miércoles, 22 de agosto de 2012
LOS HUECOS DE LA MEMORIA DE RAFAEL DE CÓZAR POR MORALES LOMAS
Hace unos meses, en el número 1 de su Colección Crepusculario, Ediciones
en Huida (Sevilla) publicó Los huecos de
la memoria (con prólogo de Andrés Sorel) del escritor y pintor Rafael de
Cózar, catedrático de la Universidad de Sevilla y durante veinte años presidente de la Asociación Colegial de
Escritores de España (Sección Andaluza).
jueves, 16 de agosto de 2012
La vuelta a la lírica de Alberto Torés por Morales Lomas
PISTAS DE LLUVIA Y DÉCIMAS PROLONGADAS
Conozco a Alberto Torés desde hace
más de un cuarto de siglo. Hemos vivido y vivimos muchas lidias literarias
desde el Grupo Málaga: la revista Canente (Universidad/Diputación), Papel Literario (Diario de Málaga), Entreparéntesis,
el Humanismo Solidario… Notable ha sido su dinamismo cuando a
mediados de los ochenta fundó junto al poeta José Gaitán y al catedrático José
Lara Garrido la revista Canente, una
de las publicaciones de Crítica Literaria más importantes hasta su
desaparición. Ensayista perspicaz y difusor de la poesía contemporánea, de él
siempre me he fascinado la coherencia ideológica y crítica y, sobre todo, su
amistad a lo largo de las décadas.
Su gran reconocimiento como poeta
llegó en 2001 cuando obtuvo el Premio Andalucía de la Crítica de Poesía por la
obra El salón de la memoria cuando
Antonio Hernández presidía la AAEC. A pesar de un cierto alejamiento en los
últimos tiempos, su regreso se ha producido con dos obras nuevas: Pistas de lluvia y Décimas prolongadas (Editorial Corona del Sur, 2010).
En Pistas de lluvia Torés apuesta por uno de sus autores más
emblemáticos (a él le lleva dedicado mucho tiempo de estudio y, acaso, alguna
tesis doctoral inacabada): Blaise Cendrars, del que toma la cita inicial: “Et
il y avait encore quelque chose/La tristesse/ Et le mal du pays”. En estas
palabras se encierran claves de un poemario de expresión narrativa y corte
crítico con la realidad que le toca vivir donde podemos encontrar mucho de
llagas “del momento quebrado como las huellas vanas” en un camino incierto. Un
halo de tristeza y cierto regusto a melancolía desprenden estos versos en los
que la pasión y la efervescencia y dinamismo están presentes desde la óptica del
que ya está un poco ajeno a las vagas prestidigitaciones y surge irreverente y
fugaz. Es la edad del descreimiento, ¿acaso la edad de la apostasía?: los
viejos mitos van cayendo uno a uno, y solo nos queda el derecho a la memoria y
sobre los despojos construir, reconstruir nuestros “nuevos” ideales. Retoma un viejo tema que ha sido un eje
axiomático en toda su poesía: el charol. Ese símbolo de la civilización
occidental tan dada a flatulencias de toda laya y a ruidos vacuos. Reconoce que
se escondió “largo tiempo/ pero jamás llevé capucha”. Y sobre esa flatulencia
vital, sobre esa necesidad de creer en algo (visto en los ojos de su hijo
Alfonso) surge ese poeta que todavía ansía la vida: “La vida de espaldas es
descreer/ cuando hay que creer con todas las fuerzas,/ con todas las fuerzas y
sinceramente”. Un motivo no ajeno a esta lírica vital y fuertemente
comprometida con el ser humano es la sangre (símbolo tan querido para los
surrealistas), esa sangre del esplendor, del estupor, de lo inútil, del abrazo
cortado… secciones de la vida en una barra de un bar. Y el misticismo laico del
recorrido vital, del homo viator a
través de la búsqueda de lo sustancial que se despliega en las confidencias con
Teresa mientras despierta en él ese hálito de rebeldía permanente, sabedor de
que “Sólo un puñado de rebeldes llegan/ hasta el final”.
Ese componente ético y soñador siempre
estará marcado en su lírica humana que ajena a la puesta en escena de lo
ambiguo necesita fuertemente sentir. A pesar de que ese recorrido sea merecedor
de brillos inanes y el amor se convierta por momentos en una bandera, quedará
siempre la conciencia del errante en busca de la utopía mientras el poema, es
decir, la sangre anuncia el “Perfil de futuro/ el mundo está a punto de
comenzar”. Su poesía es depositaria de la esperanza una vez que ha fustigado la
desazón de los brillos de charol, las ambigüedades vitales y el dúctil tejido
de la miseria. La búsqueda como necesidad de encontrarse consigo mismo y con el
paradigma de su existencia en esa carretera que, como un tiempo, nos hace
avanzar y acaso llegar a la modernidad de lo ambiguo y a sus ritos urbanos. En
ese viaje Alberto Torés va reconstruyéndose a sí mismo desde el presente y
desde el pasado.
