambiente donde ocurre la historia se fija en la Sevilla de Felipe II que aparece además como personaje de la propia novela. Como personaje secundario y de engarce entre las tres obras se encuentra Miguel de Cervantes, es decir, toda una declaración de principios, porque será el hilo conductor de la trilogía. Una historia de misterio y acción que busca replantear el lenguaje narrativo desde una perspectiva multifuncional.
No cabe duda de la extraordinaria vida literaria de este momento, del mismo modo que el período histórico en sí han sido objeto de estudios de toda índole, pero abordarlo narrativamente con el propósito de hacernos entender nuestro tiempo presente era una labor compleja que requería el buen hacer escritural de Francisco Morales Lomas. En esa doble función clásica de delectare/docere se inserta Puerta Carmona. Más aún, si la sensibilidad de los movimientos feministas abarcara de manera contundente la literatura, este libro sería un modelo ejemplar que reivindica la figura de la mujer a través de su personaje central Catalina Salgado. Se trasciende, en lo que debería ser la buena lógica, el papel pasivo y sumiso que se le atribuía a la mujer y que en gran medida sigue sucediendo. Por ello, el recurso narrativo, acaso juego literario del travestismo resulta más que oportuno. Bien mirado, era norma común en muchas obras de teatro del Siglo de Oro. Vestirse de hombre era condición arriesgada si se quería conseguir algún objetivo que escapara a la rudimentaria acepción del papel femenino. Este aspecto que constituye un eje vertebrador no ha escapado a la lectura de un escrito y crítico tan necesario como Fernando de Villena. En su reseña, subraya un breve y esclarecedor fragmento al respecto que se expresa por boca de la amante de la protagonista: “No era mala cosa esta de hacerse pasar por hombres. Al fin y al cabo, el mundo siempre ha sido de los hombres (...). Hombres, nosotras queríamos ser hombres, anunciar otro tiempo y tener el poder que ellos detentaban, aunque muriéramos en el intento”.

El propio autor nos lo expresa con toda belleza y nitidez: “Catalina Salgado, que hasta entonces había permanecido sosegada, y viendo que la ayuda de su enamorado no surtió efecto, no pudo por menos que comenzar a hablar y bregar contra todas las ideas que se habían dicho, que eran muchas e ilustradas, atentas como buenos eruditos a las lecturas que estaban en boca de todos, pero más falsas que Judas. Y lanzó un discurso que los dejó aturdidos: Estamos, dijo, en un mundo concertado por los hombres, ellos prescriben y mandan, hacen las guerras, establecen la paz, aderezan nuestra existencia...”
Tampoco es casual que la novela se inicie con sendas citas de Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y La Pícara Justina.
“¡Siempre las mujeres somos mal recibidas en el mundo!”
“Las mujeres son cielos acá en la tierra, y por eso andan en perpetuo movimiento como los cielos”.
Sin embargo, no olvidemos que sigue siendo un género de ficción y por esta razón la cita de Borges es mucho más que reveladora: “¿Qué otra cosa puedo hacer que no sea escribir y soñar? Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.
No aportamos ningún elemento novedoso al afirmar que Francisco Morales Lomas es un hombre de letras, un autor tan fecundo como necesario que cultiva además todos los géneros con equilibrada fortuna: Narrativa, ensayo, teatro, relato y desde luego poesía, sin olvidar su condición docente como profesor universitario en la Universidad de Málaga. Si añadimos su implicación en el ámbito de la gestión cultural y promoción del libro, tendremos un humanista solidario en toda regla. Su interés por la historia refuerza no ya una condición erudita sino lisa llanamente una novela de primera magnitud, extraordinariamente documentada y redactada con la fuerza de los clásicos que a todas luces maneja nuestro autor. Lo demuestra en las descripciones tan exactas como sugerentes de la cárcel, los distintos ambientes donde pícaros y maleantes van desfilando como constituyentes históricos del momento. Desde luego, el homenaje a Cervantes es directo, pero también quiere fundirse en una interdisciplinariedad representativa, resaltando poetas, músicos, pintores, personajes como Mateo Alemán o Francisco Pacheco incluso recordando a nuestro añorado Rafael de Cózar. Probablemente porque un eje vertebrador de la novela es el humor, la ironía, dotes innatas en la escritura y personalidad de Rafael de Cózar.
Morales Lomas, especialmente en su dramaturgia, pero también en su narrativa aboga por el humor y el erotismo como vehículos recurrentes, que le da pie para construir historias paralelas o secundarias que se van formando en la trama principal, muy al uso en la época que refuerzan no tanto la estructura novelística como la concepción manierista del momento. La trilogía “Imperio del Sol” de Morales Lomas que se fija en la ciudad sevillana como punto central de la modernidad europea hacia los dominios americanos, es un desglose de cosmopolitismo que completará la corrupción bajo el reinado deFelipe III que pudimos apreciar en Bajo el signo de los dioses y las aventuras y mesaventuras de Cervantes por Árgel o Italia cuyas huellas percibimos en Cautivo. De cualquier modo, el escritor Morales Lomas cuestiona un tiempo pasado para entender una sociedad presente y presentarse con suficientes garantías ante el futuro. Ese acercamiento al pasado, junto al anhelo historicista, el cruce de idiomas como signo universal, la relevancia del papel femenino, la esperanza y la libertad en su particular novelar, son puntos vertebradores del humanismo solidario de la que nuestro autor, no solo es teórico fundador sino literatura aplicada.


 

miércoles, 24 de julio de 2019

HA FALLECIDO MARI LUZ ESCRIBANO PUEO, UNA MAGNÍFICA ESCRITORA Y UNA BUENA PERSONA


F. MORALES LOMAS Y MARI LUZ ESCRIBANO PUEO

Hace unos días ha fallecido una gran escritora y una extraordinaria persona, luchadora, incansable y afectiva. Hace unos meses le entregamos el Premio de las Letras Andaluces "Elio Antonio de Nebrija" que concedemos desde la Asociación Colegial de Escritores y Críticos Literarios y hace algunos años también le concedimos la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios-Críticos del Sur el Premio Andalucía de la Crítica por su obra Umbrales de otoño, sobre el que realizo la reflexión que sigue. 
Mari Luz Escribano ha tenido una vida dedicada a la docencia como catedrática de la Universidad de Granada y su labor como poeta no ha sido reconocida hasta los últimos años a pesar de haber realizado una importante labor. 
Ha sido un honor conocerla y con estas palabras en las que hablamos de su obra queremos rendirle un sentido homenaje.







UMBRALES DE OTOÑO
DE MARILUZ ESCRIBANO PUEO

F. MORALES LOMAS



La literatura no está construida con palabras. Puede que estas aporten su solución teórica, pero la literatura, sobre todo, está construida de sentimientos, emociones, sensaciones, espacios públicos y privados que se resuelven en una oración, en un adjetivo o en un símil, pero siempre estos serán la vibración última del sentimiento que los creó. Quiero decir que, por encima de las palabras del poemario Umbrales de otoño de Mariluz Escribano Pueo (Hiperión, Madrid, 2013), está la fuerza de las emociones y la vehemencia de un corazón abierto y público.
Con esta obra, precedida de un rico y exhaustivo estudio de la profesora de la Universidad de Granada, Remedios Sánchez, Mariluz Escribano Pueo realiza una confesión hondamente sensitiva. Su vibración interior se apodera del poema a través de una lírica que nace de la memoria pero también de lo que guarda el corazón.
Ya en el título nos dice mucho. El otoño, comienzo de un tiempo que concita una sensación de nostalgia en su origen (es septiembre, de ahí sus umbrales) y fecha que en los calendarios nos conmueve por una recóndita espera y una intromisión en un interior necesario.
Sus dos grandes apartados (el primero sin título, solo enumerado con el dígito romano I; y la segunda, con el dígito II y “Humo remansado”) nos hablan de dos pensamientos muy diferenciados. En el primero, innominado, vive la familia, los amigos, el espacio sentimental, la infancia… en una melancolía de hoja otoñal que va tomando los colores dorados, las lluvias en las ventanas y “los silencios/ aislándonos del mundo”. En el segundo, “Humo remansado”, a pesar del título que nos habla de evanescencia, existe un ardiente cancionero amoroso, en el que hay un tú apostrófico al que se dirige su discurso cálido, sensitivo e íntimo. Se apodera entonces del poemario la conmoción de la mujer enamorada pero muy consciente de que “está escribiendo el color del recuerdo” (que aquí más que nunca tiene su sentido originario: re-cordo, lo que se guarda en el corazón, en el sentido que le daba Schopenhauer).

F. MORALES LOMAS, DAVID LUQUE PESO (Director General del Libro, Junta de Andalucía) y MARI LUZ ESCRIBANO PUEO el día que recibió el Premio Andalucía de la Crítica, Sevilla, 2014.

Lo que podrían entenderse como dos poemarios diferenciados creemos que poseen una enorme complementariedad entre ambos porque retratan el paso del tiempo, la memoria de la que ambos andan conformados, pero con la especial relevancia de la segunda parte, en la que el amor alcanza el sentido último de la existencia.
Comienza el libro con una dedicatoria especial a su madre, a la que rememora trabajando en la casa con la naturalidad de ese tiempo machadiano que se acomoda a la existencia cotidiana y crea las sensaciones de lo perecedero. El otoño se configura entonces como el tiempo preciso, esa determinación en la que se asienta la memoria mientras la Madre, en mayúscula, crece en los poemas con la confidencia del canto y la materialidad de una geografía de patios y huertas. El recuerdo crea el poema, se apodera de él pero en ocasiones rezuma tristeza en una soledad envolvente en la que la geografía, como en su momento en Juan Ramón Jiménez, conforma las sensaciones y las delimita. Se sabe presa de la evocación y con las palabras como enigmas con las que trata de descifrar su existencia, esa vida vivida y ahora traída al lector con la naturalidad de la confidencia y el acomodo del que va dando los pasos en un recorrido con el que trata de llenar su soledad.

ESCRITORES Y POLÍTICOS ACOMPAÑANDO A MARI LUZ ESCRIBANO PUEO CON MOTIVO DE LA ENTREGA DEL PREMIO DE LAS LETRAS ANDALUZAS ELIO ANTONIO DE NEBRIJA.

Es septiembre, ese “umbral del otoño” al que alude el título, y “amanece/ con la amarilla luz de los veranos”. Su delimitación temporal, le permite una permanente llamada al lector que existe un tiempo, y un espacio, una Granada triste, de “pálidos viajeros” y una infancia, como la de Machado, que se está escapando “de un atlas”. Existe en Escribano Pueo una necesidad perentoria de crear un mundo, de precisar unas coordenadas en las que el lector va entrando progresivamente y se va adueñando de él a través de las sensaciones pictóricas, auditivas y luminosas. Es un libro lúcido en su tristeza, en su melancolía de árbol dorado, de barco a la deriva, de niño o niña indefenso.
Y el tiempo se va apoderando del poemario, el tiempo recordado, el tiempo hallado, el tiempo que anda en el corazón zigzagueando e imaginando cómo fue ese pasado, cómo existe en el recuerdo, en ese gozo sin fondo, en esa desolación imprecisa de afectos y ansiedades. Y el año 1936, con ese septiembre que de nuevo surca como el umbral del título el poema, con su aire de membrillos y manzanas, con sus cipreses cercanos y la imagen de la sangre derramada tan duramente en la memoria familiar. Y así germina el padre desde la contemplación, desde la observación cinematográfica que crean sus ojos, esos ojos que observan “la patria cereal de los trigos”, en esa bella metáfora. Unos ojos para un bello poema que nos rememora la guerra y el corazón al unísono, como dos silencios compartidos, como cantos que surgen una y otra vez con sus salmodias. Es una imagen que adquiere una enorme relevancia emotiva y por la que deambula la infancia de la mano de su padre “y al calor de su sangre/ mis pulsaciones tienen/ una ambición de tiempos”. Enorme poema con el que abandera la fuerza de un sentimiento cuando el corazón lo embrida en unas cuantas palabras y lo enaltece. En ese camino de su mano, el mundo es otro, y también la sangre con sus fusiles y, acaso, su muerte ya no lo es tanto porque en la memoria siempre ha quedado ese emblema de la bandera heredada del padre, que es la mayor y más emotiva patria del poeta.
FERNANDO VALVERDE, RAFAEL GUILLÉN, F. MORALES LOMAS, REMEDIOS SÁNCHEZ Y MARI LUZ ESCRIBANO PUEO

Pero también es tiempo de espacios para un nihilismo de ciudad muerta, de ciudad donde pocas veces sucede algo, de ciudad de tardes intrascendentes y soledades ciertas. Es un tiempo el construido en su memoria, un tiempo creado desde el sonido (“con sonidos de pozos”), pero también con el dolor (“y el llanto de las piedras”), un dolor que pudo crear un tiempo y una memoria colectiva, como sucedía en algunos de los poemas de Francisca Aguirre con la que observo muchas complicidades, acaso fortuitas.
En este primer apartado surge la ciudad con su fuerza convincente y también la huerta, esa huerta de San Vicente donde Federico está “ausente como un muerto” y con el que trata de vitalizar los espacios de la memoria y rastrear esa vieja imagen de los sentimientos. Los sentimientos acaso de esos niños de ojos dormidos, de esos niños que van y vienen por los jardines juanramonianos o machadianos con los que se concita un clasicismo consentido: “Los jardines respiran añoranza,/ los árboles tristeza,/ y no encuentro ese viento transeúnte/ que llaman ábrego”. Una ciudad en medio de un jardín que va creciendo en los poemas con la melancolía de una luz otoñal y a media tarde.

El “Humo remansado” crea desde el inicio la exaltación y la energía vital. Desde la virtualidad imaginaria, la escritora se sitúa en el limbo del corazón, en su extrarradio de tierra, surcos, trigos para poco a poco ir entrando en su alma sencilla y forjada por la ternura, enérgica, vital y amorosa. Los símbolos que aspiran a crear una imagen definitoria transitan el poemario, bien siendo esa carga mineral de la tierra, bien esa agua que crece con la incertidumbre y la voz que retiene el corazón, en el silencio de los suspiros y en una geografía que nos conduce de la mano de ese amor forjado una tarde de lluvia, mientras se abren los cielos y el corazón crece en el mejor trigal.
Es un amor muy nerudiano, creado en el trasiego de la naturaleza, que le sirve de proyección pero también de centro y guía. Existe una necesidad definitoria por expresar el significado de este amor que la concita y la compele a seguir, olvidando esa tristeza de antaño, ese camino de soledad y angustia mientras se crea él, entre la sencillez de lo primitivo, como una sangre, como una caricia de otoño. Es un sentimiento que alcanza los límites de un mundo y trata de edificarse en piedra para conformarse en la consistencia y en lo indestructible de lo creado. Como un sueño inalterable, como la lluvia que humedece los campos y multiplica la cosecha.

ENTREGA DE LOS PREMIOS ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA A EVA DÍAZ, MARI LUZ ESCRIBANO PUEO Y ÁNGEL OLGOSO

En ese fulgor de la necesidad del recuerdo de amor (no olvidemos que escribe en el color del recuerdo) los labios del amado crean la solidez deseada, se apoderan de su existencia y adquieren la esperanza primera. El abandono, ese recuerdo que inunda las tardes (“Entera está mi vida en ti depositada), vuelve también para afianzar una extraña mezcla de placer y desconsuelo, de afectos y derrotas, de silencio y palabras cruzadas. Un oxímoron de sensaciones contrapuestas que pueden llegar también al silencio de amor, pero, al mismo tiempo, a la rendición de amor y entonces vemos a la amada florecer con la tierra y el agua, con los símiles de la naturaleza apoderándose del bello “Entera está mi vida”. Hay como una entrega, el efecto de las manos en el cuerpo de la amada, las manos como un libro que expresa sus sensaciones y se hace uno y expresivo al tacto, pero también un encuentro permanente con la fuerza y la integración de la naturaleza: “Definitivamente me confortan tus manos,/ me dan la certidumbre de mi existencia amante/ cuanto tiemblo en el mar de su interrogatorio/ y respondo a su urgencia con un suave abandono”.
Y el otoño, como un tiempo-espacio, delimita un estremecimiento de la memoria: era tarde y triste, el frío con su color cárdeno y la iniciación de amor, la incertidumbre, el nacimiento del encuentro que poco a poco va creciendo, como se construye el barro con el agua, en la humedad de la arcilla, en la definición de esa antítesis (tiste/alegre, alegremente triste) que va conformando este mundo que se crea desde la metáfora de las humedades y el barro, como si todo estuviera naciendo ahí, en esa conjunción de siempre, como recuerda en el poema “Para calmar tu sed”.
Pero la soledad se hace invectiva y se va adueñando progresivamente de ese encuentro y se crea su dolor de ausencia, a pesar de su diálogo mudo y aun a sabiendas de que es una soledad compartida: “Vivimos solos esperando la tarde”. Una espera que puede abrigar la alegría con el bálsamo de su voz o con el recuerdo de los momentos vividos. Entonces la poesía, su lenguaje hecho de sensaciones, va transigiendo esa geografía creada, va reconstruyendo esa creación de agua, tierra e impaciencias, y va, en definitiva, construyendo una voz que rezuma una historia vivida, un otoño, ese otoño que vibra en el recuerdo como un grato desaliento, como una grata sombra, una suave desesperanza, pero también como una voz transparente y nítida, como un  dorado paisaje, como agua profunda.
Y siempre la vida que germina en el verso. Porque así lo ha querido la escritora en esa consistente aleación nerudiana de tierra y esencia en el caballón de los renglones y en la condición de esa raíz que penetra profunda en la tierra: “Vivirás en mi verso cuando la luz se acabe,/ por eso yo te canto germinal y sencillo”.
Es su luz, la luz encendida que guía este canto, a pesar de que sabe perfectamente que el pasado nunca vuelve y es sublime en su recuerdo.

La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano