MI VISIÓN SOBRE ANTONIO MACHADO
F. MORALES LOMAS
Hay poetas que
lo acompañan a uno durante toda la vida: Antonio Machado, César Vallejo,
Neruda, Quevedo, Garcilaso, Lorca, San Juan de la Cruz, Lope, Valle-Inclán… Y
hay poetas cuya coherencia vital y artística permiten recordarlos siempre. Desde
los dieciocho años conservo también de Machado un retrato enmarcado que me
acompaña desde entonces a pesar de los años transcurridos y los diversos
traslados de vivienda en los que siempre vas dejando por el camino objetos
inservibles e imágenes ajadas. La de Machado no.
Junto a Bécquer,
Fernando de Herrera, Lorca o, el otro gran poeta olvidado como bien dijo
Valle-Inclán, Espronceda, a Antonio Machado lo descubrí en la adolescencia
unido indefectiblemente a los estados de ánimo propios de ese momento. Gustaba
yo entonces de recorrer en bicicleta los caminos que conducían a las solitarias
alamedas cercanas a Fuente Vaqueros y allí me detenía a leer mientras pasaba
las horas en un dulce encuentro. Llevaba indefectiblemente junto al bocadillo y
algo de fruta unos libros en la mochila. Y en medio de aquella paz de los
árboles agitados por el viento, durante muchas primaveras y en los días menos
tórridos del verano, leía profusamente a Machado en aquella naturaleza que se
avivaba especialmente cuando a lo lejos contemplaba la grandiosa imagen de
Sierra Nevada. Arropado por las palabras de Machado y, a veces, también por las
de Lorca y ese espíritu que habitaba esas alamedas de su tierra chica.
Llegaba entonces
un Machado musical y sentimental, un Machado contemplativo que en el suave
ritmo de sus canciones se presentaba soñador, meditabundo… y se detenía en los
caminos de la tarde, en el campesino que regresaba del campo después de una
dura jornada o en la tenue melodía del agua que me circundaba en pequeños
arroyuelos a los que prestaba un coro perfecto el sonido multicolor de todo
tipo de pájaros que gorgoteaban enloquecidos. Había en esos momentos de
abandono, un Machado en comunión perfecta con la conmoción ensimismada y
platónica del adolescente, siempre propensa a los estados de ánimo melancólicos
y cambiantes, acaso hipocondríaco y taciturno o por momentos animoso y vivaz, pero
también a la templanza de las horas en su lento y monótono discurrir. Era uno
de los poetas en que mejor se concentraba el espíritu que habita en las cosas,
el ánima de las cosas. Machado humanizaba los elementos, los hacía formar parte
de nosotros como una especie de metafísica cercana, una metafísica de la
cotidianidad. Había una naturaleza que volvía a ese ser humana, que cantaba la
alegría de existir y daba las gracias por estar vivo.
Existía esa
visión de Machado de época y el responsable fue, sin duda, Manuel Alvar en
aquella magnífica edición de la Poesías completas de Machado que hizo
para la Editorial Espasa-Calpe. Sonaban las fuentes, los ríos, los espacios que
alcanzaban sus ojos, y los personajes que nacían para unificar la singladura
cordial de la existencia. Era fundamentalmente la poesía de sus primeros
libros, Canciones, galerías y otros poemas. Pero también era un Machado
que le hablaba a la mente, al alma… un Machado que dudaba, un Machado reflexivo
para el que la poesía era un “arma humanitaria”, un arma para alcanzar las
bondades de la existencia. También un instrumento lingüístico para expresar lo
inefable. Muchos Machados surgían entonces, un Machado seducido por la
existencia y los afectos, un Machado enamorado de una joven a la que llevaba
casi veinte años. Aquel Machado de a Orillas del Duero (que tanto comentaban
los profesores de entonces) que contemplaba la vida y se dejaba llevar por el
embeleso y los ruidos del mundo.
Luego llegó un
Machado más duro. Un Machado que denunciaba la impostura, la incoherencia del
castellano-español, su arrogancia… los males y las contradicciones del cainita.
Un Machado profundamente comprometido con el ser humano en su necedad, en su
sufrimiento y en su miseria. Un ser humano acobardado, violento y sucio. Al que
denuncia con virulencia y estupor. Machado era serio y comprometido.
Muchos años después,
y con motivo de este ensayo “Poética machadiana en tiempos convulsos” surgió
otro Machado más combativo, un Machado en la República y en Madrid, Valencia y
Barcelona, que percibía con inteligencia y sabiduría que las cosas iban mal e
irían a peor. Al mismo tiempo que un Machado que escribía lentamente su discurso de entrada
en la Academia, encumbrado en el éxito de su teatro, en el reconocimiento
popular y, de nuevo, aceptado por el amor, aquel amor que se reconstruía de
nuevo. Y germinaba entonces un Machado recóndito, que se plegaba como un
adolescente, como cualquier adolescente a los embelecos de la amada Pilar de
Valderrama (Guiomar) y, por un momento, sentía que el amor era un sueño que
renacía de las cenizas y se sentía alegre y satisfecho en medio de una
República mortecina. También un Machado cansado, enfermo en su adicción al
tabaco, que lucha, que defiende ideas, que se siente fuerte mentalmente para
evitar el mal que se avecina, y crea con tenacidad y vigor ese concepto de
intelectual comprometido hasta el final que une la ética a la estética con
ideas que son la base de la humanidad. Entonces queda el Machado como símbolo
en su Juan de Mairena, el Machado pensador y filósofo, el Machado
definitivamente construido para la posteridad como un referente de coherencia
en la vida y en la obra. Y sobre todo como emblema al que seguir.
