jueves, 18 de julio de 2013

EL MISTERIO DE LA PALABRA
Y LA EXISTENCIA EN LA LÍRICA
DE JOSÉ VERÓN GORMAZ

F. MORALES LOMAS

Las dos últimas obras poéticas de las que he tenido noticia de este buen escritor y fotógrafo aragonés han sido Ritual del visitante (Zaragoza, Olifante Ediciones de poesía, 2012) y Viento y la palabra (Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, 2010). Existen unas claves en su escritura (en ambos libros) que permiten una interacción y una continuidad: el sentido de la palabra para el ser humano y el poeta, la exploración del significado de la existencia desde esa oscuridad de las interrogaciones sin respuesta, el tiempo con su inexorable avance y la licuación con el misterio de la vida, la música como privilegio que nos rememora y conmueve en ese camino de visitantes… todo conduce a conformar una lírica del sentido, del sentimiento y de la elucidación a través del néctar de las palabras y sus respuestas.


En Ritual del visitante (2012) hay un grupo de ideas en torno a las que se organizan los campos semánticos que ofrecen el sentido del poemario: bajo los semas de luz en contraposición a la sombra, pero también luz en relación sinonímica con la palabra y a su vez en contraposición al silencio, sinónima a su vez de la sombra. Dos términos: luz y palabra comunicados y contrapuestos a su vez a otros dos (sombra y silencio) que están participados a su vez entre sí. La búsqueda de esa luz a través de la palabra confirma una temática clásica (habitual, por ejemplo, en el Cinquecento): la inefabilidad del lenguaje para poder llegar a esta.
Frente a ese ámbito, incrimina la oscuridad como una losa que siempre hostiga al ser humano desde su nacimiento. Dirá el poeta: “Solamente palabras que despiertan”.  La palabra como estímulo que nos salve de la melancolía y la frustración de juzgarnos incapaces de explicar los secretos de la existencia, mientras va avanzando el tiempo inexorable: ese otro gran símbolo machadiano junto a la palabra: la poesía era palabra en el tiempo para Machado, creo que para Verón Gormaz también.
El grito (de Munch) puede advertirnos de esa inmovilidad, de esa incertidumbre, de lo efímero de la existencia mientras el ser humano se deja guiar por resplandores, ascuas, latidos… se hace preguntas retóricas que no tienen respuestas e invoca las palabras “para buscar los senderos del conocimiento”, pero también “para sentir el tiempo… para nombrar la realidad”. Ante este afán natural de búsqueda responde el silencio con su oscuridad de perseguida luz, con su evanescencia de futurible que nace muerto. En este ritual que es la existencia, el visitante (todos estamos de visita en ella) ve misterios en el tiempo y las estaciones, que van cambiando de reclamo y de color, pero como dice en un poema: “Tengo la sensación inexplicable/ de que siempre y jamás significan lo mismo”.
La bruma, como una gran mancha, se va apoderando de todo y el misterio, como una ruina, va ocupando el espacio sin respuestas. Hay seres errabundos que han perdido su equipaje y no comprenden el sentido de la vida: “Hijos de los suburbios,/ agrupados delante del azar en larguísimas filas,/ esperábamos un humilde milagro”.
La sombra se hace dueña de los espacios, del tiempo y de la palabra. Y las llamas pueden ser espasmos de lo efímero, expolios: “En la tarde serena, madre de los enigmas (…)/ Hablarán los silencios del eterno retorno,/ existirán las dudas, los versos fugitivos”.
Hay un sueño soñado, no obstante, que continuamente se trata de recobrar y nace de esa necesidad que tenemos los humanos por no caer definitivamente, en esa agónica lucha por la luz, por la explicación del mundo, por que la nostalgia o la melancolía no nos devoren: “Entre la luz sublime/ y la tiniebla opaca,/ apenas una luz”.


El viento y la palabra (2010), anterior en la publicación, posee una reciprocidad evidente con los poemas anteriores como ya hemos dicho. El poeta se halla ante el abismo del misterio, en un paisaje invernal donde el tiempo invita a sus trampas, acaso ante el despeñadero de la soledad, en una sombra perpetua de quietudes que deslumbran  mientras el viento remueve las cenizas de la memoria, sus pasos, su oscuridad de fatiga ineludible.
Hay imperativo a que el tiempo se apodere de todo (de hecho lo hace) pero también de que (como en el poemario anterior) se alíe con la luz en un maridaje perfecto que genere una vibración interior. Es un deseo permanente del escritor mientras la soledad lo acompaña en este devenir mortuorio del tiempo machadiano: “Tic-tic, tic-tic… Ya pasó/ un día como otro día/, dice la monotonía/ del reloj”. 
En ese transcurso por la naturaleza, los valles, las ensenadas, el poema se abruma en el “abismo de las horas”, busca esa luz que lo resplandezca y trata de hallarlo, como en el poemario anterior en la palabra que, a veces, se esconden “en una taza de café sin rumbo”.
Abajo la oscuridad, arriba la cima de luz, parecen evidencias  ya consagradas por la simbología del paso del tiempo mientras la sensación de amargura y de camino del destierro aumenta y el dolor de ausencia permanece. 
Mientras, el viento (ese otro símbolo etéreo) va ocupando los espacios que deja la palabra a la que le presta su voz y va transigiendo esa especie de camino de incertidumbre que avanza y retrocede hacia el fin de la palabra, hacia su silencio.
La música –como en Verlaine- entonces puede aparecer como un indicio de luz, como un trayecto de colores que conversan dulcemente con ese recuerdo. Una música para avanzar con el cuerpo iluminado, una música que evite el caos, creando acaso esa belleza de las formas, resolviendo o conformando el misterio. Acaso un aria o un oratorio, sereno como un refugio donde encontrar la luz y su llama: “El músico imagina que la nota es el viento,/ que en ella se devana la esencia de las horas,/ El misterio remoto que asoma en las estrellas/ y a todo ser viviente hechiza con el signo/ del aire temperado que brota entre violines”.

Canciones indias, Rhapsody in Blue, Preludios, La Bohème… se diría que avanzan en ese repertorio que nos conmueve y resucita el misterio, la bondad de un tiempo sagrado, el estallido de la certeza o de la fugacidad de la nostalgia mientras unos versos finales de Machado y Góngora concita su simbología y misterio.

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