Alberto Torés y F. Morales Lomas
No es ajeno a la magia del blues, a la
lírica de Gil de Biedma, de Neruda, de Pérez Estrada o César Vallejo, como
tampoco al hábito de la tristeza o al erotismo humanamente vital y tórrido de
“Luna azul”: “Momento de querer/ vender el cuerpo al diablo sombrío”. Pero
siempre encontraremos en su lírica una componente ética, un descubrimiento del
papel que jugamos ante la libertad, ante los recuerdos, ante la nostalgia, ante
el tiempo que nos ha tocado vivir: “Historias de infancias, ruines y antiguas/
que los papeles convertirán a textos”. A veces es protagonista ese cansancio
vital como “Los galopes de piedra” con cita de Pérez Estrada y la inserción de
algunos de sus versos, siendo el desánimo cómplice y solitaria la compañía partícipe
de la novela La extranjera del autor
malagueño.
Y en este camino de reconstrucción y
querencia no puede faltar su hijo Alfonso, al que dedica el poema “El secreto”,
uno de los temas más queridos para el autor parisino que se sostiene sobre el tema
de la búsqueda: en las páginas amables, en los puertos fascinantes, en los
burdeles… en última instancia como una razón de vida y siempre tratando de ver
en su luz, la suya propia, porque su búsqueda es una forma de escudriñarse a sí
mismo. Una identidad necesaria para ese futuro por comenzar que anuncia en el
último verso del poemario y en otros en los que la esperanza siempre está
presente a pesar de los tiempos de charol y espejismos vanos, a pesar de la
melancolía de la memoria o de la piedra que petrifica los sueños.
Acaso sea “La boca del alba” donde el
poeta expresa con mayor énfasis ese recorrido vital y desde la irreverencia del
apóstata confirme sus últimos afanes. Si antaño fue la naturaleza, hoy “la
razón puede mostrar cavernas”. Y ante esta imagen, el poeta cursa la búsqueda
de la libertad, el descubrimiento de “la nostalgia de lo ambiguo”. Hay una
necesidad de nombrar a las cosas para crearlas, para darles un sentido al final
del rayo de esperanza. El hoy es un mundo de alambres y pálidos sabores y
cínicos rencores del recuerdo… como si fueran cicatrices que sobreviven en la
cercanía del texto escrito. Y al final surge como un grito la defensa de una
ética revestida de estética y dice: “Porque mi estética es contraria/ a la
locura despreocupada/ y no reconoce los inadmisibles/ espejos del agua ni la
luna correcta/ ni el diagnóstico de la belleza sin emoción./ Aquí los
testimonios son juicios impuros,/ razón del pensamiento crítico, humanismo/ solidario y romanticismo cívico”.
Palabras estas últimas que alimentan toda su singladura vital, todo su verbo,
toda su dimensión humana y comprometida en estas Pistas de lluvia con tan clara vocación de Homo Viator ante la
impunidad de los elementos y la conducción temeraria.
En “Nota a Modo de Epílogo o de
Prólogo” de Décimas prolongadas
(Editorial Corona del Sur, 2010) explica el sentido último de este poemario, la
confluencia de una serie “de textos reunidos bajo la perspectiva de la
elasticidad, presentándose como 35 décimas prolongadas. No hay más pretensión
salvo la de rendir homenaje a aquellos trovadores de hace cuatro siglos que
versificando quintillas, octavas reales y otras emociones, tañían guitarras o
vihuelas de mano para musicalizar sus coplas”. En ese homenaje temporal en el
que la alusión a un tiempo pasado-presente-futuro-condicional está presente
también los amigos: Carmen y Francisco Peralto, Juan Gómez Macías, Sylvie Léger
y Bernard Sesé, José Lara Garrido, Rafael Ávila, Takeo (Alfonso Torés),
Francisco Morales Lomas y Eduardo Vila Merino. Es un poemario plenamente
sentimental en el que Alberto Torés no solo rinde homenaje a todos estos
escritores sino también en cierto modo reconstruye su tiempo vital, sus
querencias, sus pasiones, sus denuedos y sus proyectos de futuro. En él hay
siempre algo de condicional y una relevancia expresa de lo porvenir. A pesar de que es consciente (signo de esa
inteligencia creativa y juiciosa que siempre le consideré) de esas limitaciones
propias de todo lo perecedero, la inmensa vocación de luminosidad de su obra
tiene un parangón en sus versos que lejos de esa nostalgia o tristeza
refulgente se acomodan a la mañana y su mundo-pasión: “De la mañana serena, la
vida/ en texto abre riesgos y verdes frutos,/ alegra tus ojos en dos minutos”.
Algunos de los mitos destruidos (retomados en los versos de Pistas de lluvia) también están
presentes aquí, a la vez que ese espíritu del rebelde que no ceja, que no
pierde un momento para gritar ante el presente y reclamar el sentido de la
existencia: “Para escribir pues requiero la vida”. Una máxima que no se
compadece con la emoción sino que se imanta de ella. Y a pesar de memorias de
derrota o silencios compartidos, el futuro es un desencadenante de la
agitación, de esa nueva vibración de tiempo que ha de ser revelado. Es cierto
que “fuimos nostalgia”. Es cierto que “fuimos ocultos”. Es cierto que “fuimos
tiempo indeciso en manifiestos”. Pero Alberto Torés sabe que no hay nada más
triste que la mentira y hay un renacimiento entre los cristales rotos: “Que nos
hace soñar cuando las piedras/ ruedan y los escarabajos suenan”. Hay un mundo
al que desafía desde los agotados inviernos, desde ese hombre que camina con su
razón a cuestas, con su verdad que no debe ser escondida tras el charol de la
nostalgia. Hay una distancia, una búsqueda necesaria que como en Pistas de lluvia surge una y otra vez en
esa simbiosis entre el arte y la vida. Frente a la ceniza de esa insospechada
nostalgia, de esa tristeza de ocasiones perdidas, las décimas prolongadas de
Alberto Torés son una “forma para vencer el alba”. Es su discurso más hermoso,
aunque es consciente de que su verdad no es ni siquiera única. Pero sí es la
que inspira su esperanza hacia esa lírica con vocación ética cuyos textos
siempre reiventarán de nuevo esa razón vital ante la hipocresía de los tiempos
actuales: “Que somos la tierra/ de frutos tardíos, la altiva pieza/ para la
envidia trascendente”.
Hay también una suerte de reparo ante
falsos jugadores y rufianes, prevención ante la oscuridad y ruido consciente
por esa claridad que llega aunque haya estatuas de viento que ocupan espacios
en un momento determinado. Pero siempre quedará el amparo de la luz que se
presenta con acierto cuando hay consciencia de lo que debe ser amado y
compromiso consciente: “Supiste amar con acciones/ de caballero castigado al
tanto/ y todo por la nueva España. Caro/ tributo entonces si diste por tu obra/
la vida y por ella, noche sola,/ una, libre, donde todo perdiste”. Un
neorromanticismo cívico que nos lleva a la literatura de compromiso de todos
los tiempos y recupera nuevas mitologías en torno a Voltaire o Maigret. Hay un
inventario de afectos y un amor consumado a la vida, a los placeres palpables,
a la vida siendo sabedor de los rompientes y la amargura de los abismos: “Como
estrellas que lloran su suerte/ nuestros mitos, sangre por pasarelas/ son,
entre puertas y dulces ironías/ una brisa comulga voladora”. Pero siempre
existe la voluntad de alcanzar los límites, destruir las mentiras y las
historias falsas, los mitos, las promesas y organizar un mundo propio, personal
y exclusivo.
miércoles, 27 de junio de 2012
LA MIRADA SECUESTRADA DE EUGENIO MAQUEDA POR MORALES LOMAS
Hemos retenido la mirada. Una de las acepciones de mirar es también pensar, juzgar, atender… Casi todas están presentes en este libro (XXVII Premio Esquío de Poesía) que nos reconduce a nuestros propios fronteras estableciendo causas y procesos de esa conquista del cristal roto que forma o crea esa mirada secuestrada. Hay una percepción en nosotros que nos restringe, que nos circunscribe y condiciona en un ámbito frente a una realidad mucho más generosa, rica, abigarrada y plural. Pero existe en todos nosotros como esa condición para ser más mundo y salir del propio laberinto.
El segundo apartado de la segunda parte lo titula en consecuencia El secuestro de la mirada. Pero, ¿qué es la mirada? En el Libro de los no abrazos de Eduardo Galeano, el hijo increpa al padre: “Ayúdame a mirar”. Así acaece cuando Santiago Kovadloff lleva a su hijo al mar y queda estupefacto ante la magnitud del espectáculo. El hijo pide ayuda, necesita saber la verdad de aquel majestuoso panorama que están contemplando sus ojos. Necesita mirar, pero necesita saber mirar, porque la mirada es la verdad. Ver es fácil, es un fenómeno biológico. Mirar, en cambio, en también un ejercicio del raciocinio, requiere atención, experiencia, o sea, tiempo. Y, sobre todo, requiere un ejercicio de búsqueda verdadero. Educar la mirada es una habilidad necesaria para construir interpretaciones más ricas de la realidad. Dejarnos llevar es ver. Profundizar en el magma de las cosas es un ejercicio de retórica que nos hace más humanos y mejores. Y Gracián sabía que en la detención de la mirada, en su demora, en su dilación consciente… hay un principio de sabiduría. Somos lo que somos capaces de mirar en profundidad. Nuestros límites nacen de nuestras carencias pero son forjas que nos cercenan a un objeto como seres humanos, acaso peligrosas sombras que empañan todo lo que ven.
Hay un ejercicio, una retórica de la mirada y la no mirada en esta obra. Del ejercicio de la contemplación como indumentaria para la existencia. Así los cuadros cambian de colores aunque no lo aparenten y la esencia del ser persiste en su mirada. Por eso dice el poeta: “Soy todo lo que no he mirado aún./ También lo que dejé un día aparte,/ porque lo no mirado forma el límite/ que traza lo que soy./ Mi mirada por otras secuestrada,/ por otras que, a su vez, también lo fueron…” Nuestro laberinto está formado de nuestras percepciones y la mirada de otros nos ayuda a aclarar nuestra propia esencia como individuos que se sugestionan a veces con le miroir brisé. Hay muchas perspectivas, muchos lados que mirar y la esencia está en esa profundidad que puede adquirir lo transparente cuando descubrimos que lo consabido era falso porque estaba circunscrito.
Eugenio Maqueda
En este laberinto de la mirada penetra Maqueda Cuenca en un poemario muy estructurado en dos grandes apartados (En Diacronía, En Sincronía) que, a su vez, se estructuran en otros apartados precedidos por una reflexión poemática de Chantal Maillard muy al hilo de su simbólico título: “La mirada, la conciencia/ cuando es mirada pura, no tiene peso.” Para después indagar en los límites propios y en la ceguera como testigo. Hay un comienzo de esa mirada iniciática de la humanidad en el poema prologal que desde el erotismo y, a partir de ese primitivismo consustancial, crea la imagen que proyecta ese ser primigenio que se hace preguntas y teme. Porque existe el temor de estar vivos y no solo el temor a perder la existencia. Las preguntas nos permiten entrar en nuestro propio laberinto que, en cierto modo, es la introducción en el conocimiento y sus antítesis. Y como un cruzado, o como un macho complacido, iniciamos esa andadura iniciática. Indagamos en la felicidad, en sus mitos, en la ironía de la existencia, jugando con las palabras, su simbología, sus paralelismos de puertas adentro, de familia, de hijos… Nuestra mirada puede retener ese paso por la existencia, esa cotidianidad conquistada, pero también hay un presidio que nos conduce al miedo y las preguntas se suceden porque acaso conocemos sus límites. Y siempre la vida, también tan al límite y la infancia que vuelve para ir construyendo el niño que fuimos y acaso seguimos siendo: “Y yo soy otra luz/agarrando la mano de mi padre,/ y también hago ruido/ porque río como un tranvía nuevo”. Es otra forma de mirar: la mirada hacia atrás, la mirada falsa de una felicidad de otra época.
Pero esto es la historia, es un proceso diacrónico que queda siempre fijo en la memoria. Existen otros límites, otras vendas, quizá con sus playas y sus muertos a la deriva. El padre que se resiste o no, el padre que aparta la mirada para huir. Y el erotismo, el amor, como esencias (también límites imprecisos) como dirá en uno de los poemas, la percepción de esa búsqueda en el otro, en sus propias huellas, en su cuerpo: “Están abrazados,/ furiosamente abrazados,/ cuando un disparo de mortero/ los une para siempre”.
Maqueda Cuenca ha creado también sus propios límites temáticos en los grandes argumentos de la humanidad que bajo el valleinclanesco (Retrato del amor, la lujuria y la muerte) preside simbólicamente el subtítulo del poemario y su esencia. Son palabras que en el poema permiten contar historias fragmentarias que nos identifican con momentos de nuestra existencia y nos permiten introducirnos casi inconscientemente en nuestro propio laberinto vital muchas veces fabricados de miradas vencidas, miradas rotas, miradas parciales. La búsqueda de la verdad es la opción ante el secuestro de la mirada.
martes, 19 de junio de 2012
Roquedal azul. Antología de poesía melillense por Morales Lomas
Roquedal Azul. Antología de poesía melillense de Encarna León, Ciudad Autónoma de Melilla, Consejería de Cultura, 2010, 296 pp.
Permítanme estas palabras del querido
amigo y poeta José Lupiáñez (compañero de Facultad en Granada en los años 70)
para conmemorar esta antología de Melilla. Dice Lupiáñez: “Cuando recuerdo los
años vividos en Melilla, se me agolpan imágenes de la ciudad mágica que fue y
seguirá siendo; la ciudad de las cuatro culturas, puerta de África, por la que
muchas veces paseé junto a su poeta mayor, Miguel Fernández. Él me enseñó la
Melilla real y me dejó entrever la que reinventaba de forma incesante. Cómo
olvidar las lentas y dulces tardes de algunos otoños junto a aquel mar dorándole
o los recorridos por la vieja fortaleza. Cómo olvidar sus casas modernistas,
sus parques de ensueño, cuajados de pájaros fabulosos y, sobre todo, sus
gentes, sus gentes diversas, con dioses diferentes y lenguas y costumbres
distintas, conviviendo en la babelia feliz de callejas y mercados”.
Hace años alguien dijo que las
antologías son en realidad “antojolojías”, como resultado del criterio muy
personal del antólogo. Y, aunque esto es cierto en unos casos más que en otros,
la antología de poesía melillense Roquedal
Azul de Encarna León es una obra necesaria.
Siempre seré un acérrimo defensor de las antologías de modo general
(aunque me incluyan a mí) por ser un instrumento pedagógico de primera magnitud
y también por ser una herramienta muy importante para los investigadores e
historiadores de la literatura, más que por una cuestión meramente sentimental.
Algunos dirán: la patria del escritor es el mundo. Cierto, pero también dijo
Tolstoi que si el escritor quiere ser universal debe hablar de su aldea. Y los
escritores que aparecen en esta antología hablan en sus poemas de su ciudad:
Melilla.
En muchos casos las antologías estimulan una
clarificación, una situación o aglutinan una información precisa en torno a las
bibliografías respectivas, como sucede en esta obra en la que los poemas de
cada autor van precedidos por una biobibliografía de dos páginas
aproximadamente, lo que permite al lector poseer un conocimiento previo de
cierta autoridad.
Roquedal
Azul cumple todas esas funciones. La autora, Encarna León, es una poeta
melillense que, como tal figura en la antología, como en su momento hiciera
Gerardo Diego con la del 27. No es nada extraordinario que esto suceda aunque
existen reticencias por parte de algunos para que el antólogo se incluya como
antologado. En fin, son criterios que tienen sus seguidores y sus murmuradores.
Un hecho preciso es que no todos son
nacidos en Melilla; algunos de ellos han vivido en esta ciudad y otros incluso
han nacido en ella y solo han estado viviendo apenas unos años. Las situaciones
son variadas. Pero llama la atención la de aquellos escritores que, a veces, no
han sido asociados a esta ciudad. Es el caso del realizador y alma mater de los programas dramáticos
de TVE, Juan Guerrero Zamora, al que siempre había asociado a Madrid. Desde
luego que si hay un escritor que va mancomunado indefectiblemente con Melilla es
el poeta Miguel Fernández, al que la concesión del Premio Nacional de
Literatura en 1976 hizo que Melilla se pusiera en el panorama de la poesía
española contemporánea. Desde luego que existen otros casos como el del
dramaturgo Fernando Arrabal, del que siempre supimos que era de Melilla porque
él se ha empeñado en decirlo con abundancia, pero no podemos decir eso de casi
todos los melillenses en los que he observado una cierta tendencia a un raro
ocultamiento.
De los autores existentes en esta obra,
no todos se han dedicado como primera actividad a la poesía; existen, como ya
he dicho, dramaturgos, periodistas, realizadores, narradores... y sobre todo
personas del ámbito de la enseñanza en su mayor parte.
Hoy día, el mayor número está
ausente de Melilla. Con residencia en Málaga se encuentran José García Pérez,
Rafael Ávila, Antonio Abad, Filomena Romero y Álvaro Cordón. El profesor de
Universidad y crítico (sobre todo conocido por sus artículos en la revista Ínsula) Emilio Miró tiene residencia en
Madrid junto con José Teruel, también profesor en la Universidad; Carmen
Carrasco reside en Valencia; José Lupiáñez en Motril; Antonio Carmona en
Tenerife y José María García Linares en Lanzarote; Josela Maturana en Cádiz; Nieves
Muriel en Granada y Antonio Rivero Taravillo en Sevilla. En Melilla solo quedan
cinco escritores: Encarna León, Jaime Alonso Véliz, María Angustias Montero,
Elena Fernández Treviño y Rocío García Linares.
La opción de aparición en la obra que
ha seguido Encarna León es el de la fecha de nacimiento de las escritoras/es
reseñados, tomando como inicio el año 1907 en que nace Carmen Conde, siendo la
más joven Nieves Muriel, nacida setenta años después que Conde. Este hecho permite
crear como una especie de historia de la poesía contemporánea melillense a
través de las diversas décadas de sus seguidores. Y, efectivamente, lo que llama la atención ab initio es su variedad formal, métrica
y de experimentaciones propias. Es evidente que a medida que se avanza en los
años se observa un desprendimiento del recurso a la poesía medida y rimada.
Abundan en los escritores nacidos antes de los cuarenta una mayor tendencia al
soneto o los endecasílabos y la rima como elemento definitorio, frente a otros
posteriores. Sin embargo, quizá lo más llamativo sea una resistencia en el
momento actual a la percepción de la poesía como un ámbito meramente privado.
Quiero decir que frente a los más jóvenes que poseen como una especie de
síntesis entre lo individual y lo colectivo a medida que nos alejamos en el
tiempo los subjetivo gana en el poema, así como una poesía más referencial y
centrada en elementos más pintorescos.
Encarna León, Morales Lomas y Pilar P. Esteban (Melilla, 2010)
Sin duda que el gran poeta de este
grupo es Miguel Fenández, cuya poesía misteriosa posee un valor mágico e
inexplicable que nace de una experiencia del vivir y lo cotidiano alcanzando un
valor mistérico.
Los juegos líricos, las
intertextualidades y la poesía cercana a la deformación caricaturesca y lo
vanguardista está presente en Arrabal.
Mucho de clasicismo vivencial y
cotidiano existe en la lírica de García Pérez, un monumento al paso del tiempo
y una concepción precisa de la existencia, así como un compromiso vital y
personal con ella.
La lírica de Lupiáñez bucea en la
introspección de las emociones, en las sensaciones y en los ámbitos
referenciales que se alimentan ofreciendo un aire cernudiano en su querencia.
A pesar de su enorme currículo no es
la poesía de Conde la más cercana, si bien en su defensa hay que decir que nace
de una lírica ardiente, convincente, misteriosa y dramática, intimista, de amplio
anecdotario y convicción personal.
López Gorgé ha seguido con
frecuencia la temática amorosa pero su lírica podemos definirla como de
precisión, agudeza, claridad, humanidad y emoción expresiva.
Sin duda que existe una vocación
mítica y mediterránea en la obra de Abad, versátil en prosa, verso y creación
artística, pero también existe un cuidado en el uso de la palabra y una
sensualidad muy sureña.
En Encarna León la vida, la amistad,
el amor, la familia, Dios, la
infancia, el vivir cotidiano son sus
instrumentos retóricos para crear una lírica de registros diversos: unas veces
más directa e intimista, casi becqueriana, y otras más barroca.
Para Rafael Ávila la memoria es un
instrumento fundamental de una lírica profundamente emotiva que trata de recuperar lo que somos, pero
también la inmanencia de un tiempo actual y sus repercusiones: se iría desde lo
individual y personal a lo social y emotivo con la reflexión constante de la
emotividad.
Filomena Romero ha buceado tanto en
lo social como en el discurso más íntimo, a veces con tendencia al surrealismo
y otras a un verso rítmico, cuidado e imaginativo con proyección erudita y
cultivada, con un especial cuidado por la forma.
Pensaba que Emilio Miró (un avezado
crítico) me iba a sorprender con una poesía extraordinaria, pero sucede con
frecuencia que los grandes críticos son mediocres poetas. Una lírica
dieciochesca en Vencedores del tiempo, al hilo de las circunstancias el poema a
Machado y Cernuda, y muy en la secuencia de la memoria recobrada el poema
inédito que trata de organizar un mundo novelesco y vital.
La vertiente vivencial y musical
es connatural en la obra de Ana Riaño que se incardina en una profunda
introspección espiritual y una profunda música interior que produce cierto
escalofrío, pero también es una poesía de búsqueda, de tradiciones (como la de
San Juan de la Cruz) y de profunda nostalgia.
Por último, uno de los que en el momento
actual tiene una mayor proyección entre los más jóvenes: Antonio Rivero
Taravillo, sobre todo a partir de la publicación de su estudio sobre Cernuda.
Su poesía busca la expresividad verbal y las imágenes sorprendentes pero se
centra en la cotidianidad y en la creación de una épica de los sentimientos y
la crítica de los comportamientos como en el soneto navideño o sobre la ruptura
de una imagen biográfica y desmitificadora.
En definitiva, un buen ramillete de
escritores, muy diferentes, muy versátiles que son una buena muestra de la
poesía contemporánea que llega desde Melilla.
sábado, 16 de junio de 2012
NOTA DE PRENSA DEL PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA DE TEATRO 2012
F. Morales Lomas (presidente del jurado), José María Guadalupe (vicepresidente de la Diputación de Granada) y Remedios Sánchez (secretaria del jurado y de la Asociación de Dramaturgos, Investigadores y Críticos de Andalucía)
Rueda de prensa anunciando los ganadores: Diputación de Granada, 15 de junio de 2012, 12:00 h.
Algunos enlaces que ofrecen la noticia
jueves, 7 de junio de 2012
Entrega en Córdoba del XVIII Premio Andalucía de la Crítica 2012
El día 7 de junio de 2012 se han entregado los XVIII Premios Andalucía de la Crítica 2012 en el Palacio de Orive de Córdoba. Estos premios valoran las obras más importantes publicadas durante 2011. También se hace un homenaje al escritor cordobés José de Miguel
Guillermo Busutil, Premio de Narrativa, Manuel Gahete, F. Morales Lomas y José Antonio Nieto, alcalde de Córdoba
Antonio Carvajal (Premio de Poesía), Manuel Gahete (Secretario de la AAEC), F. Morales Lomas (Presidente de la AAEC)
Manuel Gahete (secretario de la AAEC), F. Morales Lomas (presidente de la AAEc), José Antonio Nieto, (alcalde de Córdoba), Ramón López (Delegado de Cultura Junta de Andalucía), Francisco Cañada (Fundación Unicaja)
Ramón López (Delegado de Cultura Junta de Andalucía), Juan Miguel Moreno (Concejal de Cultura), José de Miguel (poeta homenajeado), Manuel Gahete (secretario de la AAEC), Francisco Cañadas (Fundación Unicaja), F. Morales Lomas (Presidente de la AAEC), José Antonio Nieto (Alcalde de Córdoba), Antonio Carvajal (Ganador Premio Poesía), Guillermo Busutil (Ganador Premio Narrativa), Francisco Onieva (Premio Ópera Prima)
domingo, 27 de mayo de 2012
EL AÑO 1960 EN LA NARRATIVA ESPAÑOLA POR MORALES LOMAS
Se nos permitirá el dislate cuando al
referirnos a la novelística del año en cuestión hagamos hincapié en la polémica
que sobre la vieja y nueva novela se produjo el año anterior. Por lado La
hora del lector de J. M. Castellet y Problemas
de la novela de
Juan Goytisolo apostaban por las nuevas formas que se venían imponiendo en la
narrativa, seguidoras del objetivismo y el behaviorismo. Por el contrario,
Ignacio Agustí en Rebelión y continuidad en la novelística
española se reafirmaba en los presupuestos
tradicionales, heredados en gran parte de la generación del noventa y ocho y de
los novelistas de la primera mitad de
siglo. La polémica está viva y presente en el año sesenta y en la década que se
inicia. A ello habrá que añadir los intentos experimentales que se producirán
desde mediados de ésta, y que tendrán plena vigencia en los años setenta,
influenciados en gran parte por la novelística hispanoamericana.
Nómina restringida
de autores y obras:
1.
ALPERI, Víctor: Agua india
2.
AMADO BLANCO, Luis: Doña Velorio
3.
ANDÚJAR, Manuel: El
destino de Lázaro
4.
ARRABAL, Fernando: Baal Babilonia
5.
AUB, Max: La verdadera historia de
la muerte de Francisco Franco.
6.
BAREA, Arturo: El centro de la pista
7.
BENEYTO, María: El río que viene crecido
8.
BLANCO AMOR, Eduardo: La parranda
9.
BUÑUEL, Miguel: El niño, la
golondrina, el gato
10. CABOT, José Tomás: El
piquete
11. CANDEL, Francisco: Temperamentales
12.
CUNQUEIRO, Álvaro: Las mocedades de Ulises
13.
CHACEL, Rosa: La sinrazón
14. FERRES, Antonio y LÓPEZ SALINAS, Armando:
Caminando por las Hurdes
15. GARCÍA SERRANO, Rafael: La paz dura quince días
16.
GAYA NUÑO, Juan Antonio: Los
monstruos prestigiosos
17. GIL, Ildefonso: Pueblo-Nuevo
18.
GOYTISOLO, Juan: Campos de Níjar
19.
GROSSO, Alfonso: Para vivir aquí
20. HALCÓN, Manuel: Monólogo
de una mujer fría
21. JUNCEDA, Luis: La
llaga
22. LERA, Ángel Maria de: Bochorno
23. LÓPEZ SALINAS, Armando: La mina
24. LOREN, Santiago: El baile de pan
25.
MANFREDI, Domingo: A bordo de una isla
26. MARSÉ, Juan: Encerrados
con un solo juguete
27. MARTIN VIGIL, Luis: Una
chabola en Bilbao
28. MATUTE, Ana Maria: Primera
memoria
29. NIETO, Ramón: La
fiebre
30. NIETO, Ramón: El sol
amargo
31.
PILARES, Manuel: Cuentos de la buena y de la
mala pipa
32.
PORCEL, Baltasar: Solnegro
33. ROMERO, Luis: La
nochebuena
34. RUIZ, Roberto: Plazas
sin muros
35. SALISACHS, Mercedes: Vendimia
interrumpida
36. SENDER, Ramón J.: Réquiem
por un campesino
español
37. SENDER, Ramón J.: El
mancebo y los héroes
38. TORRENTE BALLESTER, Gonzalo: Donde da la vuelta
el aire
39.
ZUNZUNEGUI, Juan Antonio: La vida sigue
Sin caer en generalidades imprecisas y
mucho menos en análisis atrevidos hay que afirmar un hecho importante: la
novela del año sesenta está todavía bajo las formas realistas al uso, heredadas
tradicionalmente, y aunque se produzcan experimentos o renovaciones, no serán
los más y habrá que esperar años venideros. En cualquier caso, ahí va el
comentario de las novelas seleccionadas.
Un grupo importante tiene como
objetivo la intención crítica y reveladora de la sociedad: La
mina de A.L.
Salinas se inserta en esta línea; un grupo de campesinos en paro deben
abandonar su tierra y emigrar a una zona minera con la consiguiente pérdida de
raíces y la intención finalmente frustrada de volver al cabo del tiempo. En la
novela Salinas hay también “el eco de una inquietud directamente política y
conciencia de la explotación a que el
obrero se siente sometido” (1). La tradición que sigue la narrativa de viajes
está presente este año con dos títulos interesantes: Campos
de Níjar de J.
Goytosolo y Caminando por las Hurdes de A.L. Salinas y A.Ferres. El primero
es un recorrido del escritor por la región almeriense de modo que el lector
reconozca el ambiente, la geografía, lo pintoresco y las tremendas condiciones
de vida de los habitantes de esta zona. La segunda sigue estos mismos
principios narrativos, generales para
los libros de viajes; destaca el medievalismo rural en que viven los habitantes
de las Hurdes. Las descripciones son débiles y lo pintoresco tiene siempre una
intención crítica. La vida sigue de J.A. Zunzunegui continúa la línea de
su obra anterior La vida como es, de coincidente análisis de la burguesía
-pero esta vez provinciana- mueve la obra de R. Nieto La
fiebre.
Coincidente con la novela social
en general Una chabola en Bilbao de J.L. Martin Vigil sigue el tema
desarrollado en La piqueta de A. Ferres, el año anterior, es decir,
el derribo de una caseta del suburbio madrileño
-en este último caso-, frente al paisaje de Bilbao. Sin embargo Vigil
sigue derroteros diferentes, siendo finalmente el tema de la caridad el desarrollado
cuando observemos al médico ateo pero caritativo con los habitantes de Aritamendi y al jesuita,
fracaso y rechazo por ellos.
Entre las novelas que tienen de
fondo la guerra civil española se encuentran: Encerrados
con un solo juguete de J.
Marsé, trata el tema de las consecuencias de la guerra en la vida de los
jóvenes fracasados, caídos en la inacción. A la vez se transforma en una novela
que trata el tema de la lucha o discrepancias entre generaciones, en esta
ocasión entre padres e hijos.
El tema de la guerra está presente en la obra de Nino Manfredi;
incluso en una de las obras más interesantes de este año Réquiem
por un campesino español de R. J. Sender. En la primera edición de 1953 aparece con el título
de Mosén Millán, si bien con el título señalado es de
1960, por lo que la incluimos en la relación con absoluta maestría y sencillez.
Resalta la historia de un sacerdote, el cual, queriendo salvar a un joven del
pueblo en los comienzos de la guerra, no consigue evitar la ejecución. Bajo temática similar se escribió Primera
memoria de A.M.
Matute (primera obra de la trilogía Los mercaderes), novela de carácter autobiográfico,
según una técnica evocativa; en ella una niña recuerda los primeros días de la
guerra en Mallorca. Por último, La paz dura quince días de R. García Serrano.
Las trilogías son un fenómeno
narrativo frecuente en la novelística de posguerra. El
destino de Lázaro de M.
Andújar es la tercera novela de la trilogía Vísperas, que a su vez pretende profundizar en la
historia de España de este siglo, al incluirse en el ciclo narrativo Lares
y penares. En la
novela de Lázaro el tema es el campo y la localización temporal se sitúa en la
preguerra española. Torrente Ballester
con Donde da la vuelta el aire escribe el segundo libro de la trilogía Los
gozos y las sombras donde
narra, a veces con reiteración y morosidad lo individual (enfrentamiento
Deza-Salgado) y lo social, político y cultural. Aunque localizada en Galicia,
es una interpretación de la sociedad española.
Dentro de la literatura imaginativa y de
aventuras, a veces llamada fantástica, se ha de tener en cuente Solnegro de Baltasar Porcel y Las
mocedades de Ulises de Álvaro
Cunqueiro, en ésta funde lo que sueña con lo que ha soñado otros, de modo que
la historia y la leyenda se unen en un preciosista maridaje plagado de fábulas,
con un lenguaje riguroso, original y minucioso,
novela evasiva y de cierto vacío, según alguna crítica, aunque es preciso
añadir que en este momento de la narrativa española es una apuesta por la
modernización novelesca.
De tema histórico son: El
piquete de José
Tomás Cabot, sobre un episodio de la guerra carlista con una documentación
histórica, y La verdadera historia de la muerte de F. Franco
de Max Aub, historia-ficción sobre la supuesta muerte del general.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano















