domingo, 13 de julio de 2008

EL EXTRAÑO VUELO por Rosa Jiménez Ruce





Publicado en Libros, La Opinión de Málaga, 12 de julio de 2008, p. 41.







El extraño vuelo de Ana Recuerda es la última novela de F. Morales Lomas, quinta obra narrativa y tercera novela, aparte de los cuentos publicados en diversas revistas y libros colectivos.
En esta novela desarrolla la historia de una maestra que abandona Málaga y se refugia en un lugar olvidado y aislado de la geografía española, que, por las indicaciones del autor, parece estar en La Alpujarra, para iniciar una nueva vida. Sin embargo, el aislamiento, y ese pretendido paraíso de soledad al que llega pronto se va a convertir en una pesadilla. Simbólicamente el día que llega se ha producido un accidente o un crimen en una cacería. Unos supuestos amigos que están cazando son los responsables. Poco a poco nos va introduciendo en una novela en la que se pueden observar rasgos propiamente españoles pero de otra época, una época de aislamiento, venganzas y rencillas, una época de muerte.
En algunos casos, son personajes extraños a los que no les interesa la sociedad, individuos perseguidos por las leyes, individuos que huyen. Alguien ha querido ver en la historia una especie de alegoría de España. Puede ser, pero yo me quedaría con una visión diferente: la búsqueda de la felicidad. Ana quiere buscar la felicidad, bucea en ella pero finalmente no la consigue y anda hacia el final de la novela en permanente búsqueda, pero hay una esperanza que no fallece nunca a pesar de todo ese vano intento se pierde cada vez más. Suele poner en marcha una esperanza cotidiana en la que confía más que en cualquier providencia infalible. Una esperanza que funciona sola y que le mantiene satisfecha. Con El extraño vuelo de Ana Recuerda, a través de sus casi cuatrocientas páginas, Morales Lomas ha creado múltiples personajes que van organizando el mundo en el que ha ubicado a Ana Recuerda, en cuyo nombre también hay valores simbólicos. Son personajes que también buscan algo, unos lo consiguen; otros no. Y, en el marco, el paisaje, el aislamiento de los personajes que despliegan sus vidas casi en absoluta soledad. Y para construir esa parábola crea un lugar mítico, un territorio literario creado ex profeso: Cártugos. En El extraño vuelo de Ana Recuerda, en cierto modo, está profundizando en la existencia, está creando una novela densa, plural, rica en sus caracteres, sorprendente, como sucede, por ejemplo, con el gitano Barrancos, que va anunciando lo que sucede en el pueblo y va cantando lo sucedido como hacían los poetas de la antigüedad. La multiplicidad de personajes hacen que la novela adquiera una honda consistencia a la vez que un amplio pensamiento y valor lírico. A la vez que asume el realismo, sin embargo, los elementos simbólicos se apoderan del paisaje y juegan una entronización con ellos. El aislamiento social también es personal, y pronto nos damos cuenta de que la búsqueda de la felicidad, uno de los grandes elementos a destacar en la novela, resulta difícil, compleja e individual. Creo que Morales Lomas con esta obra ha querido crear una gran alegoría: la resistencia del ser humano a morir y la presencia constante de la literatura y la vida en un proceso de ida y vuelta. Puede resultar una apuesta evidente por la novela de búsqueda pero también por la existencia en su amplio sentido y los lances de un mundo que está en permanente zozobra.


F. Morales Lomas: El extraño vuelo de Ana Recuerda, Ed. Alhulia, Granada, 2007, 388 págs.

sábado, 12 de julio de 2008

APROXIMACIÓN A LA NARRATIVA DE A. MUÑOZ MOLINA por Morales Lomas



Podemos afirmar que la narrativa de Muñoz Molina es una síntesis entre la tradición y la modernidad. ¡Cuánto de Cervantes hay en sus obras! ¡Cuánto de la novela negra! Pero también cuánto de los Faulkner y los Proust o la narrativa hispanoamericana. En este sentido es un fagocitador de situaciones, una memoria de escenas y una engullidor de personajes de la narrativa mundial que son transformados en su obra y adquieren nuevo valor y símbolos, pero como dice Scheerer[1]: “Característica de Muñoz Molina es el hecho de que, haciendo uso de los modelos, nunca se entrega enteramente a ellos, es decir se asegura que los paradigmas queden explícitos en el momento mismo de ser objetos de adaptaciones y variaciones lúdicas.”
A los treinta años obtiene el Premio Ícaro de novela con su primera obra, Beatus Ille y, dos años, después fue galardonado con los premios Nacional de la Crítica y Nacional de Literatura por su novela El invierno en Lisboa. En 1988 publicó el libro de relatos Las otras vidas y en 1989 su tercera novela, Beltenebros, llevada al cine de la mano de Pilar Miró. En 1991 publicó El jinete polaco y en 1992 Los misterios de Madrid. Otros títulos que podemos seleccionar son: Nada del otro mundo (1993), El dueño del secreto (1994), Ardor Guerrero (1995), Las apariencias (1995), La huerta del Edén (1996), Plenilunio (1997), La colina de los sacrificios (1998), Carlota Fainberg (1999), En ausencia de Blanca (2000) y Sefarad (2001)...

Se puede decir de modo casi axiomático que la narrativa de Muñoz Molina es un bello canto a la mentira, en cuanto su prejuicio crítico inicial antes de elaborar cualquier novela es la hermosa mentira de la ficción: “Los libros mienten, pero muestran casi con ingenuidad las leyes de la mentira y nos educan contra ella”[2]. La mentira en los libros extraída indiciariamente de La paradoja del comediante de Diderot, leído por Juan Carlos Rodríguez. Esta aceptación de la mentira como límite de sí mismo coopera en la organización de un tipo de novela de ámbito simbólico y centrada en los grandes mitos del siglo XX: lo literario, el jazz, la novela policíaca, la Guerra Civil, los demonios familiares y la metaficción. Lo importante de las historias, como dirá el propio autor, a través de la boca de su personaje Solana, no son su verdad o su mentira sino la maestría al contarlas.
Como decía el propio Muñoz Molina[3], Beatus ille surgió teóricamente de dos bases de inspiración narrativa: Josep Torres Campalans, biografía falsa del pintor catalán cubista, escrita por Max Aub, y Los papeles de Aspern de Henry James. También Beatus ille es la historia olvidada de un escritor republicano y vanguardista de la generación del 27, Jacinto Solana. Como dice el profesor Latorre Madrid[4], “Muñoz Molina nos presenta a un personaje que está dentro de la categoría de mito, de héroe republicano, para atrapar al lector, representado en el personaje Minaya, y extraer una amarga e irónica verdad al final del libro: nada de lo que se ha dicho sobre este personaje resulta ser verdad, todo era pura apariencia. Solana no llegó a ser nunca el héroe que todos pensábamos cuando leemos el libro, por tanto, todo es un engaño. Con este descubrimiento final, Muñoz Molina nos está advirtiendo sobre los peligros que plantea el mundo actual: nada es lo que parece, no existe una verdad Absoluta, todo es relativo”. Gracias a la horma de la novela policíaca que recorrerá sus siguientes novelas, Muñoz Molina introduce al lector en un “ambiente cerrrado, por el que es atraído poco a poco, en el que llega a detectar la existencia de un crimen ocultado durante mucho tiempo”[5]. Este crimen es investigado por el estudiante Minaya mientras intenta recobrar la memoria de un escritor olvidado de la generación del 27. La investigación se entrelaza con su propia vida y con la del escritor Solana, así como los sucesos de la casa de su tío Manuel y el asesinato de su esposa la misma noche de bodas. Pero también la novela intentará descubrir quién es el asesino de Solana y su padre.

El invierno en Lisboa es un excelso homenaje al cine negro americano y al mundo del jazz. Desarrolla la historia de Santiago Biralbo, un pianista que se enamora de Lucrecia, casada con Malcom, quien, junto con Morton, persiguen a Lucrecia que les ha robado una pintura de Cézanne. La historia de Biralbo y Lucrecia junto a la del robo de la obra de arte y la espectacular historia de Billy Shwan se imbrican en el libro de tal forma que el tiempo adquiere una densidad enorme y endiablada saltando del presente al pasado y creando una historia apasionante, con un ritmo enérgico y vigoroso. Es una novela de espacios interiores (como en Bergman) en la que la presencia del cine y sus múltiples planos se ensamblan a través de los emblemas que serían los componentes de una supuesta posmodernidad. Los elementos de esta novela, sus semejanzas y trucos con lo negro-jazzístico, sus arquetipos deben tanto a este cine y a esta música que sin ellos no existirían, pero en esta envolvente novela que, a veces, da la sensación de nebulosa donde el lector y los propios personajes andan perdidos, lo trascendental, como dijo Gullón[6] es la palabra que “verdaderamente alumbra, traduce e inventa; quien se impone al receptor como lo más personal y valioso de la invención”. Aquí radica la diferencia fundamental con la novela negra americana, creada por tenues recursos lingüísticos, por una pobreza de léxico compulsiva y por una insulsez de estilo manifiesto, más atenta a la reverberación de la acción y la trama, pero nunca un homenaje al estilo literario, como es esta novela de Muñoz Molina.

En el Epílogo a la novela Beltenebros[7], que lleva por título: “Epílogo y Arqueología de un libro”, el propio autor nos descubre los prolegómenos de la novela, el pretexto: “Lo único que yo puedo contar sobre esta novela (...) es aquello que no fue escrito, lo que había antes y detrás del acto de escribir: unas pocas imágenes involuntarias, una fotografía, unas palabras que leí por casualidad en un libro” (p.267). Más adelante, pormenoriza, identifica y concreta esas “imágenes involuntarias”: un viaje a Florencia –esta ciudad aparece por primera vez en la novela en el capítulo I, página quince-, una foto de Julián Grimau –podemos entender que en la novela es Darman-, las novelas de Edward Goodman, un escritor de novelas de alquiler –en la obra estarían escritas por Rebeca Osorio –madre-, una película de Boris Karloff (más adelante profundizaremos en la importancia del cine en su obra), un pequeño titular en la esquina de un periódico, el recuerdo de dos cines de su infancia, un poema de Justo Navarro, un libro de Gregorio Morán acerca del Partido Comunista, la soledad en los pasillos de los aeropuertos y el nombre de Beltenebros, que aparece en el Quijote.

Todas las sensaciones a las que se refiere Muñoz Molina, nacidas tras la pulsión de la inmediatez de los objetos, las cosas y las personas, no crean evidentemente una novela, pero son el cemento que une, el basamento, la sustancia que provoca la efervescencia arquitectónica del edificio narrativo. Está estructurada en dieciocho capítulos. Desde la primera línea el escritor crea el suspense (instrumento vital de la novela negra, subgénero al que pertenece ésta): “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”. Ese misterio que se va creando se conforma con las alusiones a la vida secreta del futuro asesinado, los nombres falsos. Un elemento clave en todo el desarrollo posterior de la novela es la función metaliteraria, a través de la introducción de la literatura dentro de la literatura, en concreto el interés hacia las novelas sentimentales que leía el futuro asesinado. El juego con el tiempo es fundamental en su narrativa y, a veces, punto de confusión para determinados lectores que se pierden en las continuas analepsis y prolepsis. De modo que en muchas ocasiones el tiempo real del relato deviene una nebulosa, como algunas de sus novelas. Y, efectivamente, el organigrama o el edificio narrativo presenta ese carácter de circularidad, de círculos concéntricos que giran en torno a un punto, el Universal Cinema, sin embargo, no cabe duda de que el tiempo de la narración es uno de los elementos más significativos de la obra. Existiría el tiempo de la narración, el tiempo de la evocación y el flash-back o analepsis.

Tal vez resida el mayor mérito de El jinete polaco (1991) en la rememoración de la subjetividad masculina, ligada al cuerpo y al afecto, que explora minuciosamente las vergüenzas y las humillaciones de la adolescencia de un joven lúcido y desplazado, que ha huido a Madrid. Tal exploración se extiende al entorno familiar y a la vida de la ciudad de provincias, y se convierte en un estudio valioso del Bildungsroman de la nación española, sus cambios sociopolíticos, desarrollo turístico, llegada de la tecnología (estufas de butano y tele en blanco y negro), y diferencias de los gustos generacionales (el vestido, la música, el amor). En el proceso, Muñoz Molina ha creado una historia, de escritura brillante y rara sentimentalidad. Pero también esta novela es un encuentro con sus propias raíces, con la memoria y con los territorios de la infancia que llegan una y otra vez en forma de situaciones e historietas envolventes como la del cuerpo emparedado o la del retratista. En todo este proceso de conformación de la memoria se van ampliando los encuentros con el sentimiento que ha creado el paso del tiempo, trascendente en todo este proceso narrativo y el débito a las gentes, a las historias y a los mitos de su ciudad natal.

La trama de Plenilunio (1997) gira alrededor de un inspector de policía obsesionado con resolver el asesinato de una niña. Los personajes son todos personas comunes y corrientes. Incluso el asesino es exactamente lo que se puede esperar de una persona capaz de matar a una niña. Como el inspector no quiere saber mucho de sí mismo, tampoco nosotros lo podemos conocer muy bien; sabemos que cree que va a poder encontrar al asesino por sus ojos, por su mirada. La historia del inspector, que intenta rehacer su vida, correrá pareja a la historia sentimental, su enamoramiento, y la investigación sobre el asesinato. Pero sobre todo es la historia de los perdedores, a la que es bastante fiel Muñoz Molina, la de seres que han perdido la brújula de sus respectivas existencias.

Dice en el prólogo Muñoz Molina que la novela Carlota Fainberg acaba muy pronto. Mas habría que precisar que no es la novela la que finaliza pronto sino Carlota Fainberg, el personaje. Las mujeres del escritor ubetense, igual que le sucede a las de Antonio Soler, siempre son misteriosas, intrincadas, complejas, inabarcables, espejismos en el desierto urbano. Es de suponer que debería decir que lo mejor de la novela es, por tanto, el desarrollo psicológico de Carlota Fainberg (C.F.) en las páginas centrales, pero en realidad son los sutiles hilos de los que se sustenta, la capacidad de transmitir una visión alucinatoria, la ingravidez que provoca su aparición en el relato, los elementos que permiten descubrir la bondad de su narrativa, el hechizo al que somete el narrador al lector. Carlota Fainberg es un personaje fascinante, vampiro, histérico, mágico (¿la maga de Cortázar?), sólo entreverado gracias a la sutileza estilística de Muñoz Molina. No podemos decir lo mismo del resto de la novela, que fuera del magistral personaje, más parece un barquichuelo de pesca a la deriva en el mar del estilo.
Sefarad es un peregrinación y exploración de los demonios más profundos del siglo XX que trajeron como consecuencia una de las mayores represiones de la historia: la del nazismo, también la del estalinismo. Pero hablaríamos de una parte de la novela, y no del todo, si nos quedáramos en este comentario simplista. Sefarad es bastante más: la memoria de Muñoz Molina, que se convierte en personaje evocado en primera persona, en la época en que trabajaba como administrativo en el Ayuntamiento de Granada o ya escritor famoso dando conferencias en Göttinga, Praga o Estados Unidos. Pero también la historia de su pueblo, Úbeda, y la historia de Madrid, sus arrabales, sus ruidos, sus encuentros y desencuentros. Por eso Sefarad es una novela (no de novelas como anuncia la contraportada) sino de contrastes y complementos. Una novela de personajes que adquieren un alto valor simbólico y, en cierto modo, resonancias épicas, vidas personales en el magma denso de un siglo de sometimiento ya fenecido, y también novela memorial sobre la propia vida del escritor Muñoz Molina, pura ficción metaliteraria. Se iría de lo particular a lo general creando una malla consistente de mundos personales que trascienden sus propias vivencias. Contrastes entre la ciudad y el pueblo, entre el presente y el pasado, entre la represión y la libertad, entre el yo y el ellos. Novela de exilios interiores y exteriores, en la que tan importante es la historia de un zapatero y una monja como la persecución de Münzenberg o el deceso de Lévi. En la que se mezcla lo autobiográfico con lo referencial histórico sobre el que el escritor –como advierte en la Nota de lecturas del final- se ha empapado en libros como El fin de la inocencia de Stephen Koch, El pasado de una ilusión de François Furet, The invisible writing de Arthur Koestler, las Cartas a Milena de Kafka, etc. Apoyatura bibliográfica que, a veces, no está suficientemente digerida en el texto, y da la sensación de que el escritor se ha dedicado a hacer un resumen u ofrecernos el cortar y pegar. Pero, al fin y al cabo, literatura dentro de la literatura le ha servido a Muñoz Molina, no sólo para construir un discurso metaliterario, sino un discurso histórico con profundas resonancias épicas.






El pasado y el presente van y vienen a través de la prolepsis y la analepsis sin solución de continuidad, perfectamente integrados, creando entre los diversos capítulos una serie de vasos comunicantes estructurales que intentan evitar técnicamente el riesgo más evidente de esta novela: el fragmentarismo o la construcción de parcelas independientes sólo unidas por un espíritu secular. El empleo de la primera, la segunda y la tercera personas narrativas, es un instrumento de primer orden para organizar ese magma narrativo de derribo, ese conjunto de historias que son las piezas del puzzle en que se convierte esta novela. Novela-río en la que Muñoz Molina demuestra una vez más el dominio de la técnica novelesca y su compromiso con la libertad personal, su crítica a la sinrazón y la persecución y el muestrario de los demonios personales.
Vídeos de Muñoz Molina

[1] Toro, A. de y Scheerer, T. (1995): La novela actual española. Autores y tendencias. Kassel: Ed. Reichenberger, p. 235.
[2] Muñoz Molina, A. (1993): La realidad de la ficción. Sevilla: Renacimiento, p. 242.
[3] Muñoz Molina, A. (1998): “Destierro y destiempo de Max Aub”, en Pura alegría, Madrid: Alfaguara, p. 100.
[4] Latorre Madrid, M.A. (2003): La narrativa de Antonio Muñoz Molina. Beatus ille como metanovela, Málaga: Universidad de Málaga, p. 15.
[5] Martinón, M. (1995). “Género y narrador en Beatus ille de Antonio Muñoz Molina”, en Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, nº 14, p. 88.
[6] Gullón, R. (1994): La novela española contemporánea. Madrid: Alianza Editorial, p. 324.
[7] (1ª ed. Seix Barral, 1989), Círculo de Lectores, Barcelona, 1990.

viernes, 4 de julio de 2008

TRES NOVELAS DE ANTONIO OREJUDO por Morales Lomas




ANTONIO OREJUDO, madrileño, y profesor en la Universidad de Almería pertenece a la última hornada de novelistas y con sus tres novelas ha comenzado a ser considerado como uno de los grandes descubrimientos de finales del XX y comienzos del XXI.
Ha publicado tres obras: Fabulosas narraciones por historias (1996), que obtuvo el premio Tigre Juan, Ventajas de viajar en tren (2000), muy bien acogido por la crítica, Premio Andalucía, y Reconstrucción (2005). Sobre todo su segunda obra motivó que se hablara con mucha frecuencia sobre él y se le reconocieran una serie de valores literarios.
Fabulosas narraciones por historias (1996) fue saludado con interés por la crítica. Se destacaba su diversión y entretenimiento así como la apuesta por la iconoclastia, la sátira más que la historia narrativa y el humor brutal y disparatado; aunque se le reprochaban sus excesos: mucho diálogo, mucho discurso y aluvión general. Desarrolla la historia de tres amigos: Patricio, el escritor que desea fervientemente publicar su novela; el pueblerino Santos, enamorado de la pornografía y las mujeres entraditas en años, y el sobrino de Azorín, Martiniano. Los tres viven en la Residencia de Estudiantes en el período más interesante de ésta, cuando se encuentran los Lorca, Dalí, etc. Allí, como si se tratara de un colegio mayor de niños-bien, viven la algarabía de los años veinte en Madrid: sabotajes de conferencias, enfrentamientos con otros grupos de estudiantes, novatadas, tertulias de la época..., creando como una especie de complot y no siendo conscientes de que ponen en peligro la creación del 27. En la obra aparecen escritores y personajes históricos muy conocidos de la época (Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, José Moreno Villa, José Antonio Primo de Rivera...) de los que se ofrece bastante fiabilidad y sobre los que ironiza constantemente, y a los que irreverencia con denuedo: por ejemplo, de Lorca dice que era culón y de piernas cortas...
Orejudo logra crear una narración perspicaz y sutil, asistida formalmente por técnicas diversas: descripciones esperpénticas, recursos a la novela sentimental disfrazada o a la histórica deformada, notas de periódico, cartas a diarios pornográficos de la época, citas de memorias (reales y falsas, aunque esta distinción no existe como ya se verá) y la tradicional narración omnisciente en tercera persona. Juan Murillo[1] dice “No hay duda, la novela es valiente, en varios sentidos. Orejudo no tiene problema en desmitificar e incluso vilipendiar a todos los grandes intelectuales de España. Para que un escritor haga eso en España, siendo español, hay que ser temerario, ya está visto que lo que a uno lo hace reír al siguiente lo hace rabiar. Pero además de correrse el riesgo de indignar a los espíritus almidonados que no se saben reír, Orejudo decide meterse de vez en cuando con el resto de los mortales. Se siente en ese momento una temeridad casi suicida donde pareciéramos ver al autor acercarse al borde del precipicio y quedarse ahí meditando si sería capaz de saltar (...) Una novela inteligente pero también divertida. Ha escrito una novela que satisfará igualmente al que busque reírse con una narración divertida y fabulosa y al que busque el trasfondo filosófico de esta”.Y Rafael Conte añadía: “Singular apuesta en la que el disparate roza la locura, el terrorismo se convierte en crítica literaria, el sexo atenta contra todos los amores, y el canibalismo final disfrazado de gastronomía no es sino la imagen metafórica de una guerra fratricida y total, de la que hasta el autor, que ni siquiera la ha rozado, parece disculparse al decir que su libro es ”[2].

Ventajas de viajar en tren es una novela irónica y frenética que muestra, como decía Domene[3], la relación entre la locura y la escritura, las desviaciones sexuales y la hipocresía. Es una historia de historias donde el psiquiatra protagonista defiende desde el principio que la escritura es la mejor terapia contra la esquizofrenia. Desarrolla la historia de una mujer que ingresa a su marido en un hospital psiquiátrico cuando descubre que es coprófago. En el viaje de vuelta en tren, Helga Pato, la mujer, conoce a Ángel Sanagustín, psiquiatra del hospital donde está ingresado su marido. Este encuentro le servirá para conocer múltiples historias y voces que se cruzan en las que aparecen mundos insólitos, pero reales, con conspiraciones literarias y gubernamentales, pornografía, tráfico de drogas y órganos, perversiones sexuales, inmigrantes. Todo un cóctel de la realidad que exige un conjunto de conocimientos profundos y una previa labor de indagación y búsqueda documental de información, un poco en la línea también de los narradores decimonónicos, pues se deben imbuir de unos extensos conocimientos que forman base esencial de la intriga. Sobre el proceso de creación de esta obra decía el autor: “Uno no sabe cómo concibe una novela. En mi caso, que tengo un modo caótico de trabajar, rescribiendo la novela una y otra vez, recordar cuál fue la idea inicial es una tarea poco menos que imposible. Sí recuerdo que quería hacer una novela con muchas voces entremezcladas, muchas historias cruzándose y contaminándose. De hecho, la primera versión de la novela se titulaba Selva. En la versión final se han eliminado muchos personajes, voces e historias. El resultado, como en mi novela anterior, es una narración que provoca incertidumbre”[4]
En este sentido hay que decir que se adentra en la realidad, pero también su narrativa es una síntesis entre la tradición y la posmodernidad teniendo a Cervantes como guía. En este sentido Juan Antonio López Rivera[5] ha relacionado su obra con la de Cervantes (aunque ya de hecho el propio autor había hablado de ello en algunas entrevistas, como cuando decía “el rechazo de toda trascendencia en la escritura es otra de las actitudes que he aprendido de Cervantes, y que está presente en la mayoría de los escritores que admiro”[6]) y ha destacado cuatro componentes esenciales:
a) El conflicto realidad/ficción: Ventajas de viajar en tren presenta una historia donde la realidad y la ficción se entrecruzan y confunden constantemente.
b) Metaliteratura: Ventajas de viajar en tren comienza de la siguiente manera: “Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda...”
c) ¿Novela o conjunto de relatos?: Ventajas de viajar en tren puede leerse como una novela o como un libro de relatos. En esto se relaciona con las dos “novelas ejemplares” más populares de Cervantes, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros.
d) Ruptura de la verosimilitud: Otro fuerte vínculo entre Cervantes y Orejudo es su poco apego a un elemento que tradicionalmente se ha considerado requisito imprescindible en todo texto de ficción: la verosimilitud.
También es una novela donde se pretende recorrer el ámbito de la cultura posmoderna y donde lo socialmente correcto e intelectual está muy lejos de la “basura” por la que somos invadidos.

Reconstrucción (2005) es ya una novela histórica ambientada en el siglo XVI, en la ciudad alemana de Münster, en un debate entre los seguidores de Roma y los partidarios de Lutero que van imponiendo sus condiciones. En esta geografía centroeuropea surge la figura de Bernd Rothemann, jefe de una revuelta contra la jerarquía católica, en el momento en que el obispo, maestro y amante se dispone a recibirlo para ser consagrado como sacerdote. Se trata, por tanto, de una obra que analiza las luchas de poder. Brend Rothmann durante su juventud defiende con fuerza inusitada sus ideas anabaptistas y a medida que cumple años sigue una nueva vida con otro nombre. Su seudónimo es Joachim Pfister. Estas dos vidas, como dice, Álvaro Colomer[7] (una como reformista y otra como tipógrafo) “sirven de ejemplo para entender cuáles fueron los dos hechos más importantes de la época: el desgaste de la Iglesia católica y la culturización del pueblo gracias a las imprentas. Estos dos elementos marcaron la aparición de nuevas interpretaciones bíblicas y, por tanto, la división de los cristianos en distintos grupos (a veces sectas). De alguna forma, lo que narra esta novela es lo que resumen estas líneas: ‘La actual división de la cristiandad es la consecuencia de no haber querido o de no haber sabido adaptarse a los nuevos tiempos’ (p. 97)”. La novela, como en sus obras anteriores, es una reconstrucción de un periodo en su existencia, pero también de un desengaño. Orejudo sigue en las tres novelas una técnica bastante similar: la conformación de sus historias desde materiales diversos son reconstrucciones arquitectónicas. En este caso la novela va dando saltos de un lugar a otro (también lo hacía en Ventajas de viajar en tren y en su primera novela) con intención de mostrar una realidad plural y amplia. Tras afirmar la bonhomía de la novela, Rafael Conte[8] al respecto decía que “es curioso que utilizando los moldes trágicos de la novela histórica con absoluta corrección y fidelidad a prueba de bomba –aunque anacronismos y disparates vengan a minar tanto formalismo de manera sorda y disimulada- el fondo histórico sea dinamitado por la tremenda severidad de la historia contada, con lo que viene a dar la razón cuando afirmaba que (...) Quizá la respuesta de Orejudo sea la adecuada: verter en moldes viejos las fábulas de verdad, y darle la vuelta a esa hecatombe sombría de crímenes, canibalismos y violencias sin final y así manda a los dos últimos protagonistas (uno es el mismo del principio) por la calle de Miguel Servet con que le ha honrado Ginebra”.

[1] Murillo, Juan: “Fabulosas narraciones por historias, Antonio Orejudo” [en línea ] Dirección URL:<>. (Consultado el día 3 de mayo de 2008).
[2] Conte, R. (1997): “Fabulosas narraciones por historias” en ABC Cultural, nº 281, p. 11.
[3] Domene, P. M. (2001): “Terapia tranquila” en Cuadernos del Sur, núm. 687, p. 10.
[4] Gómez Espada, A. (2004): “Entrevista a Antonio Orejudo”, Revista Electrónica de Estudios Filológicos, núm. 7.
[5] López Rivera, J. A. (2006): “Una novela para el siglo XXI: Ventajas de viajar en tren de Antonio Orejudo” en Revista Electrónica de Estudios Filológicos, núm. 12.
[6] Gómez Espada, A. (2004): “Entrevista a Antonio Orejudo”, Revista Electrónica de Estudios Filológicos, núm. 7.
[7] Colomer, A. (2006): “Reconstrucción de Antonio Orejudo”, [en línea] Dirección URL:<>. (Consultado el día 13 de mayo de 2008).
[8] Conte, R. (2005): “Orejudo contra la historia” en Babelia, nº 689, p. 15.

jueves, 26 de junio de 2008

EL EXTRAÑO VUELO DE ANA RECUERDA por L. Espejo Requena





El extraño vuelo de Ana Recuerda (Alhulia, 2007) del escritor y profesor de la Universidad de Málaga F. Morales Lomas es una novela coral que reúne una gran cantidad de personajes bajo el marco geográfico de un pueblo de montaña aislado. Aunque la obra comienza con la historia de un asesinato, sin embargo, no es una historia policial ni es este el pretexto. El comienzo así lo puede indicar, pero no hay más lejos de la realidad. La obra tiene ese comienzo pero, posteriormente va por otros derroteros. Y aunque puede considerarse realista de modo básico, sin embargo, hay elementos con proyección simbólica y con una retórica que la aleja claramente del realismo al uso. Puede considerarse que forma parte de esa tradición de novelas densas en cuanto al número de personajes y a las historias múltiples que se cuentan, que forman una gran urdimbre, como si hubiera creado un mundo propio y nuevo.
Cártugos, el lugar donde se desarrolla la acción, podría considerarse un territorio creado a caso hecho por el autor con el que quiere jugar sus bazas narrativas tanto desde el punto de vista de la cohesión del texto como del valor simbólico y representativo del mismo. Quizá algunos han querido ver en este pueblo un símbolo del país. Puede ser. Lo que sí es cierto es que el lugar influye claramente en los personajes que están como aislados y sometidos a una dinámica de venganzas, odios y caminos cortados que pueden simbolizar la situación de aislamiento en el que viven. Por tanto, la geografía tiene una gran importancia en la creación de la obra.
Otro elemento son los personajes. Todos van buscando algo y todos van frustrando sus expectativas aunque al final de la obra deja entrever, de alguna forma, que la esperanza es lo último que se pierde y los personajes deben seguir como héroes agónicos intentando hacer lo que puedan. Aunque se desarrolla la historia de una maestra que abandona Málaga con intención de edificar una nueva vida, sin embargo, no lo conseguirá al final, aunque inicialmente sí lo parezca cuando se relacione con Pepe García. A partir de ese comienzo fulgurante, la novela nos lleva por unos derroteros en los que tiene una gran importancia la construcción de la sicología de los personajes y las descripciones que poseen un gran valor pictórico. A veces da la sensación como si fuera una novela cervantina porque unos personajes van ofreciendo el camino de otros y al final se forma como una enorme urdimbre en la que casi todos se conocen. En algunos casos, son personajes extraños a los que no les interesa la sociedad, personajes que huyen. En otras hay un fondo misterioso que les obliga a actuar, como si todo estuviera escrito ya o necesitaran seguir unas indicaciones que sólo ellos conocen. Es como si fueran muñecos que son movidos por el destino. Quizá pueda considerarse como una alegoría de España, como ha dicho el escritor en algunas declaraciones. Pero también como una novela de búsquedas y de estertores, muy lírica en determinados momentos, tierna en otros y lúbrica en determinadas escenas.
La novela está formada por cuatro capítulos extensos y un epílogo que resuelve la obra. Cada capítulo comienza con una situación diferente aunque pronto veremos que todos los personajes van y vienen, y van confluyendo en el mismo lugar. Existe aire misterioso, aire envolvente que juega un gran valor, así como una recreación en la invención que nos recuerda en determinados momentos a Macondo, esa gran invención de García Márquez. Sobre todo cuando llegan los del circo, como en Macondo llegaban los gitanos. Y también como en Cien años de soledad, existe una guerra. Pero en El extraño vuelo de Ana Recuerda es una especie de guerra que no se ve, pero existir, sin duda que existe. Las historias de María Andorra y Gerardo Moore el Seco son uno de los mayores aciertos del libro, así como la de Francisco Villena y Eusebio Cantigas que regresa de Barcelona para morir haciendo el amor, como así sucede al final. El sexo está muy presente en la obra pero también la construcción de los afectos, creando un mundo creíble y mágico que se adentra en una novela plural y rica. Una novela de resonancias clásicas, muy diferente a los productos que hoy día se publican. Con ella se profundiza en la existencia y se plantean permanentemente preguntas que sólo el lector puede responder.
Publicado en Papel Literario Digital el día 16/06/2008: http://www.darrax.es/papel-literario/

J.L. ACQUARONI BONMATÍ (1919-1983), PREMIO NACIONAL DE LITERATURA por Morales Lomas

http://sanlucarreconditaciudad.blogspot.com/2007/08/la-casa-de-copa-de-sombra-en-acquaroni_24.html


Se cumple un cuarto de siglo desde la muerte en 1983 de José Luis Acquaroni, un escritor que desgraciadamente ha quedado en el olvido. Nuestro último objetivo es la defensa del libro andaluz y por eso queremos hoy reivindicar la figura de este ilustre escritor.
Aunque no fue andaluz de nacimiento (sino madrileño, si bien sus padres sí lo eran: su padre, sanluqueño, y, su madre, de Puerto Real), José Luis Acquaroni es escritor andaluz en su producción literaria. Desde los dos años vivió en Sanlúcar de Barrameda, estudió Filosofía y Letras, y muy joven comenzó a colaborar en prensa escrita, Ayer o La Voz del Sur, del que llegó a ser director en 1951. Fue también director de la biblioteca de Sanlúcar y de la Colección Arqueológica. Cuando contaba alrededor de treinta años participó en el desarrollo del grupo Platero junto a Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald, Julio Mariscal o Carlos Edmundo de Ory, entre otros. Fue un escritor homenajeado en su época y recibió galardones importantes: Premio Camilo José Cela de relatos, Hucha de Oro, Ínsula, Ateneo de Madrid, Blasco Ibáñez y un largo etcétera, hasta llegar al Premio Nacional de Literatura que se le concedió en 1977.
La mayor parte de su producción literaria está centrada en el cuento, siendo uno de sus más importantes creadores entre los años cincuenta y setenta. Su obra se condensa en muchos relatos publicados en revistas de la época, la colección de cuentos Nuevas de este lugar (1965), las novelas cortas El cuchillo de la madrugada y Estado: Soltero, así como las novelas El Turbión (1967), A la hora del crepúsculo, y la mencionada Copa de sombra. También desde hace unos años algunos de sus cuentos fueron reunidos en Liturgias del fracaso (2002).
El reconocimiento del que gozó en vida se apagó de pronto desde su misma muerte. Un hecho al que no son ajenos muchos escritores. La explicación que ofrece de tal suceso José Jurado Morales (la persona que ha trabajado con mayor profundidad su obra) es 'su pensamiento político'. Cito textualmente: “Acquaroni es un conservador que pasa a un segundo plano con la llegada de la democracia, como Pemán, Panero o Vivanco (...) No obstante (amplía el profesor de la Universidad de Cádiz), pocos escritores defendieron como él la reconciliación de las dos Españas”.
Mi análisis tiene como objeto su obra Copa de sombra, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1977. Se ha dicho que es una de las mejores novelas sobre la guerra civil. No lo sé, mi osadía no llega a tanto. Pero puedo decir que es una excelente novela, al menos en su creación lingüística. Y lo es porque, como decía Valle-Inclán, en ella Acquaroni ha demostrado que es un escritor con un estilo y talento narrativos sobresalientes.
Lo primero que le llama la atención al lector es su preciosista uso del lenguaje, su detención en la palabra, el mimo con el que la trata y la simpatía que ofrece con ella, y su expresión cuidada hasta el mínimo detalle. Esto ha llevado a decir a algunos que es un creador de palabras más que un novelista. Como toda reducción o frase hecha puede caer en la simplicidad. Pero sí así fuera, ¿no sería digno de estar en la historia de la literatura por ser un creador de palabras, por dignificar la lengua española, por darle brillo y esplendor? Yo creo que sí. Hay algunos escritores a los que les gustaría estar por un verso. Sin embargo, a veces, se corre el riesgo de que el escritor, llevado del entusiasmo de la génesis verbal, de su intuición innovadora, se deje conducir por una locuacidad apremiante y neblinosa que invalide los procesos narrativos o la contingencia y organización que debe tener todo proceso creador en aras de que una pieza no desmerezca el resto de la orfebrería narrativa. Su prosa es dulce y densa, como esos perfumes que embriagan los sentidos y no es la incontinencia verbal para su pluma.
La fascinación por la palabra no le hace olvidar en Copa de sombra el martirio de nuestra guerra y las secuelas que conllevó a varias generaciones de la posguerra (Es más, hoy día algunos se empeñan en volver a regenerar el estigma o la llaga de la contienda, ¡pobres ilusos!). En Copa de sombra (de título tomado de un endecasílabo de A. Machado: “Con la copa de sombra bien colmada”) Acquaroni integra el narcisismo del héroe novelesco, los restos del naufragio vital y existencial, y el magma espeso y hediondo de la posguerra. Pero la del protagonista nace –como muy bien ha dicho Rof Carballo- de su antiheroicidad, de un instinto de autodestrucción, quizá como oda a la pusilanimidad. El meticuloso y previsor Abel Cipriano Eduardo Fortunato Adón, hijo del médico y director del hospital municipal de Humeros, es un antihéroe por su incapacidad para luchar contra la cesantía final, y descrito como galán maduro de mundaneidad cansada. Tiene “miedo a la vida y a su comburente natural que es la muerte. Porque no se vive sino en la medida que nos exponemos a morir”. Una persona, que como se afirma en la Séptima Jornada, desea “pasar sobre los baldosines de la vida apenas rozándolos levemente, para no desgastarlos”.
En él, en contra de lo que puede indicar su nombre unamuniano, no se delimita el espacio creador sino la vorágine destructora: Adón regresa a su pueblo, Puerto de Santa María de Humeros, para morir. Se acerca la fecha en la que padre y abuelo murieron, y él se apresta a morir igualmente. No es un héroe agónico en el sentido unamuniano, es decir, un héroe que lucha (De hecho, dice Acquaroni, “había querido alcanzar el orgasmo en el amor con el menor esfuerzo”), sino un antihéroe pusilánime que acepta su destrucción como individuo antes de que esta suceda (Luego veremos hacia el final una sorpresa que explica muchas cosas). Desde el principio sabemos que el final de la obra es el final de Abel Adón y el desarrollo no es sino siete jornadas en su vida con el monólogo interior presidiendo el envite a la vez que se alterna con la tercera persona. Monólogo interior como en el Ulysses de Joyce, del que es deudor.
En el prólogo nos dice Acquaroni que nadie había rezado un padrenuestro por los muertos de la guerra y defiende el hecho incontrovertible de que sólo un bando fue el perdedor. Critica el estado de amnesia que siguió a la guerra civil y como honra a los caídos enumera una relación de los ejecutados en Puerto de Santa María de Humeros entre el 18 de julio de 1936 y el 4 de enero de 1937. Su compromiso político no cabe la menor duda.
Comienza el libro con estas palabras: “Abel acababa de entrar en la última semana del que debía de ser año de su muerte. Así parecía escrito en los códigos que soldaron su células o en las oscuras leyes de una como fatalidad heredada”. Esta aceptación de la muerte de corte senequista nace de una voluntad grabada antaño y de la idea de que todo aquel que toma “un fusil para matar se ejecuta un poco a sí mismo”. Pero también hay mucho de naturalidad ascética en ese beneplácito y en el simbolismo de la guerra y la posguerra. En cierto modo, se hace mártir, se niega como individuo porque difícilmente puede aceptar el entramado del pasado que lo ahoga. Sólo esta especie de puede resolver la degradación de una realidad atosigante que lo persigue permanentemente durante toda la obra.
Su ida hacia Puerto de Santa María de Humeros, en la costa y a ochenta kilómetros de Sevilla, en cierto modo origina la singladura hacia la regresión al claustro materno (madre que se convierte en todo un símbolo en la obra). Igual que Bloom en el Ulysses va contando lo que hace desde que se levanta, también Abel Adón. Su último encuentro con la secretaria Solange pero sobre todo la preocupación de no fenecer en el lecho que no fuese el propio. Una vida, la de Abel Adón, lineal, monorrítmica y regular que nos han dado y de la que somos ajenos. Por eso dirá en un momento determinado: “Vivir no es otra cosa que lanzar al aire partículas atomizadas de una como nube que somos, y que son las rachas del viento y la dirección de sus corrientes las que con su fricción nos producen, bien el encono y el desagrado, bien la caricia y el placer”. Una vida como ajena a la voluntad, en la que el fatum es una hipoteca de renta fija, aunque continuamente entreverada, junto al presente monótono, de pulsiones, imágenes, derrotas, fragmentos del pasado que nos ayudan a escribir o sobreescribir o reescribir la historia de una larga posguerra de desolación.
Abel llega a la casa que no veía desde hacía veinte años y encuentra a Benigno, el casero y sus dos hijas: María de la O y Pepita. La descripción sintética y sintagmática es uno de los puntos fuertes de Acquaroni, en unas cuantas líneas delimita perfectamente el lienzo y a la persona. Así resumirá la vida de Benigno: “Dos orgasmos, un manivelazo cada tres minutos, el seis doble uan vez a la semana, la puntualidad mensual en el pago de unos recibos para asegurarse el finis terrae…. Esto había sido la existencia de aquella alma de Dios. Y, a la postre, ya encanecido, el disgustazo de saber a una de sus hijas, de sus dos orgasmos, conducida ante la presencia del sargento de la guardia civil”. Sus aciertos en la creación lingüística son de gran altura estética y, en cierto modo, si se me permite, deudores de la mejor tradición metafórica. Cuando dice, por ejemplo, “cada empedrado es una intimidad de sol y recuerdos. Cada empedrado es una porosa piel, una crónica viva”.
La realidad y los recuerdos se van amasando en esa especie de catenaria de la posguerra. A medida que avanza la novela ese presente y ese pasado se aúnan con los personajes que sin solución de continuidad aparecen como en un gran tapiz. Así sucede en el encuentro con Bellony, que había quedado al servicio del duque al acabar la guerra. Lo que le da pie al escritor para hacer crítica social aunque sin profundizar mucho porque lo único que sabemos, como dirá, es que en la posguerra, “los pobres, desde luego, continuamos siendo pobres, y los ricos, más ricos”. Pero también residencia la explicación de la situación en que “los pobres y la clase media caíamos en la trampa de las exaltaciones patrióticas”.
Abel Adón, sin embargo, se halla entre los ganadores: “Estaba claro que no podíamos perder, éramos los eternos usufructuarios de la verdad, de la virtud, de lo benemérito, lo que nos permitía alzarnos en armas y ejecutar a tanto hereje desalmado”. Sin embargo, existe como una justificación y en su filosofía de vida Abel y Caín van de la mano, afirma que “el hombre es un animal al que todos los dolores engordan” y defiende la enantrodomia, aquel principio inaugurado por Heráclito, de que “todo camina hacia su contrario, etcétera. Quiero decir con ello que a qué viene el que yo me sienta ahora sólo víctima y no victimario también”. En definitiva, restaura el principio de que los caínes están entreverados de abeles y viceversa. Filosofía vital que pretende incidir en el gris como matiz de nuestras existencias y no en el blanco o en el negro.
Abel Adón nos habla con simpatía de las víctimas y con rencor de los victimarios, como Pedro Pedroche, un camisa azul, tabernero de señoritos falangistas y a la postre responsable de la muerte de una serie de personas: “Dicen que Pedro Pedroche, luego de dar la orden de ¡fuego! bajando la fusta del mango de plata, todavía se reservaba el privilegio de poner los puntos finales”. Nos habla desde el corazón, selecciona los restos de éste, porque “el corazón recuerda lo que el cerebro, más sonámbulo y sugestionado, no puede recordar”.
Aparece la tía Anastasia, Rosaespina y los lenocinios, Mate Olavarrieta, la madama, la tendencia de Abel Adón hacia el voyeurismo. Sus descripciones pueden considerarse de lo más acertado de la obra. Por ejemplo, cuando dice de Mate: “Pese a su rostro picado de viruelas, la Mate, natural de Ondárroa y traspalantada a la zaragatera sensualidad andaluza, había sido una mujer de buena planta, algo hombruna, pero que a su paso enhebraba las rijosas querencias de muchos ocupantes de las butacas del casino”. Aparece José López Chía, aguador y socialista ejecutado el 22 de agosto del 36, simplemente por pertenecer a las juventudes socialistas y critica con ironía esa cruzada inaugurada por el dictador, y en ese momento aparece un Abel Adón reivindicativo y crítico con esa terrible realidad: “Que no hay más santo lugar ni lugar más santo en toda la tierra, que el cuerpo y el espíritu del más anónimo de los mortales, del más humilde de los aguadores, y que nunca, nunca podrá permitirse la cruz en el pecho de los que odian”. Una idea que se amplifica al pensar que el hombre ha sido creado también para el rencor, para ser el Caín del que se alimenta.
Los recuerdos de la escuela aparecen en la Quinta Jornada como una especie de memento de una época y el profesor que tanta afabilidad y denuedo ponía en sus alumnos: “Me hurgaba –dice Acquaroni- delicadamente en mi escroto y mi miembro impúber, metiéndome por el pernil la regordeta mano, y uno ignoraba las razones de aquella querencia de la regordeta mano del fraile, tan amanerada al manejar la tiza”. De otro profesor, igualmente de sotana, dice: “Me atizó una bestial paliza porque me oyó decir en clase, sotovoz al compañero de pupitre, me oyó decir cojón en vez de cajón”.
Surge el recuerdo de su padre y la familia, las conversaciones con el psquiatra, y viene a la memoria Francisco Gaitán Moreno, otro asesinado, o el confidente Mauro, al que se referirá en la Sexta Jornada, también a Pablo Repetto Rey, a don Manuel, el profesor krausista en el Instituto. Porque el Puerto de Santa María de Humeros es, en cierto sentido, un lugar para la muerte, es el Celama de José Luis Acquaroni. Sólo aparecen muertos y los vivos apenas si poseen entidad cierta. Y la muerte por momentos forma parte de modo esperpéntico cuando nos refiere la escena en la que el ataúd de su madre no entraba en el cañón del nicho: “Los dos sepultureros sudaban. El agente de pompas fúnebres sudaba. Abel, a un mismo tiempo, transpiraba y sentía frío. Quizá por hurtar la mirada a aquel roer de ratas a que estaba siendo sometido el féretro con los restos de su madre, se puso a recorrer de nuevo con la vista los alineados mármoles de sus tataradeudos”. Y la muerte también se va adueñando del final de la obra cuando acude con una descendiente de la Rosaespina del prostíbulo al cementerio, en una escena macabra que tiene mucho de El verdugo de Berlanga y esa tradición elegíaco-festiva de la literatura española desde Quevedo.
Lejos de ser entendida como un culto a la muerte, sí debe entenderse como una normalización de esta porque Acquaroni no cree en absoluto en el ser humano del que dice cosas tan terribles como esta: “No en balde es el hombre el más carroñero de los animales. Ya que en cuanto tiene uso de razón, y quizá antes, vive atento al olisqueo de su propia fetidez (…) Sí, el hombre es el más carroñero de los animales. El que más vive de la muerte. Porque, ¿es que no son las muertes de los demás las que, meintras se pueden ir recontando, van dándole la certeza de su propia vida? Engordamos nuestra vida con los despojos de los que mueren, los epitafios de los que mueren. Porque al contrario que los animales, vivimos con los sentimientos y no con los sentidos. Y como la vida la reconoce casi únciamente a través de la angustia de perderla, vivir es para el hombre, necesariamente, angustiarse: esa fermentación que, como los vinos, nos aneja”.
Una obra digna ganadora en el 77 del Premio Nacional de Literatura y que hoy día por sus valores estéticos y éticos debería seguir siendo leída con afecto por las generaciones venideras.


(También publicado el 22/06/2008) en http://www.darrax.es/papel-literario/)






domingo, 15 de junio de 2008

MUERTE DE UN AMIGO: JUAN MANUEL GONZÁLEZ



El muy querido amigo, JUAN MANUEL GONZÁLEZ, poeta, narrador, ensayista y periodista madrileño, miembro de la JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN ANDALUZA DE ESCRITORES Y CRÍTICOS LITERARIOS-CRÍTICOS DEL SUR ha muerto en Madrid. Según informaciones extraoficiales (y por confirmar definitivamente) la causa de la muerte podría haber sido el suicidio causado por un disparo. La imagen de Larra se repite una vez más. Desde hacía varios años sufría una honda depresión. Las depresiones pueden hacer que una pistola sea sólo el índice que nos señala la eternidad. Acaso el réquiem para olvidar la gloria mundana y el sol de mediodía.


En el mes de febrero, fiel a su cita de Arcos de la Frontera, Juan Manuel González participó como jurado en el Premio Andalucía de la Crítica, del que formaba parte desde su fundación. Entonces, mientras subíamos parsimoniosamente las empinadas rampas de Arcos, lo veía lejano, distante, profundamente triste, profundamente melancólico. Me confesaba que no veía sentido en la existencia, que no le hacía ilusión nada, que las cosas no cambiarían. Como en el personaje del cuento de Fernández Santos, "Cabeza rapada", yo trataba de animarlo, intentaba mostrarle el mundo. Pero él no hacía caso al mundo. Él ya no estaba en este mundo; quizá él habitaba ya el otro mundo.


Juanma, como le llamábamos los más cercanos, era un tipo literario. Lo decía su formación germana, bretona e irlandesa, de cuyas literaturas era un profundo conocedor. Lo decía su cachimba que llevaba casi siempre en la mano derecha como un resorte al que amarrarse, como ahora se ha desamarrado con una bala, con una bala que nos reduce a sueño y eleva nuestra memoria yacente. Lo decía también aquel pijama generoso con la literatura -cual don Quijote- con borla y amplitud de calzas, que se embutía cuando iba a dormir como si fuera un nuevo mago, un nuevo espíritu que se adentrara en el sueño con ropajes antiguos. Juanma tenía una mirada inteligente, escrutadora, y unos labios finos y enigmáticos, hechos para la ironía inglesa. Les confieso que le tenía un profundo afecto a Juanma. Era de mi misma generación y compartíamos gustos, sueños, aficiones y amigos. Me causa un profundo dolor su muerte.


Hace unas semanas estuve hablando con él por teléfono para pedirle dos ensayos breves sobre Antonio Prieto y Juan Eslava Galán; el primero llegó pero el segundo no ha llegado; y jamás lo hará. El sábado 3 de mayo de 2008 yo publicaba en el suplemento de libros del diario La Opinión de Málaga una recensión sobre su libro "Tras la luz poniente"(Visor, 2007), ganador del Premio Jaime Gil de Biedma y última obra literaria que ha publicado.
Juan Manuel González, como el también amigo José María Bernáldez (muerto en Sevilla y miembro del Jurado de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios), han fallecido con una diferencia de dos meses. Es una gran pérdida para el mundo literario, y también una gran pérdida para los sentimientos, para los afectos, que quedan huérfanos de su palabra y su ternura. Pero también es una pérdida terrible para la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios en la que ellos creían profundamente.


Descansen en paz.




Con los fallecidos José María Bernáldez y Juanma González (su eterna cachimba en mano) algunos miembros del Premio Andalucía de la Crítica




ALGUNOS ENLACES CON BUSCADORES Y PERIÓDICOS ESPAÑOLES QUE DAN LA NOTICIA:



http://actualidad.terra.es/cultura/articulo/muere-juan-manuel-gonzalez-2549309.htm

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/06/15/obituarios/1213521873.html

http://es.noticias.yahoo.com/efe/20080614/ten-muere-el-escritor-y-periodista-juan-bbad18b.html

http://www.eldiadecordoba.es/article/ocio/155601/escritor/y/periodista/madrileno/juan/manuel/gonzalez/muere/los/anos.html

http://www.diariometro.es/es/article/efe/2008/06/14/576120/index.xml



NOTA DE PRENSA DE LA AGENCIA EFE


EFE
MADRID.- El escritor y periodista Juan Manuel González murió el 14 de junio en Madrid a los 53 años. Vinculado a la Agencia Efe desde el año 1980, en la actualidad era miembro de la Fundación del Español Urgente (Fundéu) y profesor de Literatura en la Universidad de Valladolid, campus de Segovia.
Poeta, novelista y crítico literario, contaba con numerosos galardones, algunos importantes de poesía como el Jaime Gil de Biedma que ganó en 2007 por su poemario 'Tras la luz de poniente', el Rafael Alberti y el Premio Angel Riesco de León por 'Madrigal de ausencia' de 1998.
Con 'La llama del brezo', Premio de Poesía Ateneo de Sevilla en 2002, completó el segundo ciclo de su labor poética, dedicado al amor y la muerte e integrado por los volúmenes 'En el filo de la sangre' y 'Luces inciertas' en torno a la guerra de Cuba, por el que fue galardonado en 1998 con el premio Rafael Alberti.
Su poesía reunida apareció en 2004 en una edición crítica e íntegra con el título de 'Hacia el alba de nieve'. Contaba también, con el Premio Ojo Crítico de Narrativa que obtuvo en 1993 por 'Cuaderno de combate azul', con el premio de crítica Atlántida de Cataluña y el Internacional de Ensayo SIAL, entre otros.
Juan Manuel González nació el 6 de septiembre de 1954 en Madrid. Licenciado en Ciencias de la Información y en Sociología por la Universidad Complutense, empezó a trabajar en 1975 para la revista 'Vida Mundial' de Lisboa, y luego para una emisora de Múnich, el periódico británico 'Morning Star' y en 1978 para la revista 'Tribuna'.
En 1980 se incorporó al servicio internacional de la Agencia Efe, medio donde en el 87 se encargó de la información literaria. Doctor en Filología de la Complutense, era especialista en literaturas germánicas y célticas, y en autores del modernismo español y portugués, y ha traducido autores como Miguel Torga.
Fundador de la revista literaria 'El Güizaro' (1980-1985), fue columnista de 'La Voz de Galicia' y 'El Norte de Castilla', crítico literario en los suplementos de EL MUNDO y 'El Sol', entre otros diarios nacionales y en publicaciones especializadas.
Su libro de prosa poética 'Vírgenes, masones y visionarios. Rutas iniciáticas y ocultistas', fue el último publicado hace apenas un par de meses.
Ha escrito novelas como 'Fuego sobre las olas' o 'El sol de octubre'; relatos como 'Umbrías y litorales' y 'Viajes antiguos' y los ensayos 'Signos sobre la ceniza", 'El viento entre los juncos', 'La nieve en el espejo' y 'Del modernismo y el 98 al tradicionalismo y la guerra civil: el viaje literario de Ricardo León'.
Ha sido incluido en antologías de narrativa como 'La nostalgia del mar', y de poesía, 'Millenium', 'Poesía ultimísima' y 'Poesía española 1975-2001'.

domingo, 1 de junio de 2008

NARRATIVA ÚLTIMA DE MORALES LOMAS por R. Jiménez Ruce








El extraño vuelo de Ana Recuerda (Alhulia, 2007) es la última novela de F.
Morales Lomas. Un escritor más conocido en el ámbito de la poesía pero que ha
escrito dos libros de cuentos y tres novelas, además de otros cuentos en diversas revistas, etc.
En esta novela desarrolla la historia de una maestra que abandona Málaga y se refugia en un lugar olvidado y aislado de la geografía española, que, por las indicaciones del autor, parece estar en La Alpujarra, para iniciar una nueva vida. Sin embargo, el aislamiento, y ese pretendido paraíso de soledad al que llega pronto se va a convertir en una pesadilla. Simbólicamente el día que llega se ha producido un accidente o un crimen en una cacería. Unos supuestos amigos que están cazando son los responsables. Poco a poco nos va introduciendo en una novela en la que se pueden observar rasgos propiamente españoles pero de otra época, una época de aislamiento, venganzas y rencillas, una época de muerte. En algunos casos, son personajes extraños a los que no les interesa la sociedad, individuos perseguidos por las leyes, individuos que huyen. Alguien ha querido ver en la historia una especie de alegoría de España. Puede ser, pero yo me quedaría con una visión diferente: la búsqueda de la felicidad. Ana quiere buscar la felicidad, bucea en ella pero finalmente no la consigue y anda hacia el final de la novela en permanente búsqueda, pero hay una esperanza que no fallece nunca a pesar de todo ese vano intento se pierde cada vez más. Suele poner en marcha una esperanza cotidiana en la que confía más que en cualquier providencia infalible. Una esperanza que funciona sola y que le mantiene satisfecha.
Con El extraño vuelo de Ana Recuerda, a través de sus casi cuatrocientas páginas, Morales Lomas ha creado múltiples personajes que van organizando el mundo en el que ha ubicado a Ana Recuerda, en cuyo nombre también hay valores simbólicos. Son personajes que también buscan algo, unos lo consiguen; otros no. Y, en el marco, el paisaje, el aislamiento de los personajes que despliegan sus vidas casi en absoluta soledad. Y para construir esa parábola crea un lugar mítico, un territorio literario creado ex profeso: Cártugos.
En El extraño vuelo de Ana Recuerda, en cierto modo, está profundizando en la existencia, está creando una novela densa, plural, rica en sus caracteres, sorprendente, como sucede, por ejemplo, con el gitano Barrancos, que va anunciando lo que sucede en el pueblo y va cantando lo sucedido como hacían los poetas de la antigüedad.

F. Morales Lomas: El extraño vuelo de Ana Recuerda, Ed. Alhulia, 2007, 388 págs.

La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano