domingo, 21 de agosto de 2016

lunes, 13 de junio de 2016

PRESENTACIÓN DE POETAS DEL 60 EN EL ATENEO DE MADRID POR MORALES LOMAS Y ALBERT TORÉS


CARLOS ÁLVAREZ, JOAQUÍN BENITO DE LUCAS, MANUEL RÍOS RUIZ, ALBERT TORÉS, FRANCISCA AGUIRRE, MORALES LOMAS, MANUEL RICO Y ANTONIO HERNÁNDEZ

AUTORES SELECCIONADOS EN LA OBRA POETAS DEL 60 (UNA PROMOCIÓN ENTRE PARÉNTESIS). ESTUDIO Y ANTOLOGÍA, EDITORIAL EL TORO CELESTE)
Félix Grande
Francisca Aguirre
José Miguel Ullán Carlos Álvarez
Diego Jesús Jiménez
Rafael Ballesteros
Antonio Hernández
Jesús Hilario Tundidor
Ángel García López
Rafael Soto Vergés
Rafael Pérez Estrada
Manuel Ríos Ruiz
Joaquín Benito de Lucas
Manuel  Vázquez Montalbán
ALGUNAS IDEAS SOBRE ESTA PROMOCIÓN
Unos poetas que eluden la poesía social precedente (lenguaje, sintaxis e ideas) y se adentran en un lirismo inicialmente interior, trascendiendo a una expresión simbólica de fuerte inspiración personal en la que se ha visto profundas corrientes apasionadas, neorrománticas, impulsadas por un existencialismo literario pero a la vez con una gran profundidad en el sujeto poético, claramente autobiográfico, inmerso en un tiempo histórico.
¿Qué sucede en los años 60 para este cambio de rumbo?
JOSÉ LUIS CANO: La degradación del lenguaje poético fue uno de los efectos negativos contra lo que reaccionaron los poetas del lenguaje, una nueva lírica que ya no se puede llamar social pero sí CRÍTICA Y MORAL.
PILAR PALOMO habla de renovación generacional, indagación en el lenguaje y el fenómeno poético que llevará al experimentalismo.
JUAN JOSÉ LANZ dirá que durante este periodo, como consecuencia de la aparición de los NOVÍSIMOS a mediados de los 60, los escritores que estudiamos quedarán durante mucho tiempo en un largo silencio pero reaparecen en 1977 cuando la estética novísima va decayendo.
POR TANTO, coinciden dos grandes grupos poéticos: LA PROMOCIÓN DEL 60, que estudiamos y los NOVÍSIMOS: José María Álvarez, Félix de Azúa, Ana María Moix, Pere Gimferrer, Vicente Molina-Foix, Guillermo Carnero, Leopoldo María Panero, A. Martínez Sarrión y Vázquez Montalbán.
A ellos habría que añadir el grupo CLARABOYA con Agustín Delgado, Luis Mateo Díez, Ángel Fierro…
LA EPISTEMOLOGÍA HUMANISTA
Intento de nuevo de profundizar en el ser humano, en el lugar que ocupa en el mundo y las relaciones sociales, cuyo precedente son estos autores.
En esta promoción se incluyen aquellos autores que comienzan a escribir en esta década y tienen una voluntad común en su perspectiva poética (rasgos contenidistas y formales).
Con la salvedad de dos: Soto Vergés y Francisca Aguirre que escriben su primera obra en 1958 y 1972 respectivamente.
Incluimos también a un novísimo, Vázquez Montalbán, por varias razones: personales y de compromiso.
Son escritores pertenecientes a familias humildes y trabajadoras, no pertenecientes ni a la burguesía ni a las clases dominantes del país.
Manuel Rico considera que esto es un rasgo determinante de sus poéticas.
Muchos de ellos militantes de la izquierda, encarcelados…: Carlos Álvarez, Diego Jesús Jiménez…
CARACTERÍSTICAS DE SUS POÉTICAS
Transmutan el coloquialismo anterior en un sistema de recreación -y por ello de conocimiento- de la realidad, de la propia experiencia y de la vida mediante la incorporación de una estética que se aleja de la sequedad y busca en la riqueza lingüística, en el disfrute del lenguaje el objetivo del poema.
Cuidado de la expresión con el que aportan una visión novedosa de la experiencia cotidiana.
  • No dejan de ser poetas de la vida, no dejan de estar atentos a la realidad circundante, pero su poesía es distinta y renovadora en su más amplia acepción.
  • Enriquecen la poesía cívica de los cincuenta haciéndola más compleja, más atenta a los aspectos formales, especialmente al valor del lenguaje como apoyo de la efectividad.
  • No hicieron poesía de la cultura sino de la vida.
  • El uso del verso largo, la búsqueda de raíces del presente en los vestigios históricos.
  • La incorporación de recursos extraídos de la tradición surrealista -Soto Vergés, Tundidor, Jiménez, Pérez Estrada, Ullán-, pero utilizados de modo controlado, aunque eficaz, así como en el barroco -caso de Hernández, García López o Félix Grande…
  • La importancia decisiva de la palabra, rechazando la poesía como simple reflejo de la realidad o como fenómeno de comunicación.
  • Acercamiento de estos poetas a Claudio Rodríguez, José Ángel Valente y Francisco Brines, a los que se aplica el calificativo de “poetas del conocimiento”.
  • Búsqueda de la experimentación y el irracionalismo.
ALGUNAS IMÁGENES

ALBERT TORÉS, MANUEL RICO Y MORALES LOMAS

ALGUNOS ASISTENTES AL ACTO
JOAQUÍN BENITO DE LUCAS Y MORALES LOMAS
FRANCISCO CASTAÑÓN, ALBERT TORÉS, MANUEL RICO Y MORALES LOMAS
MANUEL RÍOS RUIZ, ALBERT TORÉS Y MORALES LOMAS
ANTONIO HERNÁNDEZ Y MORALES LOMAS
FRANCISCA AGUIRRE Y MORALES LOMAS
CARLOS ÁLVAREZ Y MORALES LOMAS









domingo, 15 de mayo de 2016

EL HUMANISMO SOLIDARIO. PUERTA DEL MUNDO DE F. MORALES LOMAS POR ANTONIO AGUILAR







PROFESORES Y POETAS (IV): EL HUMANISMO SOLIDARIO
(Puerta del mundo, de Francisco Morales Lomas)


                                                                                                            ANTONIO AGUILAR


En el año 2013, Francisco Morales Lomas, profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UMA y escritor total (cultiva la poesía, la narrativa, el teatro y el ensayo), fundaba junto a un grupo de intelectuales la “Asociación Humanismo Solidario”, con la finalidad de hacer una llamada de reflexión sobre el papel que debe jugar el creador en la sociedad actual. Tras un primer manifiesto en defensa del compromiso personal y literario de los artistas, el trabajo de esta Asociación comenzó a dar sus primeros frutos con el apoyo a la edición de Humanismo solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea (Visor, 2014), una antología que recogía la obra de 59 poetas de 12 países distintos (España, pero también otras naciones de Latinoamérica, Magreb y Oriente Próximo) con un denominador común: la defensa de la ética personal y literaria como manera de hacer frente a la pérdida de valores que caracteriza a la sociedad de este siglo XXI. Entre los poetas españoles que participaron en este proyecto hay nombres tan conocidos como los de Luis García Montero, Javier Salvago o el propio Francisco Morales Lomas.

Aunque no puede obviarse que la poética defendida por el manifiesto humanista tiene su punto de partida en el conocido principio “La poesía es un arma cargada de futuro” y que, por tanto, resulta deudora de la poesía social que imperó en la España de los años 50 y 60; existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre ambas: frente al compromiso “social” del pasado siglo, el humanismo solidario se inclina por el compromiso ético y personal (sin olvidar el literario) de cada uno de sus integrantes.

A esta corriente reivindicativa pertenece Puerta del mundo (2012), último poemario publicado por Morales Lomas. Sendas citas de los poetas Ángel González, Octavio Paz y W. H. Auden, sirven de puerta de entrada al texto, así como de declaración de principios y afinidades.

Aunque el tono general de los 33 poemas que lo componen (donde predominan los versos alejandrinos y endecasílabos, a veces en asonancia) es apesadumbrado, gris o incluso melancólico, la palabra que abre el libro (tomada de la cita de Ángel González) es expresivamente luminosa: “esperanza”. Una oportuna manera de señalar a los lectores el camino a seguir. Además, muchos de los poemas finalizan con uno o dos versos que, como faros en una densa niebla, iluminan fugazmente el texto gracias a una imagen brillante: “Desnudo y libre en el zumbido / que despide la alondra de la lluvia”.

Puerta del mundo es también un homenaje (implícito o explícito) a parte de la gran poesía en español (especialmente la de voces comprometidas) de la primera mitad del siglo XX gracias a las emotivas citas intertextuales: Antonio Machado sobrevuela en el poema que comienza “cielo azul de mi infancia”, y el eco del mejor Juan Ramón Jiménez (aunque también el de César Vallejo) resuena en versos como “me iré una mañana de sol y candelas”.

Pero quizás los dos poemas que mejor pueden servirnos como ejemplo del tono del libro y de su finalidad ética sean “Paraíso cerrado para muchos” (otro homenaje intertextual) y “Los hombres duros se alimentan del rescoldo…”, ambos con espléndidos finales.

En el primero, el “yo poético”, después del viaje realizado a través de una vida siempre incierta, aguarda a las puertas del mundo con la esperanza de que esté al llegar la regeneración buscada: “Tan grande es / mi hambre y tan frágil mi tristeza”.

El segundo poema abunda en el tópico de los “hombres duros”, todavía presente en muchos sectores de la sociedad, “Sufren el embate de las olas pero se dejan / querer, porque son duros (…) Son hombres duros que no se agotan en el caos / y sobre su historia siempre hay algún monólogo, / algún acto heroico con estatua”, para llegar finalmente a un espléndido último verso (casi un epifonema) que, con un sesgo irónico, da su verdadero sentido al texto: “Protégeme, maestro, de tanta fortaleza”.


Un poemario, en definitiva, que, muy lejos del panfleto y la soflama, pone en cuestión muchas de las “verdades” que han ido instaurándose (casi sin darnos cuenta) en el conjunto de nuestra sociedad: la importancia del éxito, la obligación de ser feliz, el alejamiento de los ciclos naturales…, todo aquello contra lo que el Humanismo Solidario ha levantado su voz crítica.

domingo, 1 de mayo de 2016

DESAPRENDIZAJES DE CABALLERO BONALD POR F. MORALES LOMAS




DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
F. MORALES LOMAS


Existe un relevante parentesco entre los dos filósofos más importantes del XX, Heidegger y Wittgenstein, y Caballero Bonald, al hacer coincidir en el hecho lingüístico la esencia respectivamente del discurso filosófico y de la escritura artística o poética. Si Wittgenstein afirmaba que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo,  Heidegger pretende acceder al descubrimiento del ser como revelado en la palabra, siendo está la casa del ser, que, como dice Caballero Bonald, su actividad depende de “su capacidad penetradora en el solar de lo desconocido”.
Las claves de la poesía para Caballero Bonald están in situ, en el interior del texto, y, en ocasiones, en su ingrediente alucinatorio. Pero el poema se alimenta de la vivencia, del aprendizaje de la existencia al mismo tiempo que es la resolución de un enigma y, en ese deambular por el mundo, la esencia primera vuelve con frecuencia al lenguaje poético de Góngora y San Juan de la Cruz, tanto como al pensamiento crítico del que se alimenta con fortaleza. Pero cuando se vuelve la mirada hacia atrás (la estatua de sal es un peligro inminente) hay que iniciar un “contracamino”, un “desaprendizaje”, no tanto como olvido de lo aprendido sino reconsideración de esas leyes fundamentales que obviaron nuestra existencia. ¿Qué hay de verdad en ello? ¡Cuánto en esa memoria que como una araña va germinando su malla de seda en el que la única víctima de lo aprendido, nuestro propio centro, somos nosotros!
Como en Heidegger, el ser de Caballero Bonald es el estar-ahí (Dasein), en el que como transitorios en un tiempo, aspiramos a definirnos porque en nuestro proceso de construcción de esa identidad, como búsqueda, como desaprendizaje, está la esencia de lo vivido.  Caballero Bonald sabe que las alas de ese tiempo son frágiles y en muchas ocasiones nos alimentamos de ensueños.  Y después de construir esa identidad con lo aprendido, “resetearlo” todo y reconstruirlo desde otros presupuestos, desde otra verdad en una constante aventura prometeica. Es una contingencia en la que la palabra es el fundamento de su mundo pues en ella deposita Caballero Bonald el centro de su creación literaria. Hay una búsqueda de sí, de ese Dasein, en el abismo, siendo consciente del concepto de inefabilidad. En ese recorrido la naturaleza, el paisaje… como en el Renacimiento, es un alimento excelso que lleva a la plenitud, pero también la necesidad de “ser siendo” o advertir sobre los gravámenes del tiempo, un discurso en el que convivió siempre Antonio Machado con Bergson.  Para este, el único tiempo real es el humano, en ese tiempo vamos creando la bola de nieve de nuestro existir con las acrecidas, pero todo lo porvenir está ya en lo ya sido, aunque en ese tiempo ininterrumpido en cada momento surge al unísono lo irrepetible y único en una especie de síntesis entre Heráclito y Parménides. Caballero Bonald se propone en Desaprendizajes desmenuzar la realidad entera de la vida, en sus acontecimientos, en sus axiomas, en sus determinaciones… porque quiere entender a ese ser humano Caballero Bonald a partir de ese hombre y de su conciencia.  Una aventura prometeica esa aventura en la comprensión del impulso vital que esconde la crecida y decrecida del ser. Y en este recorrido “todo es versátil y azaroso”, asumiendo que la propensión a la evidencia y a la realidad solo puede ser un camino que impide la lucidez que nace de la duda. Es consecuente con que la jornada está llena de trampas y al mismo tiempo “difícil es y acongojante desaprender lo aprendido”, hasta casi llegar a ese “centro de la piedra”, en ese poema donde tan presente está Valente y la soleá “Fui piedra y perdí mi centro”; y, en ocasiones también, la imagen general del vencimiento.
Pero hay unos principios que sostienen claramente ese Dasein: la madre, el mar, la iluminadora modificación de las palabras, la certeza del ser, la búsqueda de la luz… y también “los innúmeros venenos que me han de resarcir de todo lo perdido”, como antídotos. Tampoco puede faltar su compromiso moral y ético ante esos látigos del tiempo que fustiga, ante las patologías de la vida cotidiana, y que en el poema de tanta raigambre machadiana, “El mañana efímero”, se hará evidente: “Esa España inferior que ora y bosteza empecinada una vez más en no ser sino un remedo de su propia añagaza, un fraudulento expurgo de lo que nadie podrá nunca cotejar.” Existe una denuncia de esa barbarie, de lo zafio, de lo banal y de lo obsceno. Pero también en el poema “Los mendigos transportan sus pertrechos”, donde deducimos una suerte de nuevo humanismo que se guarnece de los atributos que más importan: “Escogen un trayecto en espiral cuyo trazado conduce consecuentemente al punto cero de la privación. No siempre usan los harapos a manera de lágrimas y guardan entre sus pertenencias un renuente acervo de migajas perecederas”.
Sin embargo, la belleza en su orbe germinal de nuevas esencias acaba apoderándose de la esencia de la palabra, mientras el poeta guía virgilianamente al náufrago que, como un Ulises cualquiera, camina hacia los abismos del ser. Puede hallar una simbología de espejismos en esa quimérica reminiscencia de los argonautas, y no puede evitar preguntarse de qué ha servido tanta victoria y también tanta derrota, en una tendencia moral que trate de acallar su conciencia; o reflexiona sobre el ejercicio de la escritura en el poema “Retórica y poética”, donde la palabra es el centro y su aprendizaje para desvelar el mundo, con su tedio, sus conciliábulos, su desgaste…, siempre las palabras como bienhechoras y reveladoras de ese ser que va creciendo por acumulación en el camino prorrogado en el que el hombre no debe petrificarse en ninguna verdad, como diría Jaspers, y estar siempre dispuesto a aprender. Caballero Bonald lo está, en Desaprendizajes revela esta verdad esencial. Es la filosofía última de la que alimenta el libro y recuerda un tanto estas palabras del filósofo en Heilderberg: “Cumple quebrar toda forma que se torna definitiva, dominar todos los imaginables puntos de vista en su relatividad y cumple hacer presencia conscientemente a toda forma del envolvente, realizar todas la maneras de comunicabilidad”. Porque en el fondo, el mundo es una paradoja y nuestro conocer un rompecabezas, un aprendizaje que debe ser desaprendido: “¿Qué hacer –se pregunta el poeta- frente a esa contrariedad demoledora…?” Cuando apenas somos el contrapeso de un galimatías que está por ser descubierto, siendo conscientes de que nuestro tiempo, el tiempo de ese ser que está ahí, se alimenta únicamente del discurso de lo desconocido, lo único que todavía alimenta nuestro tiempo en esa “puta noche”.
En esa indagación de identidades, en ese reencuentro del ser en sí, su interiorización ayuda a descubrir los resortes de sus pesquisas en los suburbios de la noche, en el reencuentro con la propia memoria, cayendo a veces en la dimensión del vacío o en los tentáculos del silencio, en su magnanimidad decrépita. El tiempo, siempre inmarcesible, se adueña de la escena con sus despojos y su noche, pero debemos ser consecuentes: el tiempo real es el tiempo humano, y así se muestra el alegórico Max Estrella de “Raya de la vida”, con sus fracasos, sus pérdidas y la “sucesión de hermosuras menoscabadas por la desdicha”. No es lo mismo la vida que lo vivido, porque las alas que nos conducen en ese recorrido temporal son siempre frágiles y al borde de la desmemoria, contingentes y reducidas, mientras la duda mantiene el extravío vital y el ser que está ahí se conduce perplejo entre los dos polos que proponía Heráclito: la armonía de lo invisible frente a la armonía de lo visible, a la que llegaremos si somos capaces, como Caballero Bonald, de desaprender lo aprendido.
Un libro sabio, profundo, heterodoxo… donde la búsqueda de la expresividad del pensamiento vital es constante y los recursos de la lengua se adaptan a la horma del pensamiento en una conducción lúcida que nos advierte de uno de los grandes poetas de la literatura española contemporánea.


martes, 26 de abril de 2016

LA BOTELLA DE BUKOWSKI DE RAFAEL RUIZ PLEGUEZUELOS POR F. MORALES LOMAS





LA BOTELLA DE BUKOWSKI
DE RAFAEL RUIZ PLEGUEZUELOS
F. MORALES LOMAS


Decía el escritor argentino Marcelo Figueras que ser escritor es como ser padre, algo que tienes que demostrarte todos los días; sin embargo, ya es mucho cuando existe una bibliografía escritural detrás; y, sobre todo,  cuando tu obra ha sido reconocida con importantes premios como el García Lorca de Teatro, el Ciudad de Segovia de Guión Cinematográfico, el dramaturgo Moreno Arenas con obras como El pez luchador, Flores para Ginebra, Terapia de choque, Los zapatos sucios, o el ensayo La rebelión nace en el bosque, un estudio detallado del escritor inglés afincado en Mallorca, Alan Sillitoe.
Sin embargo, la primera novela, como es esta que presentamos hoy, La botella de Bukowski (Editorial Tempestas, Madrid, 2015), significa para el escritor adentrarse de nuevo en un proyecto diferenciado del resto. Aunque existe ese poso bibliográfico anterior y el conocimiento del oficio que se tiene entre manos, no en balde, Ruiz Pleguezuelos es doctor en Filología Inglesa y licenciado en Filología Hispánica y Teoría de Literatura, sin embargo, la novela tiene sus propios engranajes y su dinámica creadora. Los que escribimos en varios géneros sabemos que la perspectiva, la proyección de la obra, la presencia de los personajes está diferenciada. Es verdad que una novela, como decía Cela, es aquello que bajo el título figura el nombre novela, un cajón de sastre. Pero también es verdad que no siempre la perspectiva es esta.
Y todo este excurso inicial es para decir que la novedad de lo primero se percibe en la estructura y el espíritu de bildunsgroman en que se convierte La botella de Bukowski. Algo muy habitual en los escritores que comienzan: el ser aprendices de brujo, el querer recorrer un camino de aprendizajes. El bildunsgroman fue un término creado por el filólogo alemán Johann Carl Simon Morgenstern a principios del siglo XIX para referirse a la novela de formación o novela de educación. La botella de Bukowski lo es por varias razones: el protagonista es un escritor en ciernes, un escritor que comienza y vive preso de sus ídolos. Es un joven que se está formando, que necesita coger un camino. Al fin y al cabo eso es escribir novela: escoger caminos, adentrarse en las procelosas aguas de un mundo que vamos creando paso a paso. Así lo va haciendo el protagonista, Juan Navarta Pommera, de la mano de su ídolo Bukowski. Un escritor perteneciente a la generación beatnik norteamericana que se convirtió en los años 70 en un icono del realismo sucio con sus continuas llamadas a un neoexpresionismo desgarrador de nuevo cuño en el que las referencias al alcohol, el sexo y las drogas estaban muy presentes como un claro proceso desmitificador de las nuevas sociedades neocapitalistas, un ataque a esa sociedad degradada. También durante esa década de los setenta, Bukowski fue un icono para nosotros y obras como La máquina de follar (1978) fueron libros emblemáticos durante la transición que nos abrieron los ojos y permitieron avanzar desde una sociedad franquista represiva a otra más libre.
El protagonista de la novela, Juan Navarta Pommera, un joven aprendiz de escritor, viaja hasta París porque sabe que Bukowski va a participar en el programa de televisión de Bernard Pivot y desea conocerlo. Existe la erótica de la imagen, existe la erótica de la recepción, la erótica que produce en un escritor que comienza el sentirse cerca, al lado… el tocar a sus grandes ídolos. Fue la misma sensación que tuve en febrero del 80, cuando entrevisté en su casa de Juan Ramón Jiménez a Francisco Umbral con motivo de mi tesis de licenciatura.  Sin embargo, lo que ocurre habitualmente es que a medida que se conoce al hombre este acaba por derrumbarse en tanto crece la figura del escritor, pero ya la imagen proyectada es otra cosa.
La novela se concibe como el recorrido de un camino a través del París de los 70 y, a medida que avanza la acción concreta en esa búsqueda de Bukowski se va reflexionando sobre el proceso de creación novelesca y cómo desde las palabras, a través de las estructuras, de la sensibilidad, de las percepciones personales y de las intuiciones propias se configura la literatura. Toda literatura tiene un camino. Juan Navarta a través de ese camino está conformando el suyo propio.
La obra tiene un interesante prólogo del catedrático de la universidad complutense, J. Ignacio Díez, donde dice, entre otras cosas, que la novela es “la historia de una ’ semana iniciática’ que usa y transforma tópicos literarios bien conocidos para contar, como toda buena historia, una decepción, tan divertida y fructífera. El relato apunta a un encuentro alocado e imposible, y por el camino tritura los apriorismos de los encuentros idealizados” (p. 9).
El punto de vista adoptado por el narrador es el de primera persona por boca de su protagonista, Juan Navarta, que nos va transmitiendo una visión personal, sistematizada y precisa de ese recorrido por las calles de París en busca de Bukowski con la presencia de diversos personajes como Armand, su hermana, o Nadine.
Sistematiza el proceso de narración en diez capítulos y un epílogo en el que confirma finalmente que ha conseguido publicar su primera novela Les Garçons des Étoiles y realiza una serie de reflexiones metaliterarias –constantes a lo largo de la novela- sobre el proceso de transformación y metamorfosis que se opera en Juan Navarta y cómo va progresivamente conformando la carrera creadora.
La obra transcurre en 1978. Un año en el que también yo andaba por París en un intento de recuperar aire después de vivir casi asfixiado en la sociedad española que se preparaba para el emblemático año de la constitución. Por entonces había ilusión, pero todavía muchos temíamos que pudiera haber nuevos golpes de estado o un retroceso social como luego tuvimos tiempo de comprobar. Durante este año emblemático, Juan Navarta sale de casa, una casa con un padre que después descubriremos aspiraba a ser escritor y acaba trágicamente. Instrumento de la retórica novelesca que servirá para iniciar simbólicamente el comienzo de la carrera escritural de Juan Navarta.
La novela conforma desde la brevedad de sus doscientas páginas un mundo preciso en el que la literatura es el gran tema a desarrollar, la necesidad de la creación y cómo esta se va conformando en la mente de un joven, pero también las disquisiciones en torno a un mundo que es reflejado perfectamente por el autor con un estilo contenido, raudo y preciso en el que el tempo narrativo es conducido con solvencia y absoluta pericia.


La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano