domingo, 11 de diciembre de 2016

LA CARNE DE ROSA MONTERO 
O EL PARADIGMA DEL AMOR
F. MORALES LOMAS




La vida, el paso del tiempo y la decadencia física toman el terreno narrativo de La carne (Alfaguara, 2016), una novela cuyo título no determina una esencia erótica pero sí el paradigma y la sintomatología de lo que somos o seremos, y coadyuva en la dirección de que el amor, la ternura y el afecto pueden todavía ser un bálsamo contra la decadencia del ser humano y su irremisible muerte.
Todos los médicos coinciden en afirmar que la vejez es una enfermedad en sí. El deterioro físico previo a la muerte no es sino el síntoma último. Una temática esta de tanta raigambre en toda la obra de Montero. Pero no siempre su actitud será cercana al desaliento y la épica sino que, a veces, ironiza sobre la misma, sobre todo cuando dice que “una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con las que intentamos combatir el deterioro (…) De Joven eres capaz de recorrer el mundo con apenas un cepillo de dientes y una muda, mientras que, cuando te adentras en la edad madura, tienes que ir añadiendo a la maleta infinidad de cosas. Por ejemplo, lentillas, líquidos…” (p. 77).
Ante esta situación, Rosa Montero ha querido hacer acopio de vitalidad: el último estertor en esa existencia anodina de Soledad Alegre que va contemplando su propia decadencia. En el comienzo de la novela queda fijada esa definición de la vida de un modo preciso: “La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir” (p. 9). Más adelante dirá “que es un paquete de regalo en las manos de un niño, envuelto en papeles de brillantes colores. Pero, cuando se abría, dentro no había nada. Tan breve era la dicha, tan larga la pena” (p. 187). La vida, con todas sus manifestaciones, pero fundamentalmente con su decadencia y ausencia de afectos, es el origen y también el secreto último de toda la obra.
Soledad Alegre pretende vengarse de su exmarido y para ello contrata los servicios del gigoló ruso Adam mientras al unísono prepara la exposición de arte y locura sobre escritores malditos. La anécdota inicial es sencilla como lo es su prosa, entreverada de diálogos raudos y bastante precisos que nos hablan mucho de su condición periodística porque existe una resolución de cerrarlos siempre de un modo diestro.
A medida que esta anécdota inicial en apariencia sencilla se produce, se va a ir complicando la situación porque la protagonista, Soledad Alegre, acaba enamorándose del gigoló ruso Adam. Si bien, no fiándose mucho de él, le pone un detective que va tomando nota de sus actos y en cursiva el lector va descubriendo la otra vida de Adam, de la que tendrá también noticia Soledad Alegre. Llega un momento que él comienza a  demandarle dinero para un negocio que tiene entre manos pero Soledad sospecha que es para irse con la joven brasileña con la que convive.
La construcción vital y psicológica de Soledad Alegre es lo que le da sentido y cuerpo a la misma, donde se cuida hasta el detalle todo el proceso que va desde esa necesidad de sentirse querida, de que alguien esté pendiente de nosotros, al mismo tiempo que la memoria nos hace revivir su historia personal: una hermana gemela, Dolores, que está en un manicomio, un padre que las abandonó de pequeñas y una madre –a la que tilda de chiflada- que las encerraba en un armario cuando salía para que no se hicieran daño nunca llegó a sentir afecto por ella: “Hacía falta –dice la narradora- ser mala para llamarlas Soledad y Dolores” (p. 101). Por tanto, todo un conjunto de antecedentes relevantes que irán complementándose con otras historias e irán justificando una situación vital. Soledad no solo se siente sola, sino en cierto modo abandonada al mundo. Se siente también necesitada de afecto, de ternura.
Al profundizar en la historia de ambas hermanas vamos comprendiendo que la inestabilidad vital de Soledad se alimenta también de ese pasado familiar convulso, de esos demonios que van y vienen una y otra vez cada vez que visita a su hermana en el centro psiquiátrico. Y en el trasfondo de la locura de su hermana también el amor: el no haber soportado la ruptura de amor con el joven Tomás, el hijo del dueño de la papelería: “Quizá fuera de verdad el desencadenante de la catástrofe; quizá Dolores lo amara de verdad y pensar que no iba a ser correspondida” (p. 113). En otro momento, también Soledad tendrá a otro joven como protagonista de su existencia, Pablo, un joven del que estuvo enamorada y que acabó dejándola. Dos historias gemelas porque lo son ambas hermanas. Historias traumáticas que nos dan a entender esa locura de amor agraviado de ambas hermanas y cómo esta sintomatología puede llevar a una enajenación. Lo que le lleva a la narradora a afirmar que ese incidente a los dieciocho años fue el “cráter fundacional de su vida, la escena sobre la que se articuló su existencia” (p. 202) Y añade las palabras de Françoise Sagan que definen perfectamente a la protagonista: “He amado hasta la locura –dirá la protagonista-, y eso, lo que llaman locura, es para mí la única forma sensata de amar”.


En consecuencia, La carne es tratado práctico, una reflexión sobre el amor y esa extraña alianza con el erotismo, la decadencia y los auspicios de la muerte. Dirá en un momento determinado: “El amor te envenenaba, te embrutecía, te hacía cometer todo tipo de tonterías y desmesuras (…) El amor te convierte en un ser patético”  (pp. 26-29).
Al mismo tiempo que transcurre esa historia de amor con el ruso Adam, ella prepara una exposición de escritores malditos, y este es el motivo de las abundantes interpolaciones que hay en el proceso narrativo. Un conjunto de historias que le permiten ilustrar muchas de sus ideas empleadas y nos inciden una vez más en el especial interés que siempre hubo en Rosa Montero por las historias y biografías de autores conocidos. Son interpolaciones que tienen el efecto ilustrativo, pero desde otra perspectiva, pueden resultar ajenas al proceso narrativo en sí de Soledad y Adam, lo relegan, lo hacen perder intensidad e incluso pueden llegar a enfriarlo. Entre ellas se encuentran la historia de Philipp K. Dick, Pedro Luis de Gálvez, Maupassant, la novela de Mann: Muerte en Venecia, Marx Twain, María Lejárraga y Martínez Sierra, Patricia Highsmith, María Luisa Bombal, María Carolina Geel y Josefina Aznárez.
Soledad Alegre es definida como de “enamoramiento fácil”, “necesitaba estar enamorada”, “amaba el amor”. No era guapa pero resultaba sexy. Aunque me parece exagerada la afirmación de que “todavía era capaz de incendiar la carne de alguien joven y hermoso como Mario”. Definida también como “misántropa modélica”, “hipocondríaca”, que ni soportaba las críticas ni el fracaso. A veces, la narradora es dura con su protagonista y lleva a definirla del siguiente modo: “Soledad era una maldita urraca solitaria entristecida y entristecedora” (p. 71).
En ese deambular por su psicología conocemos algunas de sus frustraciones: el haber sido capaz de escribir ficción y también el hecho de que moriría sin haber conocido el amor. Y aquí es donde entendemos está la clave de todo el libro, en la locura de amor, en el deseo de amor. Una especie de viaje al fondo de uno mismo.
Alguna de las novedades llamativas son que algunos personajes son reales, incluso en sus propios nombres, y la aparición de la propia escritora Rosa Montero, que tiene un diálogo con la protagonista en el Círculo de Bellas Artes y sobre la que realiza una autocrítica y se incluyen algunos elementos autobiográficos como la muerte de su marido.
La historia con el ruso está entreverada con la historia familiar y sentimental de Soledad, sus problemas amatorios y ciertas situaciones rocambolescas que deben más al thriller y al cine negro como el robo que realiza Adam a los chinos y la solución que lleva a cabo Soledad.

Al final de la obra (que no desvelamos) la esperanza queda como una especie de nuevo inicio en esta especie de carrera de obstáculos para llegar a ser querido, que es la existencia, a sabiendas de que el deterioro y la muerte están a la espera dándole el verdadero sentido o sinsentido a la existencia.

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