domingo, 19 de abril de 2009

ENTREGA DE LOS PREMIOS ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA Y HOMENAJE AL ESCRITOR MANUEL URBANO



(BAEZA, 24 DE ABRIL 2009)

El día 24 de abril de 2009, a las 13 h., en la sede de la Universidad Internacional de Andalucía de Baeza (Jaén) se han entregado los Premios Andalucía de la Crítica y se ha rendido Homenaje al escritor giennense Manuel Urbano Pérez Ortega en un acto organizado por la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y en la que han colaborado el Excmo. Ayuntamiento de Baeza (Jaén) y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Los premiados este año han sido en la modalidad de narrativa el narrador, poeta y profesor Fernando de Villena, con la obra “El testigo de los tiempos” (Ed. Quadrivium); y en poesía, el catedrático de la Universidad de Granada, poeta y ensayista, Luis García Montero, con la obra “Vista cansada” (Ed. Visor).
Al acto ha asistido Julio Neira, en representación de la Consejera de Cultura, y el alcalde de Baeza, Leocadio Marín, además de los galardonados y los representantes de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios.
La defensa de las obras ganadoras la llevan a cabo los críticos y escritores siguientes: en la modalidad de narrativa, Miguel Chaparro, periodista de “Al Sur” de Canal Sur de Andalucía; y en la modalidad de poesía, la vicepresidenta de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios, Rosa Díaz. A los ganadores se les entrega una escultura de la escultora jerezana Indra Ruiz Moreno.




La defensa del escritor homenajeado, Manuel Urbano, la lleva a cabo Antonio Hernández, presidente de honor de la Asociación de Críticos y uno de los escritores más prestigiosos de España.
Manuel Urbano Pérez Ortega posee una amplia y dilatada obra entre la que destacan sus estudios etnográficos, sus ediciones y estudios etnoliterarios e históricos y su obra poética, amén de ser flamencólogo, editor literario y gestor cultural. Entre su amplia producción literaria podemos citar: Horno negro, Camino de la nieve, Grabado en la memoria, Paseo en Jaén, Hay quien dice de Jaén, Sal gorda, Andalucía en el testimonio de sus poetas, Antología consultada de la nueva poesía andaluza, y las aportaciones sobre los escritores Bernardo López, José Jurado de la Parra, Eugenio Noel, Antonio Machado, Rafael Laínez Alcalá, Rafael Porlán, Juan Martínez de Úbeda... El catedrático Antonio Chicharro Chamorro ha dicho de él que “su mucha información, su equilibrado juicio, agudo oído y justo aprecio de fuentes y saberes lo han convertido en una pieza insustituible de nuestra cultura y en un regalo para las gentes de las altas tierras de Andalucía”.



ÁLBUM FOTOGRÁFICO DE LA ENTREGA DEL XV PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA

José García Pérez, Julio Neira, Leocadio Marín, F. Morales Lomas y Manuel Urbano

Miguel Chaparro defiende la obra narrativa ganadora, El testigo de los tiempos.

Leocadio Marín entrega el premio a Fernando de Villena

Julio Neira entrega el premio a Luis García Montero


Rosa Díaz defiende la obra premiada, Vista cansada.


Luis García Montero da las gracias por la obtención del Premio Andalucía de la Crítica

Antonio Hernández defiende la obra de Manuel Urbano

Manuel Urbano recibe la placa-homenaje de manos de F. Morales Lomas





jueves, 26 de marzo de 2009

ÚLTIMO LIBRO DE F. MORALES LOMAS: LA ÚLTIMA LLUVIA


Ed. Carena, Barcelona, 2009, 80 páginas, 10 €
http://www.edicionescarena.org/cont/173


La lírica de Morales Lomas, poeta perteneciente a la Generación de la Transición, pertenece al humanismo solidario, una corriente poética que trata de impregnarse de la senda del romanticismo cívico, sin olvidar la riqueza de la tradición y las conquistas históricas en el ámbito socio-lingüístico, para abogar por la presencia del ser humano en el poema como referente ético y social, a la vez que como materia poética.
La última lluvia es un poemario cargado de civismo solidario, de un ascendiente que va más allá de la realidad porque aspira a su transformación, y se sumerge en el naufragio de la existencia, la verdad del poema, su idioma de agua y viento, su pesadilla última; un ser humano ante el mundo y sus contradicciones, unas veces símbolo prometeico, otras íntimo de complicidades y ausencias; una insólita visión del sur con el clasicismo en los afectos, los ámbitos sociales como espacios para la reflexión y la costumbre de intentar descubrir el mundo y los sentimientos a través de lo que nos rodea y no sólo desde nuestra proyección interior. En definitiva, el mundo de Morales Lomas no es suyo exclusivamente, sino que también es un mundo conquistado, recuperado para los demás y de los demás un mundo solidario en el que La última lluvia es acaso la postrera opotunidad de seguir creciendo como personas.
Algunos poemas:
ENSENADAS
A Pepe Ponce
DESTINO DE SAL
Y el mar con su destino de sal
prolongando el silencio esta tarde.
Corazón de agua, rosa oscura,
sábana de oro rojo que muere,
rapaz tormenta, alas al viento,
rumor de antigua historia que amaina.
En ti termina el sueño del agua,
mi palabra mecida en la tarde,
calentura que salta en mi pecho.
Tú , mar, con el destino de sal.
OLAS TURQUESAS DE MAR
Y las olas turquesas de mar
con su aventura de arena cálida.
Vírgenes derrotadas que atracan
y alcanzan la tierra virgen, nunca
hollada. Inventan aventuras
en las doradas playas de arena
y aroman de verticales ráfagas
de luz ensenadas ocultas.
En tranquilas bahías fondean
y en su pleamar de faro alumbran.
NÁUFRAGOS EN EL MISTERIO
Siempre náufragos en el misterio.
Barcos con pabellones hundidos
en el fondo del mar a la espera.
Espectros a la deriva y solos
con la noche y su sepultura.
Frutos de un oasis que germina
en el agua y enreda en el viento.
La barca nos espera en la calma,
en el remanso de los jardines
con su noche y su nieve oscura.
ASCUAS TENUES
Viven ascuas tenues en el cielo,
en el misterio de la mañana.
Árboles de luz y claridades
majestuosas que a la aurora prestan
su secreto. En destellos cifran
sus charoles y llamas solares,
y al agua su reflejo consagran
y el mar, onda en la calma, palpita
gozoso a la forma de sus fuegos.
Ascuas tenues y la mar en llamas.
ROSA DE PASIÓN
Rosas respiran cerca del mar,
en la cárcel del agua palpitan
y crecen, mórbidas vierten besos,
caricias de pétalos sus muslos.
Solo contemplo como un ladrón
su canto de agua y carne, carne
que vierte murmullo de amor,
carne húmeda que crece en la arena
y resucita esencia en mis ojos.

sábado, 21 de marzo de 2009

NARRATIVA ANDALUZA CONTEMPORÁNEA



El último número de la revista El maquinista de la Generación (Centro Generación del 27-Diputación Provincial de Málaga), número 16 de diciembre de 2008, presentado durante el mes de febrero por Aurora Luque y José A. Mesa Toré (codirectores de la publicación) aborda, entre otros (se puede ver la información en el índice que figura abajo), uno de los eventos más importantes sobre narrativa española escrita en Andalucía.

Se trata de más de cien páginas dedicadas a narradores que iniciaron su labor en los años cincuenta y llegan hasta nuestros días. Este apartado de narrativa ha sido coordinado por los narradores y críticos Campos Reina y Francisco Morales Lomas. En él han intervenido los ensayistas: Juan de Dios Ruiz Copete, Alberto Torés García, Manuel Ramos Ortega, Antonio García Velasco, Fernanda Suárez Casasús, Antonio Moreno Ayora, Justo Serna, Juan Manuel González, José Domínguez Hoyos, y el propio Francisco Morales Lomas.

F. MORALES LOMAS Y CAMPOS REINA


El trabajo está dividido en los siguientes apartados:

1. Introducción


2. Escritores nacidos en las décadas de los 20 y 30: José Manuel Caballero Bonald, Aflonso Grosso, Fernando Quiñones, Antonio Prieto, José María Vaz de Soto.

3. Escritores nacidos en la década de los 40: Campos Reina, Juan Eslava Galán, Antonio Hernández, Eduardo Mendicutti, Manuel Talens.

4. Escritores nacidos en la década de los 50: Salvador Compán, Antonio Enrique, Antonio Muñoz Molina, Justo Navarro y Antonio Soler.

5. Escritores nacidos en las décadas de los 60 y 70: Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Antonio Orejudo, Guillermo Busutil, Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Pablo Aranda, Elvira Lindo, Isaac Rosa, Alfredo Taján, Eva Díaz Pérez, Joaquín Pérez Azaústre, José Manuel Benítez Ariza, José María Pérez Zúñiga, Ángel Olgoso, Antonio Álamo, Salvador Gutiérrez Solís y Vicente Luis Mora.

Aparte de estos autores, sobre los que se habla más en profundidad hay otros muchos más sobre los que se escribe en los apartados generales como: Rafael Ballesteros, Rafael Pérez Estrada, Agustín Gómez Arcos, Antonio Martínez Menchén, Manuel Villar Raso, Antonio Gala, Julio Manuel de la Rosa, Manuel García Viñó, Fanny Rubio, José Calvo Poyato, José A. Garriga Vela, Juan Cobos Wilkins, F. Morales Lomas, y un largo etcétera.

Enlaces en internet:

http://www.revistasculturales.com/revistas/116/el-maquinista-de-la-generacion/num/16/

HOMENAJE A PABLO GARCÍA BAENA


La revista República de las Letras dedica su número 109 a uno de los poetas actuales más importantes, el cordobés del Grupo Cántico, PABLO GARCÍA BAENA.

F. MORALES LOMAS colabora en ese número con el siguiente estudio crítico:

LA MAGNITUD DE LO LINGÜÍSTICO Y LA EMOCIÓN INTERIOR EN
LAS PRIMERAS OBRAS DE GARCÍA BAENA

García Baena es un escritor que en la sutileza de las formas palpita sobre lo primitivo del lenguaje (el mundo) y un príncipe intuitivo y lúcido en la transverberación de la vibración interior, siempre afectada por el rosario del ímpetu y sus correlatos de entusiasmo humano. No es la quietud la argamasa de su demonio interior, sino un permanente estado de sacudida, que, ¡quién lo diría!, contrasta con su aparente sosiego externo y sus formas mansamente contemplativas.
Aún recuerdo su lucha con el atril al intentar leer unos versos con motivo de la entrega que le hicimos del Premio Andalucía de la Crítica de 2006. Pablo trataba de no desfallecer ante la inhábil mecánica de los atriles, que tanto hubiera gustado a los poetas ultraístas. Con la mano trémula obtuvo la recompensa de un poema de Los Campos Elíseos (2006) mientras luchaba denodadamente por mantener en la zozobra del atril su poesía íntima, sonora, recóndita, lúcida, luminosa… Su voz octogenaria, aun en su balbuciente estremecimiento, tenía y tiene la consideración de lo alabastrino, la fortaleza del clasicismo y la reciedumbre de lo perenne. El mármol de García Baena, término que tanto frecuenta en sus versos y sobre el que se sostiene su clasicismo mediterráneo de rigurosa construcción arquitectónica, está dispuesto a competir con La Mezquita.
Pablo sostiene su lírica en las dos columnas que organizan su mundo expresivo: la palabra y la emoción interior. La palabra, esa condición del lenguaje y de la vida tan denostada en la lírica actual; y la emoción interior que, en ocasiones, se ha confundido con una dinámica neorromántica a lo George Sand. La palabra es la conditio sine qua non. La emoción, el convenio, la salvedad, el fundamento, la razón de ser del poema.
Pablo García Baena ha dicho que la palabra ha de ser la más precisa, y «si la más precisa es un poco arcaica, no tengo ningún miedo en usarla». Es uno de los fundamentos que confiere a su lírica una razón de ser moderno, porque se ha entendido la modernidad, a veces, como un hecho disruptivo: la palabra fluyendo en su vulgaridad de trapo.
En García Baena la palabra pierde su dispositio de instrumento para convertirse en materia de su lírica. Esta falta de aclimatación a las tendencias prosaicas y sistemáticamente «averbales», que llevaron a la lírica española a una charlatanería autocomplaciente y singularmente reiterativa por su tosquedad, que veía en esta lírica la retórica de lo estéril-lingüístico, permitió a García Baena un alejamiento de la lírica al uso y la construcción de un castillo interior de recogimiento hasta que acudieron en su rescate escritores de los sesenta y setenta (los poetas del lenguaje y algunos novísimos) para ennoblecer su aportación a la lírica española del siglo XX. Algunos lo han explicado diciendo que tanto García Baena como otros poetas andaluces de entonces no se habían adscrito al realismo crítico o «poesía social» ni a la protección de organismos oficiales y, además, vivieron en Andalucía, lejos de los centros de decisión editorial, y, eso, en nuestro país tiene un precio: el silencio. Sordina rota en 1984 cuando se le concede el Premio Príncipe de Asturias. A partir de este momento se produce la redención de García Baena.
Esta necesidad de rescatar la esencia lingüística para la lírica ha sido confundida tradicionalmente (bien por maldad o bien por ineptitud crítica) con la pedrería lingüística, con el arrebato sensual de la palabra, con el «huerismo» verbal. Pero esa crítica a García Baena finalmente ha sucumbido y se ha optado por reconocer en él a uno de los escritores que más ha renovado el lenguaje poético en la segunda mitad del siglo XX en España.
Hasta 1958 (al año siguiente publicará, no obstante, una antología que publica el Ayuntamiento de Bujalance, pero su obra ya estaba asentada el año anterior) podemos fijar un primer período en su lírica que dará lugar desde este momento a un largo olvido. Entre esta fecha de publicación de Óleo y 1971, en que se edita Almoneda (12 viejos sonetos de ocasión) en Ediciones Guadalhorce, se han cumplido trece años de diáspora y apartamiento, un riguroso período de silencio estético, al que nos referiremos en otro lugar.
Durante esta primera etapa publica Rumor oculto (1946), Mientras cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957) y Óleo (1958). En el primer poema de Rumor oculto, de título homónimo, existe en el joven de veintitrés años una intención de configurar una poética, una declaración de principios rectores, una personalidad decisiva: para ello se sostiene en la musicalidad del heptasílabo con asonancias, la sensualidad de la naturaleza con su valor de canto primigenio, la fortaleza primaveral y el neorromanticismo militante: “Quiero que sea mi verso/ como luna de abril,/ como las rosas blancas,/ como las hojas nuevas./ Que mi cítara suene/ como el agua en la yedra,/que mi canto sea nada/ para que lo sea todo/ y que a mis versos caigan/ heridas las estrellas”.
En esta cadencia de lo oculto que lleva implícito el murmullo, el bisbiseo de su lírica, quiere entrar en la poesía española como de puntillas, sin hacer ruido, cantando a Chopin (como en el poema “Elegía a Chopin”: “Pero suena la música…,/ suspiraba en la tarde sin que nadie la oyera…”) y a la pintura (con el homenaje a Ginés Liébana: te he buscado, te busqué con tristeza), pero ya, ab initio, surgen los grandes temas de su lírica (al menos, en esta etapa inicial): el deseo (tanto en su ámbito de lo maléfico, insatisfacción, aprehensión, desgarro…), la muerte, lo decadente y huidizo, el olvido, la memoria/desmemoria, la desazón ante la insatisfacción vital, la constante presencia de la naturaleza y el paisaje como revulsivos de su viaje interior… Existe ya en su componente lírica una reciedumbre de sustancias, una vitalidad marmórea, una agitación y lucha íntima, la expresión de un alma en constante zozobra: la pérdida de Cristo y el infierno del deseo: “Aunque me hayas quitado a Cristo, el que perdona,/ el comprensivo, el dulce, el manso Jesucristo,/ un día volveré al alba,/ ya cansado,/ con mis descalzos pies sangrantes de la senda/ y lloraré las lágrimas, las que tú no ves nunca,/ hasta borrar el último recuerdo del pecado”. Son unos versos que anuncian un futuro, pero el poeta ha caído en la tentación, en el aire, el demonio interior, en el que se ahoga, el que adivina su alma, y lo quiere como ángel suyo en el magma fogoso y etéreo del estío: “Por seguir tus caminos/ dejé en un lado a Cristo”. Se abandona el poeta en la impudicia de Venus, en los mirtos lascivos, en la sensualidad de los valles idílicos. Y poco a poco ese deseo del novicio que asciende con un frenesí inaudito se va enquistando en el yo poético y adquiriendo la fortaleza de todo lo marmóreo: “Mis manos, que no saben, moldean asombradas/ el mármol desmayado de tu cintura esquiva,/ donde naufraga el lirio, y las suaves plumas/ tiemblan estremecidas a la amante caricia”. Pero también: “Como aquella trompeta/ que un día romperá los mármoles”. Es ya un mundo plagado de erotismo, intemperancia, sensualidad e impertinente aleación con la naturaleza y el paisaje que entra de lleno a la conquista de un naturalismo corpóreo y vibrante, que se estremece en la metáfora (caracol marino para el oído) o los símiles sensitivos. Un encuentro con la carne (“De mis labios bebiendo en los tuyos”), con los olores del membrillo, con la caricia, con el río de la tarde. Una poesía que nos inunda con aromas sutiles, con cuerpos que se agitan en el despertar del mundo, cuerpos jóvenes como dioses…, pero sobre los que planea también el tránsito de la despedida y la muerte en un tono sutilmente elegíaco: “Deja que pueda echarme sobre tu tumba blanca/ y que cruce mis manos sobre mi pecho y muera/ cara el cielo, igual que tú bajo la tierra”.
A través de la ampulosidad del versículo, su cadencia versal transige con el discurso narrativo-descriptivo de los endecasílabos y heptasílabos, de los operísticos alejandrinos en los poemas “Jardín” u “Otoño en los castaños”, o el versolibrismo de “Elegía para un amigo muerto”. Irrumpe, con el ritmo acompasado y lento de los versos de arte mayor, la «hierofanía» del deseo en cuanto manifestación de lo sagrado, como casi vivencia religiosa susceptible de revelarse como una sacralización cósmica. Si el hombre de las sociedades arcaicas, como nos recuerda Mircea Eliade, tenía tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado y en la intimidad de los objetos consagrados, García Baena aúna en el misterio pagano esa suculencia mística que ofrece el paisaje, la naturaleza y el cuerpo del amado, soldando los símbolos de la sacralización con el encuentro amoroso. Eros y thanatos estarán presentes de consuno en una obra que lejos de los versos iniciales de la poética irrumpen en la informalidad de lo impetuoso.

Uno de los proyectos vitales que nunca abandonó García Baena es la presencia obsesiva de la naturaleza como síntesis interior. Desde Garcilaso de la Vega ha habido una tradición de interacción lingüística entre el paisaje interior y la naturaleza en curso. En su momento lo puso de manifiesto mi maestro Emilio Orozco. San Juan de la Cruz lo recogió con inusual sentido en su Cántico espiritual y también Fray Luis de León, más sutilmente Meléndez Valdés y más estentóreamente el romanticismo, llegando casi a un éxtasis de melancolía con Rosalía de Castro y de renovación formal con Bécquer y Juan Ramón Jiménez. García Baena es consciente de esta tradición que arranca evidentemente de la poesía arábigo-andaluza, como bien puso de manifiesto García Gómez, y al respecto hablará siempre del sentido barroco del lenguaje, de la riqueza de la palabra: «Y no puede extrañar: lo llevábamos en la sangre. Ahí están Góngora y los poetas arábigoandaluces, y nosotros estamos en la misma sangre. No podíamos olvidarlo.»
Uno de los poemas que puede ser bandera de lo expresado es el que lleva por título “La vida es como un bosque”, perteneciente a su libro Antiguo muchacho, donde con un ritmo cadencioso y el estribillo del título conforma su experiencia vital a tan temprana edad como veintisiete años: “Oh, sí, la vida es como un bosque./ Un bosque donde un día entramos confiados/(…) A veces pasan sombras por mi mismo camino./ (…) Oh, sí, la vida es como un bosque,/ un bosque donde al alba resuenan las lejanas arpas suavísimas,/ (…) Un bosque donde sopla furioso un viento rojo/ que roe nuestras carnes,/(…) Oh, sí, la vida es como un bosque./ Un bosque sembrado de esqueletos y sal,/ un bosque donde se balancean rígidos los ahorcados/ en cada árbol…”
Por eso adquiere un valor alegórico determinante en la obra Mientras cantan los pájaros, que ya reúne formalmente en su título la premonición de lo afirmado con la síntesis de la música como rúbrica y antídoto (a veces no sólo como oda sino también como elegía) de la existencia. Y para este camino García Baena se sostiene en dos de sus mayores afinidades de raíces sinestésicas: la pintura y la imagen: múltiples, heterogéneas y ricas invaden este sazonado alimento imaginario que siempre acompañó al cordobés: “Un puñal de palomas/ rasga como un suspiro el timbal de las nubes” (la interacción entre la música y la imagen); “Hay un tejido espeso con aroma de mieles y trigo” (la simbiosis entre la pintura y los olores); “Y hay un himno en mis labios/ un himno que le levanta su corola” (lo sensual y musical humano junto a la expresión formal de la flor); “Cuando la tarde estruja jacintos olorosos/ en el cáliz temblante de los árboles” (el olor de la tarde y la prosopopeya de los árboles con el latinismo de estremecimientos)… El imaginario del lenguaje se sostiene sobre recursos y tropos como la metáfora, la sinécdoque, la metonimia, la prosopopeya y el símil (básicamente) y en ellos la proyección del imaginario poético se amplifica en el misterio presente del individuo y en su interacción dinamizadora. Por ejemplo, cuando dice “En mis párpados, lirios de pálidas visiones/ mueren todas las tardes” está generando un proceso asociativo entre lo trascendente humano, la naturaleza y la finalización del día. De este modo, el mar puede respirar mientras el joven busca por la selva o en el oscuro aljibe queda el frío de las estrellas en una antítesis que fusiona la luminosidad/oscuridad con la frialdad/sensibilidad. El yo poético se interacciona de tal modo que el viento es el que deja en su boca el metafórico soplo de la dicha, y el color y el sonido se fusionan en un todo: “Un rumor de trompetas coronaba de oro las terrazas”. En este lenguaje conquistado para la palabra no hay nada para la reducción y mucho para la amplificatio de sensaciones y la alegoría de un mundo que se sostiene sobre la mirada, el sonido y la proyección simbólica.
Pero, en los primeros tiempos, la zozobra del deseo pulsa como un caballo encabritado los versículos del extenso poema “Llanto de la hija de Jephté”. A través del símbolo de la vida/carro atascada en el fango de los días, y el magma de la oscuridad de la noche (“aquella noche que se abrazaba como un escarabajo”), trata de reconstruir un historia sucedida años ha y el estremecimiento del ángel o demonio, y la pérdida de la virginidad disipada y la intromisión promiscua del deseo frente al devenir solemne de la muerte. El poeta se debate en sus hogueras interiores y requiere la presencia simbólica de una “túnica tejida” que calme su fuego. Pero todo sigue su cauce de río, de regato que esgrime su propia singladura, su vida, en el fango de las ruedas ya resuelto y el anhelante jadeo de las respiraciones, en este trasiego en el que la noche del alma también es luna de mármol, misterio, canto incendiado, lujuria de los racimos. La voz potencial de García Baena se hace de una reciedumbre sonora, de una casta bizarra en la solemnidad de la primavera, como en el poema dedicado a José Manuel Cardona en endecasílabos blancos, y con la estructura paralelística y la simbiosis de las anáforas y el juego de luces presente.
Pero también la necesidad de reconstruir historias. Lo que nos confirma que García Baena es un poeta de la oralidad, que le gusta sistematizar la oralidad en sus escritos, recoger la dinámica de las antiguas historias, cadenciarlas en el poema, hacerlas narración y conservar la euritmia del arte mayor en la organización de nuevas sonoridades (“bronce mortal de los crepúsculos”), de nuevos símiles de corte seudorreligioso o pagano, de una incipiente garra neorromántica que amplifique su potente y poderosa voz a través de la perspectiva sonora, vital y autocomplaciente de sus pinturas en el poema: “Vi el hoyo de mi cuerpo sobre la sucia sábana/ y ahogadas sus palabras en la roja marea de la fiebre”. La cadencia oral se presta en la simulación de lo temporal, por eso formalmente ha preferido muchas veces el verso difuso, heredero de los surrealistas, y muy preciso para la comunicación de los matices de la comunicación, pero también del uso de expresiones que indican ese tiempo transcurrido, las vivencias, los ecos del pasado a través de los verbos perfectivos o imperfectivos con afán narrativo: “Yo era entonces… Era el tiempo… Recortábamos…. Había corolas… Tú ibas anudando”. Esta predisposición, muy familiar en toda su trayectoria poética, incluso hasta su última obra, Los Campos Elíseos, se manifiesta ex profeso en un gran poema, “Noche del vino”, que es un hermoso himno a la construcción de las emociones a través de una cadencia que manifiesta la raíz de una historia que se va poetizando: “Te he escuchado en la noche despeinada del vino”, comienza el poema, y a través del símil del río (constante en la obra anterior) se va inflamando y ofrece una ambientación fantasmagórica: puentes de llanto, ramas desgajadas, trenzas húmedas de sudor, lamentos prolongados. Toda una escenografía (tramoya teatral que como un fanal enigmático ilumina su discurso lírico) de sonidos, rumores, sensaciones, colores… va creando la argamasa de las emociones, construyendo la erótica de la imagen y su formación en una historia de afectos y deseos: flores hirientes como flechas de felicidad. Y siempre la indeleble pintura, como la de esos amantes cuyos cuerpos están embalsamados o la presencia neorromántica de la muerte, casi un tópico en la lírica de Espronceda y el duque de Rivas.
García Baena cimienta su poesía a golpe de sortilegio, a golpe de acumulación, perseverando en la comprensión de la teogonía barroca del sur, que expresa ineludiblemente la pasión hecha carne, la carnalidad del paisaje y sus historias y su visualización: “Soy la carta abandonada sobre el mar,/ el polvo de los besos antiguos cubriendo con su clamor/ el puñal de los ríos,/ la saliva del ángel emigrante del véspero…”
En 1950 publica Antiguo muchacho, que el año anterior había presentado sin suerte al premio Adonais, ganado por Ricardo Molina. Guillermo Carnero señaló que este libro formaría parte con los dos anteriores de una primera época del poeta. Sin embargo, Antiguo muchacho tiene, desde mi punto de vista, su propia soberanía lírica en cuanto rescate de un mundo ya vivido que se sostiene sobre la memoria pero también sobre el presente, con el que ofrece no pocas complementariedades en ese afán de cimentación narrativa de lo vivido: paisajes, personajes, sensaciones, olores… que ofrecen su propio temperamento y condición, y elementos exclusivos diferenciados de los poemarios anteriores, aunque es evidente que en la construcción formal y en el alimento lingüístico formaría un todo con los libros anteriores.
Está dedicado a su madre y comienza con un poema titulado “Alma feliz”, concluyendo con un áspero poema: “La vida es como un bosque” (ya referido), en el que tanto existe lo mejor del mundo como lo más abyecto. En absoluto sería el locus amoenus de las églogas garcilasinas o las odas de Fray Luis de León (nunca presente en García Baena ni siquiera cuando reconstruye su infancia) sino más bien un espesa selva donde tanto podemos hallar la zozobra del alma como la simbólica fuente, tantas veces anhelada, en una especie de ut pictura poiesis. Y se inicia profundizando en los tópicos de la tradición literaria: el ser humano como un náufrago en la corriente procelosa del mundo que ha perdido el rumbo y necesita recomponer el viaje: “Como nauta que asiste impasible en su leño/ al naufragio solemne de la torva tormenta”. El homo viator, la vida como viaje que nos va purificando a la vez que transfigurando, tan presente en Berceo o en Antonio Machado, va también en relación con la vita flumen, que sería una variante, tan reiterada en Jorge Manrique y a la que acudirá con frecuencia el escritor cordobés. García Baena está pensando en ellos cuando nos habla del “joven ahogado” o los “senderos dormidos”.
García Baena advierte de la pérdida de la bonhomía inicial, de la bondad eugenésica y paradisíaca tan querida en el XVIII (el motivo del buen salvaje) para penetrar en otros rumbos vivenciales, de ahí la sistematización antitética entre el ayer y el hoy: “Viviste bajo el ala florida de aquel tiempo/ glorioso para el hombre. Hoy, que cansado vuelves,/ mira como endiamanta tu llanto las ruinas”. El tema del desasosiego y desengaño vital de tan clara raíz barroca, que está siempre presente en estos versos desde el comienzo, surca el poema para solventar la cadencia final en una exaltación vital necesaria que se proyecta sobre la traslación de la música, como en Rubén Darío, y dice: “… Los címbalos sonoros/ gotean áureo polen en ansiosas corolas/ y desnuda a la luz de trompas y de oboes/ embriágate, oh alma, recordando tu dicha”. La memoria del gozo para recomponer la herida vital, que no está proyectada sobre nada en concreto. En un afán en el que se congregan la vitalidad y la sonoridad más desafiante y optimista.
Una estancia de la música invariable en el poemario como en el homónimo “Antiguo muchacho”, que comienza: “Entre la noche era la madreselva como de música”. Y, en consecuencia, también el amor (“fugitivo”) será un trovador (el cantor por excelencia, el músico, gloria in excelsis Deo) y se conforman sonoras metáforas como “el laúd de los besos”; y cuando la luz nace será “con su parra latiendo de áureos cimbalillos”. Un mundo donde los avíos plásticos, sonoros, odoríferos, metafóricos son un totum en la ebullición emotiva de la construcción de la emoción, con el objetivo de conmemorar el tópico del pasado satisfactorio y fluvial: “Fluyendo como un agua fresquísima/ del manantial cegado de los días”.
García Baena trata de rememorar los paisajes y los personajes de su pasado cercano, trata de transportarse a una época (“Cuánto tiempo ha pasado desde que yo de niño/ corría por la arena íntima de esta senda”) o cuando recuerda a “Las tres viejas mujeres” en el bullicio también estentóreo de la música: “Lloraban quedamente por largas galerías/ las tres viejas mujeres y a su balcón llegó/ un rumor de violines destrenzando sus crenchas”. Esta alzadura de la memoria, a la vez que deconstrucción de una pasado (en cuanto la memoria construye/destruye al unísono) necesita del versolibrismo y la cadencia amplia de los versos que se pierden rítmicamente en la prosa y en todos los artilugios técnicos de la narración-descripción como horma expresiva. Así de ejemplar resulta en “El puesto de leche”, que comienza temporalmente como si se tratara de un relato: “Al frío de las ocho,/ cuando en las piedras lisas de la calle”. Para, a continuación, conformar ese mundo que trata de cimentar: los mulos, el arriero, la leche de las cántaras, la fruta, el recuerdo de las láminas de la Historia Sagrada… O “Bajo la dulce lámpara”, donde construye la geografía de los viajes por el mundo. Para ello, García Baena ha tomado la imagen bíblica del hijo pródigo, el mismo, que al cabo del tiempo vuelve a casa (el paisaje exterior tanto como los olores, las imágenes, las sensaciones…): “Esta es tu casa, Pródigo. Hoy que vuelves”.
Ya en el poema “Corpus” hacía referencia a Junio, título de su siguiente poemario. En él decía que el cuarto jardín se llamaba Junio: “Y sus flores, abrumadas de escarlata y de oro,/ son como bengalas ardiendo entre los peces de un estanque”. La poesía de García Baena desprende la salutación odorífera de los perfumes embriagadores que arrebatan los sentidos y son capaces de trasladarlos, como los antiguos poetas del Al-Andalus, por lugares mágicos, por caminos de somnolencia aromática. Precisamente Junio va precedido de una cita de Gabriel Miró, el narrador sensitivo por excelencia, que dice: “Es la felicidad la que tiene su olor, olor de mes de Junio”.
De este poemario dijo García Baena que almacenaba el triunfo de la carne y el paganismo, que no puede ir desligado de la iconografía lírica y el cultivo de la imagen corporal en la persona amada. En el extenso poema titulado “Narciso” se adentra por el estío y el deseo en la carne para progresivamente declarar su presencia en esa noche que los refugia a los amantes y despierta el arrebato más carnal: “Haciéndome gritar de angustia por tu cuerpo que escapa a/ mi cuerpo”. El juego de artificios del deseo a través de los tópicos al uso en un ámbito natural, en una Arcadia de nuevo cuño donde dar rienda suelta al milita amoris: “Tú dormías en la tierra. Dormías y esperabas./ Me acerqué a tu mirada y mis piernas elásticas/ encontraron el loto esbelto de tus piernas./ La mañana era entonces unos labios abiertos,/ unas caderas ágiles, un cestillo de fresas,/ una corona húmeda del rocío de la dicha”.
Una poesía que arrebata en su suculenta búsqueda, como en el poema “Junio”, que emplea la anáfora y la repetición de la búsqueda de amor en el topos de Junio, definido en el poema inicial “Bajo tu sombra, Junio…” como un canto fecundo a la zozobra de los cuerpos en la siesta, la respiración agitada y los espasmos sensuales de los besos. Conformación de una exaltación de perfumes, bosques, sonoridades que en este poemario adquieren una singular magnificencia, por cuanto hay varios poemas que tienen como título la música, directa o indirectamente: “Casida”, “Rondel para un joven violinista” e “Himno del cedro”. En el primero, hay un mundo promiscuo para los sentidos, para la edificación de un mundo vegetal con perfumes de azahar, dátiles, pieles oscuras, lirios, diamantes calcinados, alhelíes, rosales, jaras, cálices, destellos de amatista y ópalos, pero también la metafórica “enredadera enervantes de los abrazos” o en el gemido de las cítaras y el placer presidiendo el sorprendente acaparamiento de sensaciones.
En el segundo, surgen los oscuros cabellos de violines en una alianza misteriosa entre el cuerpo y la música, o “la carne de la humilde madera” que es toda una premonición en la que el misticismo de la mixtura alcanza una elevación sonora: “Y los puros sonidos/ cuando pulsas sombrío el corazón nocturno”.
El tercero, un canto a la palabra, su fortaleza, su apariencia en la confidencialidad del perfume y en la premura del perfumado beso de ese amor fugitivo que ante nosotros se reclina.
Un mundo de exacerbación vital en el cuerpo del amado que se resume en “Amantes”, nada más iniciar con la mixtura de música, cuerpo y sentidos: “El que todo lo ama con las manos/ despierta la caricia de las cítaras”. Después se extiende en una enumeratio de depósitos en los que el amante adquiere todo el protagonismo al adentrarse en la dicha: “El que encuentra los muslos del aljibe/ entre sus muslos”. Para, finalmente, enloquecer en la dicha de amor en torno al flamma amoris: “Todos, la noche maga con su rezo/ los enloquece (…) y los devuelve dulces, poseídos”.
En 1958 publica Óleo, que sigue en la estela de las obras anteriores en el beneplácito del canon pictórico, el entusiasmo sensual, la enumeración cognitiva con ansias de enclaustrar la amplitud del mundo observado, la solvencia de la terminología litúrgica en un peregrino maridaje entre paganismo y cristianismo, la determinación lujuriosa de un paisaje que siempre lo acompaña misteriosamente, mixti fori, como sucedía en Valle, la gradación de los componentes vitales, la presencia obsesiva de la música, la voluntad del ut pictura poiesis, la arquitectura del libro divino de la naturaleza y el alma trágica de los seres que se anudan al vivir incierto, la flamma amoris, lo cristiano en el ámbito de una naturaleza que se exalta continuamente, y, finalmente un espíritu agónico que está dispuesto a combatir y a revitalizar la existencia.
Se inicia con “Sueño de Adán”, donde el Tú apostrófico es Dios, la respiración de Dios, su mundo y la sombra que palpita sobre el poeta que en soledad se siente anegado en sus límites de arcilla y ansía esa voz sagrada, esa lumbre angelical que embellezca el “laurel desnudo y joven”. Su poesía, a fuerza de relevante fonéticamente, se eleva a través del paisaje de Dios para adquirir progresivamente la concepción del sic transit gloria mundi. Pero, mientras que nos toca vivir, lo quiere hacer con la voluptuosidad de la naturaleza que eleva su plegaria en el poeta, que ha depositado en su alma desvelada el recorrido de los sueños. Se pregunta en “Los que un día os llevasteis” qué harán los que han dejado la existencia, y tiene momentos de piedad para ellos mientras aspira llevar siempre delante un camino de tierra y una “higuera sedienta”. Símbolos de estar animado de una voluntad vital y terrenal, aunque (como en “Cuando los mensajeros…”) sepa que el polvo sellará los labios un día dando fin al homo viator.
El apóstrofe de Dios está muy presente en algunos de estos versos, como en “Ceniza”, para expresar su potestad y la finitud del camino humano, en una línea muy cercana a Jorge Manrique aunque sin la contención de éste. García Baena es expansivo en su poesía, amplio y esplendente. Y, así, los matices de la ceniza con su carga de simbología cristiana y renovación de compromiso (y, también, de muerte) en este poema se adentran por diversos vericuetos mientras el alma confusa en la plenitud del deseo observa el engaño del mundo, e incluso se prepara litúrgicamente para la ascensión, una elevación espiritual de corte místico que aspira a destruir su paganismo militante, como cuando dice el poeta: “Subirán a tu cielo como el perro que teme/ y confía y se arrastra delante de su amo,/ subirán a tu cielo suplicando que anegues en tu ceniza viva todo incendio que levante en mí/ y que tu lava arrase mis mármoles paganos,/ la púrpura soberbia de mis templos, / y los plintos florecidos de mis deseos”.
La dilatación sonora y la magnificencia de los verbos: desnúdame, sájame, hiere, raspa, opera, rebana, deja, remueve en “Día de la ira”... convierte el poema en un arrebato de desesperación y una lucha (el agonismo al que nos referíamos) que se hace persistente y dolorosa. El poeta advierte de ese destino trágico, un personaje en medio de un cerco que lo anega y lo enfrenta progresivamente a la muerte: “El sombrío aposento de las urnas,/ el agujero oscuro, el cenotafio…” En cambio, un hálito de luz, de ciego que recobra la luz misteriosamente despide su hermoso “Palacio del cinematógrafo”, donde comienza con unos versos que son una invitación narrativa y confidencial: “Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero/ como siempre. Tú sabes que estoy aquí. Te espero”. El poeta encadena la experiencia del cine, el grito de los sioux, la sangre grasienta, el lago clausurado, el corazón loco que galopa… y, a través de las enumeraciones, conforma un mundo, crea una atmósfera vital, que será de influencia en algunos poetas posteriores.
Sin embargo, uno de los poemas, probablemente el más importante, es el dedicado a su amigo Juan Bernier, “Nocturno”. A través de la epímone “he visto”, del paralelismo, la enumeración acumulativa y el tópico ascético-místico del poeta que pasea en la noche, va construyendo su mundo interior en el ámbito del paisaje exterior con claras reminiscencias de San Juan de la Cruz: “Cuando mi alma era una oración de nieve en un lago de sangre”. Va creando los elementos de ese mundo: el jardín cerrado (de proyección evidentemente barroca, en el conde de Villamediana, y después retomado por Emilio Prados), el sueño deslumbrante, los mármoles, el corazón morado, el vino de la lujuria, el fuego consumido y las hostias mancilladas, las promesas de los amantes, el amor que arde en el deseo permanente, la audacia, la palabra como luminosa representación, la adolescencia, el veneno de la vida y el final de la misma, el miedo del existir: “Y tuve miedo y frío. Me calaba la lluvia. Me cubrí la cabeza para no ver/ y todos aquellos que pasaban eran como yo mismo.”
En definitiva, la lírica de García Baena proyecta una áurea fortaleza vital en el ámbito lingüístico por su magnificencia verbal y amplitud metafórica, y en la conformación de un mundo interior tupido, trabado, promiscuo, que conforma una de las más brillantes trayectorias líricas de los últimos tiempos.

Breve biografía:

Asistió de niño al colegio Hermanos López Diéguez, en cuyo patio lo recuerda una lápida, y cursó el bachillerato en el colegio Francés, con los Maristas y en el colegio de la Asunción. Estudió pintura e historia del arte en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba, donde amistó con el pintor Ginés Liébana. A los 14 años leía ya a San Juan de la Cruz. Empieza a frecuentar la Biblioteca Provincial, donde conoce al también poeta Juan Bernier, quien le descubrió a Marcel Proust, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén y sobre todo Luis Cernuda. Empieza a publicar en la prensa local con poemas y dibujos, firmadoa a veces con una E mayúscula o con el seudónimo Luis de Cárdenas, en Caracola, en El Español y en La Estafeta Literaria. En el año 42 estrenó en Córdoba una versión teatral de cuatro poemas de San Juan de la Cruz. Rumor oculto, su primer poemario, apareció en la revista Fantasía en enero de 1946. En 1947 él y su amigo Ricardo Molina concurrieron al Premio Adonáis de poesía, sin éxito, por lo cual decidieron crear su propia revista junto con los poetas Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López y los pintores Miguel del Moral y Ginés Liébana: Cántico (Córdoba, 1947-1949 y 1954-1957), que será una de las más importantes de la Posguerra española. Estos autores serán conocidos desde entonces como Grupo Cántico.
Cántico reivindicaba una mayor exigencia formal y estética y una mayor sensualidad, y enlazaba con la poesía de la Generación del 27, en especial con Luis Cernuda; barroca, exaltada y vitalista, su poesía influyó entre las generaciones más jóvenes sirviendo de puente entre los Novísimos y la Generación del 27. Entre Óleo, de 1958, y Almoneda (1971), sostuvo un largo silencio poético, roto ya definitivamente tras este último libro. 1964, junto con otros amigos, viajó por la Costa Azul francesa, la Riviera italiana, Milán, Florencia, Venecia, Roma, Nápoles, Capri, Atenas, Delfos, Athos, El Cairo y Alejandría. También hizo viajes ocasionales a Florida y Nueva York. A su vuelta en 1965 fijó su residencia primero en Torremolinos y finalmente en Benalmádena (Málaga), donde residió trabajando como anticuario hasta el año 2004 en que volvió a Córdoba. Es colaborador de distintos diarios nacionales y realiza lecturas y conferencias en los centros culturales españoles.
En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Fue declarado Hijo Predilecto de Andalucía en 1988, y Premio Andalucía de las Letras en 1992. Recibió la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba en 1984, y de la Provincia de Málaga en 2004. Actualmente es miembro de la Comisión Asesora del Centro Andaluz de las Letras del que es director. Su poesía posee un acento gongorino y sensualidad, e incluye la temática religiosa de los ritos y las procesiones. Su obra poética hasta la fecha se halla reunida en Poesía completa (1940-2008) (Madrid, Visor, 2008). En mayo de 2008 gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

OBRAS.

POESÍA
Rumor oculto, en Fantasía (Madrid), 1946. Edición facsímil: Sevilla, Renacimiento, 1979, Suplemento de Calle del Aire
Mientras cantan los pájaros, en Cántico (Córdoba), 1948. Edición facsímil: Córdoba, Diputación de Córdoba, 1983
Antiguo muchacho, Madrid, Rialp, 1950, Adonais. 2.ª edición: Madrid, Ediciones La Palma, 1992
Junio, Málaga, Col. A quien conmigo va, 1957
Óleo, Madrid, Col. Ágora, 1958
Antología poética, Córdoba, Ayuntamiento de Bujalance, 1959 (edición facsímil, 1995)
Almoneda (12 viejos sonetos de ocasión), Málaga, El Guadalhorce, 1971
Poesías (1946-1961), Málaga, Ateneo de Málaga, 1975
Antes que el tiempo acabe, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1978
Tres voces del verano, Málaga, Col. Villa Jaraba, 1980
Poesía completa (1940-1980), introducción de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor Libros, 1982, Visor de poesía
Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, Madrid, Hiperión, 1984. 2.ª edición: Sevilla, Fundación El Monte, 1993
El Sur de Pablo García Baena (Antología), introducción de Antonio Rodríguez Jiménez, Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba / Ediciones de la Posada, 1988
Antología última, Málaga, Instituto de Educación Secundaria Sierra Bermeja, 1989, Col. Tediria
Fieles guirnaldas fugitivas, Melilla, Ciudad Autónoma de Melilla, Ayuntamiento de Melilla, 1990, Rusadir
Prehistoria, Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 1994, Cuadernos de la Posada
Poniente (con dibujos de Pablo García Baena), Córdoba, Fernán Núñez, 1995, Cuadernos de Ulía
Como el agua en la yedra (Antología esencial), introducción de Manuel Ángel Vázquez Medel, Sevilla, Fundación El Monte, 1998, La placeta
Poesía completa (1940-1997), introducción de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor Libros, 1998, Visor de poesía
Impresiones y paisajes, Cuenca, Ediciones Artesanas, 1999
Recogimiento (Poesía, 1940-2000), estudio introductorio de Fernando Ortiz, bibliografía preparada por María Teresa García Galán, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 2000, Col. Ciudad del Paraíso
En la quietud del tiempo (Antología poética), prólogo de José Pérez Olivares, Sevilla, Renacimiento, 2002
Fieles guirnaldas fugitivas (Premio Ciudad de Melilla; Melilla, Rusadir, 1990; 2ª ed., San Sebastián de los Reyes, Universidad Popular José Hierro, 2006). ISBN 84-95710-29-3.
Los Campos Elíseos (Valencia, Pre-Textos, 2006). ISBN 84-8191-729-X.
Poesía completa (1940-2008), introducción de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor Libros, 2008, Colección Visor de poesía.

PROSA
Lectivo, Jerez de la Frontera (Cádiz), Ayuntamiento de Jerez, 1983, Fin de Siglo
El retablo de las cofradías (Pregón de Semana Santa en Córdoba, 1979), Córdoba, Diputación de Córdoba, 1984. 2.ª edición: Diario de Córdoba, 1997
Calendario, Málaga, Col. El Manatí Dorado, 1992
Ritual, Córdoba, Diputación de Córdoba, 1994
Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido, prólogo de Rafael Pérez Estrada, Madrid, Huerga & Fierro, 1995, La rama dorada
Vestíbulo del libro, Málaga, Junta de Andalucía, Consejería de Cultura, 1995
Zahorí Picasso, Málaga, Rafael Inglada Ediciones, 1999





CUADERNOS DE ROLDÁN. JAÉN POR F. MORALES LOMAS


J.A.A. es el responsable de Cuadernos de Roldán dedicados a Jaén(Sevilla, 2009).
En esta obra los lectores pueden encontrar poemas y cuadros de escritores de Jaén. Entre los escritores se hayan, entre otros, Salvador Compán, Juan Eslava Galán, F. Morales Lomas, Manuel Urbano, Juan Carlos Abril, Javier Cano, Esther Morillas, José Cabrera Martos, Pablo Naranjo, Jesús Solano, Raquel Rico, José Ramón Vaca, Agustín Torres Márquez, José María Bedoya, Francisco Núñez Roldán...
Y entre los pintores Carmen Márquez, Miguel Viribay, Mario León, Carmen Mogollo, Justo Girón, Paco Molinero Ayala, Francisco Carrillo, Francisco Molina Montero, Paco Lara-Barranco, Ángeles Agreda, Teresa Lafitta...

Una obra importante para conocer de primera mano lo que escriben o pintan los creadores actuales de la provincia de Jaén llevada con total acierto por J.A.A. en Cuadernos de Roldán.

Seleccionamos estos textos de Salvador Compán:

EL COLOR DE JAÉN
Para Manuel Urbano
atalayero de los mejores
caminos de Jaén.


Pongamos que fue en esta tierra
donde me coronó la infancia
como rey de los charcos,
bandolero de olivos
y emperador de horizontes.
Pongamos que era azul el color de la infancia,
un añil tan moldeable
que latía en albercas y cuadernos,
oreaba mis sábanas de noche
y con él se hacían tirachinas
para cazar a traición
los mejores deseos.
Pongamos que aquel color de la infancia
me sigue manchando de azul
al Jaén del presente,
como si a ti, antiguo pirata
de geografías transparentes,
se te llenaran de mar y velas
las sierras que entonces te miraban,
y un oleaje de brisa y vida
siguiera estremecido sin fin
las recias torres de tu tierra inmóvil.

Poema de Juan Eslava Galán:

BAFOMET DE LA CATEDRAL DE JAÉN

Cinco siglos sentado en la cornisa
acechando la vida de mi gente,
mi vida misma. Y yo tan sólo veinte
años tras ese arcano de tu risa.

La anciana enlutada que va a misa
y que nunca notó tu vista hiriente
o aquel joven que en balcón de enfrente
tanta remota arena sueña y pisa.

En mi cruel espejo el tiempo enlaza
cada momento al tuyo, en ti me invierte,
viejo enigma tenaz que me atenaza.
J. Eslava Galán y F. Morales Lomas
Miro morir el día y puedo verte:
este preciso instante tuyo abraza
los de mi nacimiento y mi honda muerte.

Poema de F. Morales Lomas:

HOMBRES DUROS

Los hombres duros se alimentan del rescoldo
de los salones fríos.
Sufren el embate de las olas pero se dejan
querer, porque son duros.
Se alimentan de promesas de cosechas
y algo del carmín de un beso.
Son hombres duros porque la vida
no les pertenece. Le es ajena.
Son hombres ungidos por esa gracia
de las ceremonias.
Y tienden a abandonar el campo de batalla
con una espada en la mano,
porque son duros,
porque son duros.
Son hombres duros que no se agotan en el caos
y sobre su historia siempre hay algún monólogo,
algún acto heroico con estatua.
Tenaces al desaliento
los hombres duros evocan
una armonía antigua de rituales, y cosas así.
Los hombres duros nunca se hacen preguntas
porque tienen todas las respuestas.

Protégeme, maestro, de tanta fortaleza.

Poema de Manuel Urbano:

VENUS, ITÁLICA

Para Salvador Compán

No está la imagen rota, sí la piedra fracturada. La precisa línea que marca el abrazo mutilado ofrece el inquietante arranque de la luz y subraya el desnudo perfil; su círculo es el espejo en el que, con insinuante tiemblo retenido, el terso seno nacarado se refleja. Vibra el compás en flor de la carne cercenada. La desposesión y el labio del deseo con toda su longitud enervan la libido, mientras el corazón, ojos atrás, se despoja y titila entre los párpados. La tarde, lenta, comienza a tenderse entre la cálida mudez de las sombras; la hora, mansa, recostada y horizontal, escucha. Se advierte en la sala como un murmullo ingrávido. Al pie de la diosa sus ropas recogidas. Y el lívido silencio del mármol al pie de la estatua.

Poema de Juan Carlos Abril:

SÚPER ANDRÓGINA

Proserpina

Los árboles caídos en el suelo
se han podrido, sus ramas -melodía
de drogas, sin denscanso- obstruyen la vereda...

Pero ¿qué prisa tienes? Vas
hacia un fin excitado que revive.
¡Es el infierno! Es la primavera

que ha emergido en sus profundidades
tu muerrte siempre joven; ha nacido otra vez.
Vence tu piel itinerarios de tinieblas

y acariciando la esperanza -en el imperio
del humo hay una esfera herida- vuelves cantando:
Es el infierno. ¡Es la primavera!

Poema de Esther Morillas:

NUEVE VENTANAS

Nueve ventanas hay en esa casa
con nueve luces que se ven
detrás de las ventanas, y siluetas,
y músicas que llegan a la calle
con un fulgor acústico.
Hay tanta luz, tan poco se distingue,
ni canciones ni besos, ni habitantes,
que me paro a mirar. Desde la calle
cuento nueve ventanas: me parece
estar viendo un incendio en cada una.

viernes, 20 de marzo de 2009

VIDA Y TIEMPO DE MANUEL AZAÑA POR F. MORALES LOMAS





La biografía más completa que se ha publicado del presidente de la República, Manuel Azaña, la ha escrito Santos Juliá, catedrático de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Una obra imprescindible para el que quiera adentrarse en la comprensión de uno de los políticos más trascendentes de la historia de España del siglo XX. Amado y odiado, Azaña no puede permanecer ajeno al vendaval que se ha creado en torno a él.
Santos Juliá sigue un procedimiento diacrónico desde los días de Alcalá de Henares donde nació hasta los de destierro y persecución, con un álbum fotográfico de gran valor emotivo y cuatro cartas que Azaña escribió a Pedro Sainz Rodríguez, a Alejandro Lerroux y dos a Salvador de Madariaga.
Santos Juliá trata al político con distancia profesoral pero con enorme afecto. Por ejemplo dice de él: “Hay quien dice que era orgulloso. No es cierto”. Una prueba de esa necesidad de establecer la pasión por el personaje casi por encima de sus detractores. Si embargo, no es un libro de idolatría personal, sino de profundo rigor histórico. Desde luego que existen acontecimientos en su vida que explicarán al político y al escritor. No en vano Azaña dejó de ser católico tras estar con los frailes de El Escorial, y siempre consideró la actuación de la Iglesia española durante la República como un retroceso histórico y, en general, un mal para el país. Nunca fue enemigo de la religión, aunque sí rechazó ese control de la jerarquía sobre la enseñanza.
Políticamente Azaña nace dentro del liberalismo social y progresivamente irá radicalizando sus discursos hasta la llegada de Izquierda Republicana, ya durante el periodo anterior al 36. No obstante, siempre fue un político moderado y cerebral que intentó sin poder, evitar los males del país y, sobre todo, evitar la guerra. No podríamos decir lo mismo de los demás.
La política y la literatura, el pensamiento... lo convertirían en uno de los pocos políticos españoles que sabe escribir sin tener que ruborizarse. Los años del Ateneo son trascendentales en este sentido, su amistad con los intelectuales de la época y sobre todo con su cuñado, Rivas Cherif, que dará mucho que hablar. Por entonces las crónicas de ABC decían: “Gran espíritu y gran cerebro los de Manuel Azaña (...) Su charla, ingenio fino e incisivo, verbo elegante y preciso, sagacidad crítica, noble erudición...”
De los veinticuatro capítulos, los dieciséis primeros, hasta el momento que estalla la República ocupan más de la mitad de la obra. Los seis restantes otro tanto. De ahí la comprensión del personaje en el ámbito de la República. Azaña es la República y la República es Azaña. Desde el primer momento. Como ministro de la Guerra creó una ley que generó un profundo malestar en la tropa aunque fuera elogiada por Ortega y Gasset (“Maravillosa e increíble, fabulosa, legendaria reforma radical del Ejército”). A partir de aquí se crearía una fama injusta de antimilitarista, hecho que no era cierto.
El otro gran escollo, la Iglesia: “España ha dejado de ser católica”, dijo. Y con ello que la Iglesia no informaba la cultura española y la mayoría de la gente vivía de espaldas a la religión. Cosa que efectivamente era una constatación de un hecho. Ya tenía dos enemigos declarados, que a la postre se unirían para luchar contra él.

Pero Azaña era, sobre todo un extraordinario orador (el más culto, el más importante que ha tenido este país en el siglo XX): “Dialéctica demoledora y fascinante, capacidad para convencer, subyugar y arrastrar a las masas” (dirá Miguel Maura). Valle-Inclán definía su discurso de Mestalla como una “pieza admirable, porque une la energía a la cautela sin detrimento de la emoción y el fervor”. Un orador que logró concentrar para escucharlo a 500.000 personas que eran incluso capaces de pagar la entrada. Ningún político europeo, decía Henry Buckley, habría sido capaz de concentrar una masa tan numerosa. Su gran ambición fue la absoluta democratización del país, con todas las consecuencias, y esto no lo aceptaron los que siempre estuvieron al acecho: “Franco es el más temible”, dirá en la temprana fecha del 15 de julio de 1931.
Se hace masón. Y es acusado por la derecha española emergente de antinacional y antiespañol. Cometió algunos errores de bulto como no considerar un peligro la llegada de Hitler al poder ni la autoridad de la iglesia católica para cambiar el rumbo de la política española. Su detención era cosa de tiempo. Como sucedió tras los sucesos de octubre del 34. Será presa de los ataques de Ramiro de Maeztu y González Ruano, pero también de la derecha de este país, de los lerrouxistas, de los cedistas...
Sin embargo, logra ser elegido presidente de la República. La división de la izquierda, el no apoyo de Gran Bretaña y Francia, la intervención de Alemania e Italia, los excesos y el egoísmo particularista de los catalanes y los vascos (“felonías de los separatistas catalanes y vascos”, dirá)... acabaron por vencerlo. Sin embargo, él todavía seguirá insistiendo: “Los españoles tendrán que convencerse de la necesidad de vivir juntos y de soportarse a pesar del odio político”. Y reiterará una y otra vez que ninguna política se podía basar en exterminar al adversario. Se le llamó también comunista, pero no había nada más lejos de la realidad: era un burgués profundamente anticomunista, como le dijo a John Leche, el encargado de negocios británico.
Lo que sí se apoderará del país es una dictadura militar de curas y soldados: “España estaba gobernada por la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos ”.
Sus últimos momentos fueron una persecución constante y ni siquiera en la huida por los Pirineos hacia Francia le dejaron un momento de resuello.

Santos Juliá, “Vida y tiempo de Manuel Azaña. 1880-1940”. Taurus, Madrid.



VÍDEOS SOBRE AZAÑA EN YOUTUBE:










miércoles, 25 de febrero de 2009

LA POESÍA DE ROSA DÍAZ, UNA VIVENCIA EN EL LENGUAJE Y LA SANGRE por F. MORALES LOMAS

Pilar Pérez, Rosa Díaz, Juan Ortega y F. Morales Lomas (Guadalajara-México 2006)



El antirretoricismo y el antirrealismo, el antimisticismo y la antimetafísica, la , la deformación caricaturesca, la hipérbole y toda suerte de asociaciones intuitivas de corte culturalista conforman la presencia de una lírica voluntariamente heterodoxa y acertadamente antisentimental, a la que son ajenas las grandes construcciones de la lírica tradicional para generar una poesía personal[1], una aventura en la conformación lírica que, no obstante, encuentra en dos palabras trascendentes, vida y muerte, los temas que con más frecuencia encontramos en la lírica de Rosa Díaz; pero en muchas ocasiones no sólo captados con aire de intensidad o tragedia, elevando el tono, sino con un deje de ironía y distanciamiento inteligente que les da un aire nuevo. También existe mucho de compromiso social en su lírica de denuncia, en su inmersión en la época actual, donde trata de bucear en los temas y mitos recientes y donde intenta restañar las heridas y, si no, ponerlas de manifiesto, como decía Fernández de las Sota al referirse a su obra El color de la sangre de las princesas, que sería una crónica histórica desde la caída de las Torres Gemelas hasta la educación sentimental y cinematográfica de dos generaciones. Pero, no sólo de estos temas se abastece su lírica centrada en el ámbito intimista, con continuas reflexiones sobre el lugar del ser humano en su existencia, sometida a una voluntad desmitificadora y confidencial desde el ámbito privado del hogar hasta la socialización de la desgracia ajena e interiorización consciente.
Hay poemas que son directos y claros, en otros existe una búsqueda de la expresividad que le lleva al surrealismo y su poesía entonces se hace barroca, con imágenes destellantes. Juan Sebastián[2] apreciaba una “épica substanciosa cuyo lirismo flota, sobrevolando lo accesorio y la estética del ritmo o de la música (...) más que el discurso de los hechos o de los remolinos de sensaciones sensitivas, de los posos insolubles que estos hechos dejan en su espíritu”. Pero también en su lírica existen continuas alusiones y observaciones culturalistas, a personajes del cine, a canciones, y a todo tipo de referentes culturales en general (que tendría algo de la estética novísima, al menos en sus incorporaciones culturales), tanto de autores clásicos como de autores actuales, y en algunos momentos una tendencia al prosaísmo que busca de la sorpresa conceptual, imaginativa o surrealista, como reconocía García Velasco[3]. Un lírica en la que la fuerza expresiva se consigue a través del proceso de integración de instrumentos retóricos diversos y, a veces, contrapuestos, que producen una explosión de sonoridades en las que se observa la trascendencia del lenguaje y su máquina expresiva, en la que subyace cierto vacío existencial, pero en el que la palabra poética alcanza una fuerza pujante e indomable.
Quizá por ello, Rosa Díaz partía de la idea de que “no hay poesía más importante que la que se vive y se recoge en la sangre”, una declaración de principios que apuesta por una lírica de alto contenido humano y compromiso con la existencia y la esencia del vivir. Y a este principio sustantivador de su lírica añadirá una ilustradora metáfora: “Mi poesía es el zumo de mi vida”. Quizá por todas estas apreciaciones, su lírica también es un proceso de comprensión de la sociedad, de compromiso cívico, ofreciendo testimonio y siendo consciente de que la poesía está en todas partes; también en la oralidad, hecho trascendente en su obra.
Pero incluso, como ella misma reconoce, hay mucho en su lírica de instinto, de visceralidad, de vida, de catarsis en la esencialidad, de proyección desmitificadora y suculencia retórica no desprovista de ironía e inteligencia con una plural respuesta estética: “Y he vertido en ellos un lenguaje críptico o coloquial apenas sin proponérmelo y sin preocuparme de nada que no fuera mi instinto. Como en un estudio radiológico he salido en hueso vivo: mi ternura, mi ironía, mi fortaleza, mi debilidad... y el sentido del humor con que encajo la muerte diaria. Y así transité por el mundo de la marginación (...) Me interesó y me interesa ser testimonio y denunciar la hipocresía de la sociedad y la culpa que llevan nuestras manos limpias de bacterias y de ciertos delitos (...) Voy a mi ser intrínseco por el sentido animal, dando como hecho que lo irracional puede ser también lo más razonable”[4].


Raimundo Amador y Rosa Díaz


Entre su extensa producción citamos[5]: La célula infinita (1980), Cantábile para cuerda enamorada (1983), Casacripta (1984), Tótem (1986), Un poema de Sonetos de Catula (1988), La doncella cincelada (1988), Cuarto de los humildes (1993), Tenebrario (1994), Juan-Juan (1995), Perfecto amor (1996), Monólogos de la SE 30 (2000), El color de la sangre de las princesas (2003), Gata mamá (2003), Hiel de abeja (2005) y Los campos de Dios (2005).
Fue con apenas veinte años, en 1964, cuando ya atisbaba maneras al recibir un premio de la Cátedra de Literatura de la Universidad de Sevilla. Sin embargo, no será hasta 1980 cuando comienza su producción literaria, el año en que publicará su primera obra, La célula infinita. Personalmente creo que existen dos épocas diferenciadas en la obra de Díaz, siendo Juan-Juan (1995) el poemario que establece esta separación, aunque en algunos poemas de Tenebrario (1994) ya se apunta el nuevo camino[6].
En una primera etapa hallamos una poesía con tendencia al endecasílabo, el heptasílabo y alejandrino blancos, tomando el paralelismo y el lenguaje anafórico como instrumentos rítmicos, y una profusión de imágenes oníricas, muy cercanas al surrealismo, que se inician con un libro que abarca desde el nacimiento hasta el intimismo de raíz becqueriana y el simbolismo neorromántico. El tono es de corte elegíaco y una profunda adjetivación, pero abunda en su recurso a la imagen, un hecho fundamental en su lírica.
En La célula infinita (1980) se produce la construcción del yo poético, la resolución práctica de los estados de ánimo de la poeta en su relación con el mundo y su capacidad para proyectarse en él a través de las vías definitorias que atisban su personalidad. El amor, los deseos, la construcción del pensamiento, la sociedad vista con visos críticos, la soledad, la solidaridad, la definición del ser y la vida, la memoria y el tiempo..., un conjunto de temáticas por las que fluye un verso con tendencia a la abstracción y la frecuencia de esdrújulos y términos inusitados en lírica que construyen un verso potencialmente abigarrado y proyectado hacia la sonoridad por el encuentro de términos dispares que poseen, en el efecto de crear, no sólo un estado de ánimo sino una sonoridad, hecho fecundo en su lírica, como veremos, desde el primer poema. Define metafóricamente como “el metro de Dios, de Darwin, de la realidad concreta y los estados superpuestos”. Una definición críptica en la que observamos varios instrumentos referenciales transitivos: Dios (la proyección espiritual), Darwin (el ser humano en su estado puro, sensual y biológico), la realidad (en la que siempre está inmerso ese yo poético y que trata de alcanzar esa concepción social que con frecuencia tiene su lírica), y todo ello imbricado, intercalado e incorporado en una proyección lírica. Dirá en el primer verso: “Yo soy aquel esperma/ que ganó la batalla”. Un comienzo que advierte de su relación entre el yo y el mundo, ese mundo real (los hermanos, por ejemplo) y el mundo de los mitos, de la historia humana (Caín y Abel), etc. Son poemas que van y vienen por múltiples riachuelos interiores. Así, el tema del beso: “El beso aquel que no te di”. Un beso que intenta proyectarlo y llenarlo de formas hacia otras vidas, hacia otras esferas; pero también el vacío del amor, el vacío carnal del amor y del espíritu que va intentando organizar la búsqueda, “serena y misteriosa/ como un mito envolvente y deseado”. Una poesía que encuentra en la metáfora, los símiles y el paralelismo los principales instrumentos retóricos para organizar la materia poética en la que siempre está presente el yo poético que desde el ámbito privado crea su existencia: por ejemplo, “quisiera cernir mi alma” o “este cuerpo mí es tan pequeño”. Muchas veces son los deseos quienes se adueñan del poema, deseo de no ser, de esterilizar el pensamiento (un pensamiento que, a veces, es su enemigo y en el que se proyecta el miedo), la conquista de los abismos innominados o la sociedad que se presenta absurda, al pie de los abismos, en una inconsecuencia que nace de esa calle cualquiera de cualquier ciudad, calle “de muertos que cruzan pasos cebras, leen periódicos,/ firman nóminas, piden un corto de café,/ toman píldoras para el neurovegetativo/ y hablan, hablan, hablan y, a veces, como variante/ estricto y para descansar, escuchan pero no se enteran”. Una sociedad en la que puede uno sentirse solo aunque esté “rodeada de gente”, en una soledad que no tiene vuelta de hoja y en la que intentamos definirnos, saber quiénes somos. Sin embargo, y a pesar de ello, surge una poesía cívica y solidaria: “Huyamos por la boca/ y démonos a todos/ porque no somos nuestros”. En este sentido decía Barrera[7] que “el yo poético ya se ofrece en estos versos iniciales como que busca renacer de las caricias imposibles del amor. El de los sentimientos alcanza la cotidianidad y la descripción exterior”.
En ese ámbito, digo, hay necesidad de saber quiénes somos, y encender la chispa de la identidad personal, ser menos extraños para nosotros mismos, ahondar en la vida conscientes y no caer en la impotencia de la razón, no desvanecerse llevados por los malos augurios en un tiempo que permanentemente se trata de conquistar.
En 1992 ganó el Premio Fray Luis de León con Catarsis en el andén perdido que no llegaría a publicarse.
Cantábile para cuerda enamorada (1983) lleva tres citas iniciales de Santa Teresa, Edmond Vandercammen y César Vallejo que hacen referencia respectivamente al amor, desde el tópico del “dulce cazador” hasta la muerte pasando por la sensualidad. Una poesía que produce un tránsito entre la lírica arábigo-andaluza medieval, que es su referente cultural inmediato, hasta la construcción de un cancionero amoroso en el que también los estados de ánimo de la amada se van organizando en sus diversos apartados poéticos: De cómo la amada (maronita) invoca el amor, descubre su desamor, cuenta su pobreza, descubre y acaricia al amado, es interrogada por él, siente la ausencia de su soledad... Según Barrera[8] “ese orientalismo que aflora entre la embriaguez y la derrota del amor se extiende a los ritos de iniciación –carne, ternura- como muestras de un nuevo culturalismo y de espacios artísticos sensuales. La voz poética adquiere aquí la de historia pasional entre el amigo o amado –Omar bey, Khalil- y una mujer que despliega múltiples deseos ante el espejo, ante la inminente llegada de la muerte”.
Una lírica desesperada en su erotismo y tierna en el acercamiento al de amor. Un día el amado puede identificarse con Khalil (“mío tan de siempre/ que su amor se me hizo/ hermandad en la carne”), pero también Omar Bey (“Y sentí que me había suspendido la vida/ en la bebible tierra de tus labios”)... Rosa Díaz asume con fuerza y proyecta con solvencia una temática que llega desde ese orientalismo sensualista en el que los labios, las heridas abiertas, los perfumes, las lenguas rizadas, los ópalos, los almuédanos, las campanas o las palomas son los símbolos recurrentes a través de los que crea una serie de imágenes dotadas de gran belleza en la que interviene toda suerte de sentidos y las metáforas sinestésicas.: “Tu caballo era un sueño deshaciendo mi oído/ y tú una lejanía, una altura,/ una vastedad inabarcable. Una pasión que es la única que puede romper y cortar la “felonía de la muerte” a la que aludía César Vallejo en la cita inicial. Se llama al amado, se vuelve hacia sus ojos, a la erótica de los cuerpos desnudos como exiliados dioses. Desde ese desamor de sombra inicial en el que se define, el yo de la amada busca los labios que sinestésicamente embriagan, busca los perfumes, intenta mostrar las fauces de ese rito sibilino que se agita en su voz y en su cuerpo, en la definición de sus sensaciones más placenteras y en la constante exaltación del amado, en la proyección de sus sueños de canela y almendros níveos, mientras el triste almuédano llama a la oración y el brazo del amado es una “inmensa liana,/ una ajorca de espuma”, aunque en determinados momentos la muerte surja de improviso como sombra acusadora.
Casacripta (1984) centra su temática en la muerte, el subterráneo donde se asimilan los muertos a la tierra, como símbolo de un lugar, de un espacio al que llegar, casi dormidos como “blancas orquídeas”, bajando hacia esa cripta donde está enterrada la muchacha, la niña que fue, y caminamos por “la calle de los muertos”, por el silencio apretado y su eterno sueño nocturno a través de unos versos en donde todos los recursos para expresar la presencia de la muerte están presentes (incluso a través de la leyenda medieval de Isolda, con quien se ve identificada la escritora en ese símbolo que une el amor y la muerte: “No quería volver porque el amor/ le había crecido en los cabellos/ y un día descubrió que se llamaba Isolda”), en las calles solitarias con muerte dalmática, en la soledad, en el olor de los conventos, muerte que se va apoderando de la ciudad que yace desamparada en un suicidio permanente. Hasta diez variantes de esa calle en soledad donde sólo suena el viento y se oyen rezos del que espera a la muerte que acecha los apetitos del deseo, a pesar de que el amor, por momentos (como en “Calle 10”) llueva “incogible/ por las rutas antiguas”, y se acerque metido en la lluvia, aunque sepamos que no sobrevivirá a su ruido de sombras. Las imágenes oníricas se alían con una lírica surrealista en la que, a veces, la muerte viene envuelta en lujuria: “Hoy la dama de noche huele a lujuria”. Una muerte que va y viene por los pasillos de la noche, con su cargamento de lluvias, mientras la escritora se afana a la vida, cogiendo las “escamas del alba” y el olor lo inunda todo con su humedad y su humo, en un laberinto en el que la vida queda finalmente restañada por el sabor de todo lo perecedero.
En Tótem (1986) lleva a cabo un homenaje a la música; se observa la construcción del ritmo a través del paralelismo y la melodía alargada de los versos de arte mayor, que produce una parsimonia más de ópera que de danza. Pero, también, algo no suficientemente estudiado en su lírica: la trascendencia de la sonoridad del léxico empleado, muy en la línea del grupo Cántico de Córdoba. Por ejemplo, cuando dice: "Es el cante que sale detrás de la hemoptisis,/ estirado fermento, regurgitando vino o dolor. Escucha/ y entrégate a su voz, a su pajizo roce de calima/ y a su vuelo de grajo". En estos versos observamos la función expresiva de las velares tanto sordas como sonoras y las vibrantes. Otro de los fenómenos significativos es la tendencia a rehuir de la primera persona y hablar de ella o de su ámbito personal desde el distanciamiento objetivo que crea la tercera. Una poesía que en recursos morfosintácticos como la bimembración, la anáfora, el paralelismo y la polisíndeton, o en tropos como la metáfora o la comparación, alcanza su organización rítmico-expresiva. Podemos encontrar, en cierto modo, un homenaje al Sur, a quien va dedicado el poemario, construido con títulos musicales tan significativos como “Andante con motto”, “Cante jondo”, “Nana”, “Motete”, “Adagio”, “Zapateao”...; títulos de música clásica junto a otros pertenecientes al flamenco. Pero Rosa Díaz, que ha asimilado la tradición cultural que maneja siempre con solvencia e imprime su personalidad a lo que toca, rehúye del tópico y advierte de una poesía que revela los cauces expresivos desorbitados en donde quiere incluirla. Así, por el ejemplo, dice que el baile suena a “crujido de fruta” o a “pasión cabalgando en la cintura”. Imágenes que buscan la originalidad y la agitación de lo sensual hecho forma como en “Rondó”: “Iremos por el nácar, el ébano el pórfido”. Una acumulatio que también es frecuente en su lírica sonora, que refleja esa sonoridad en la que se ha adentrado y trata de ahormarla en palabras que se escapan como el sonido. Una poesía en la que se interiorizan las sensaciones amorosas en ese abril de los amantes de “Cantábile”, o se crea la imagen de la nana o surge el símbolo de la paloma: “paloma oscura” y “danza herida”, como en “Motete”. Define el cante jondo como “la ascensión del grito”. A veces son un tanto buscadas determinadas expresiones, como cuando dice que el cante jondo sale “detrás de la hemoptisis”. Sin embargo, en su afán de trascender el tópico existen siempre riesgos.
La doncella cincelada (1988) organiza su materia poética en dos apartados diferenciados aunque únicos en su esencia, pues la doncella del título alude a la ciudad que se transforma en esa doncella esculpida con el cincel de los años y la memoria: la propia doncella del título y los fragmentos de la ciudad, título del segundo grupo de poemas. Dos instrumentos de expresión en apartados que pueden resultar engañosos porque la unidad está asegurada, aunque el matiz divisorio introducido por la escritora no es baladí, pues, si en la primera parte, la esencia es femenina; en la segunda se hace masculina y heroica. En el primero se proyecta definir, a través de toda suerte de especificaciones y símbolos, la imagen de una mujer múltiple: es, sin embargo, una forma de compendiar la multiplicidad aunque estemos hablando siempre de la misma mujer y sus atributos: una mujer frágil, una gacela, acorralada y huidiza; una diosa, pero también una mujer que es como el agua (“hembra de ultramar”) adornada con todo tipo de emblemas y perseguida por ese símbolo de los perros (los ladridos de perros que babean o los perros que vigilan), la mujer que viene del hechizo de las sirenas con su blonda voz de loca, pero también la ricahembra que sale de los bordados ataviada con todo tipo de adornos, de gules, de zairos, de brocados exquisitos, la hembra hipnótica y sugerente, blanca o discreta e incluso “golfilla y aprendiza de ramera” que podemos encontrar en una calle de Siena como una mendiga cualquiera o en Bizancio, siendo “vareta de canela”, en medio del azahar y olvidada en el enjambre de palomas, como una hermosa herida abierta: “Asesinándonos vas y suicidándonte/ nos enseñas el cepo de tu cuello./ Y tu grito, nuestros gritos/ se amontonan detrás de las guitarras”. Una indígena que sale de las aguas, pero también una mujer perseguida que intenta sobreponerse a su propio destino.


Rosa Díaz, Miguel Ríos y F. Morales Lomas

En el segundo apartado, los héroes, aquellos caudillos de Tartessos se hacen protagonistas del poema, aquellos portadores de armas que hacen las patrias y mueren sin saberlo, héroes que viven de metales, desnudos, sin importarles el tiempo, acompañados de las damas de exquisitos rizos. Arropados por sus pendones y caballerías como huestes de triunfadores, en las ciudades del extrarradio donde sólo había mendigos y borrachos. En una ciudad que es definida metafóricamente como “árbol que crece haciendo huecos/ en el vértice azul de las estrellas/ y labra campanarios y pájaros oscuros”. En una ciudad de ausencias donde la imagen de aquellas mujeres sobrevuelan como las palomas. Montesinos[9] decía que en el libro solo hay un tema: “Sevilla, ciudad difícil y hermosa, imposible de captar en su verdadera esencia; es ciudad para sentirla, no para definirla porque es indefinible, como la poesía”. De ahí ese pasado heroico, de ahí también ese pasado de mendicidad, o de puertas, o aguas profundas que van construyendo esa hermosura que deslumbra, como si fuera una Bizancio en la que canta los oros y el fúnebre, vestida de tronasoles y apariencias pero también de nubes, de ríos de ataúdes: “Al río le subían ataúdes de doncellas alhajadas/ cuyos amantes iban a la región del llanto”. Una ciudad completamente personificada, una ciudad que llora y se adentra en los efluvios de la sibila, y que va creciendo poco a poco y que araña las entrañas del yo poético. A través de sus ojos, de sus sentidos despiertos, la escritora se adentra en la asociación de los mitos, en la repartación de los paisajes vividos: surge el toro de Hércules y la voz de la Sibila “que habitó en el fondo de tu tierra”, llevando a cabo sus profecías y desvelando la concienciad de la ciudad: “Y he querido gritar./ Decir de esta mentira y enseñarles/ su cuerpo de mujer como una hostia”. Y esa mujer, Sevilla, con su muerte y su esplendor, su osadía y sus alfanjes, su pureza y sus mendigos surge por allá y por acá como su río, profetizada, elevada, en esta especie de singladura culturalista.
El ámbito familiar y la construcción del espacio privado, el flujo de la memoria y la organización de un sistema emocional que llega de la realidad hace cuerpo y se conforma en Cuarto de los humildes (1993). Un poemario familiar para construir un tiempo, para guardar en el poema las sensaciones del pasado que han penetrado y conformado un orden que trata de trasladar al lector. La tía-abuela, la madre, el padre, las hermanas, el amor a una edad juvenil, sus oscuridades, sus miedos y la ocultación, los olores y los sabores..., todo llega enumerado con un verso confesional y claro, directo en el que, por una vez, se deja llevar por la sencillez expresiva, por lo directo, por lo cotidiano en una palabra construida desde el afecto. Unos versos son descriptivos, otros narrativos, como si se tratara de breves historias, cuentos para construir, puzzles de la vida en el puzzle del poema. El gabinete de la abuela tenía olor a desahucio y cuadros heredados, siempre un gato, un gato que va y viene y surge de pronto en la media res del poema como un emblema permanente. El arroz con gambas que guisaba la abuela despierta aquellos olores de antaño: “un paraíso perdido que me habla”. Una familia burguesa que, a la muerte del padre, se vino a menos y tuvo que vender propiedades y trasladarse de casa: “Cuando murió mi padre/ nos hicimos pobres como Gila”. La ironía surge en algunos poemas junto a un aire de tristeza y melancolía, pero un discurso que se asume desde la naturalidad y en el que también se presenta la poeta de otro tiempo y la poeta de ahora, conformando su propio magma familiar. Recuerda su primer amor, aquel amor juvenil que hubo que ocultar por un tiempo mientras la tristeza afloraba como en la princesa de Rubén y le hizo estallar a su padre que lo engañaba: “Mi padre dijo como Cristo en la última cena:/ Aquí hay una que me engaña”. Van y vienen como en el río de la memoria la tía Ana, la hermana Ana María, pero también la familia de los Machado o aquel señor excelente, excelentísimo señor, que “se hizo pobre porque era/ un romántico de fin de siglo”. También hay mucho de romanticismo en estas palabras que se construyen con el corazón y la hipérbole o la sinceridad compulsiva: “Mi madre fue, como Gina Lollobrígida,/ la mujer más guapa del mundo”. Y el orden familiar, las costumbres, las rutinas, como la del té a las cinco o el café migado con picastostes. Lo coloquial es consustancial a un texto que está escrito para una época, para una situación, para un público que necesita de una historia pasada cuando las calles se inundaban de oscuridad y siempre había un gato que maullaba. Las viejas carreteras como la de Dos Hermanas, “tan bellamente vegetal y mínima” o el cine (homenajeando a Mogambo), o el amor de los tíos mientras la guerra asomaba su diablo de muerte. Una poesía realista, figurativa, pero impregnada de un aire que todo lo idealiza y lo adorna con los sentimientos que han quedado permanentemente en el hueco que ha dejado para ellos el corazón.
Tenebrario (1994) es un candelabro de sección triangular con quince velas que se encienden en el oficio de tinieblas de la Semana Santa. Un título que revela el malestar del alma perseguida en esas tinieblas luciferinas presididas por la muerte. Quizá sea el poema “Camposanto” el que revela las claves de este poemario en el que el yo poético inmerso en las geografías exteriores aúlla las interiores que convocan en un canto funerario: “Enciendo el tenebrario,/ la candileja humilde/ y cuatro mariposas.// Situada a la puerta/ de mi infierno/ diviso la silueta/ del miedo, su fantasma/ de pared a pared”. Se siente en medio de un paisaje en el que la niebla del espíritu se apodera de ella, quizá por este motivo hay que desbrozar los sueños (“Mientras Freud y Jung/ investigan mis sueños”) o acaso convocar al siquiatra, “que tiene la sonrisa de Mefisto” y que pueda ayudarnos a reconstruir esas alas que se encuentran abatidas, perdida ya la identidad, el magma familiar, sin encontrarse ni siquiera en los personajes del coro, brindando en el vaso de las cenizas. Una lírica que convoca a la caída, a ese dejarse llevar por la expresividad de los lobos que se adueñan de su casa, por la pesadilla del existir, por el infierno o por el miedo, “terrible y sanguinario”. Poesía nihilista en el que la visión del jardín de fuego se ha perdido y sólo queda la visión de las cenizas mientras se contempla el fondo de la vida que se escapa: “Cuando cadaverina/ es ya la piel/ como cera votiva”. Acaso todo sea posible en el infierno del hielo o en el suicidio que se ofrece como una sonrisa, dueño del silencio, dueño de ese cuerpo que “colmó de pan de oro/ las aceras”. Una poesía que convoca todos los cadáveres, todos los muertos, para expresar el miedo a la nada: “ser nada en la Nada”, dirá en “El recorrido”. Desde el “Castelo da pena”, recinto en el que se trata de resucitar lo imposible, de manos de Julia Capuleto o de Ginebra, coronada de guirnaldas amarillas, a distancia de todas las inocencias y buscando la muerte a los diecisiete años. Fruto de la palabra, de las lecturas de Camoens, de la casa de la muerte y aunque se considera cristal soplado, vidrio, también como éste quebradizo: “Asómate a mi cuarto/ porque mi cuarto/ y mi vivienda han meurto”. Es constante este flujo de vida presidido por la muerte que, de pronto, surge en el poemario como una espada de serpientes en sombra, la huella de Luzbel, paladín del fuego. Una lírica de danza mortuoria, de cadencias que son un trasiego por el llanto del mundo, por su tristeza, por el paso del tiempo que ha ido devorando todo a su paso y ha dejado el íntimo deseo de la tristeza: “He venido poniéndome triste./ Si vinieras a contemplar mis ojos/ nada te parecería más triste/ que ellos. Pues en ellos vive/ la vejez de la casa,/ la oscura soledad...” (en “Hoy huele a lluvia y a tiempo oxidado”). Una lírica que no encuentra consuelo ni en el interior ni el exterior, esas ciudades que nos visitan (y no nosotros a ellas) para "desunir los pasos”. A veces se muestra irónica, una ironía que es un principio identatario de la lírica de Rosa Díaz, que asume todos los males con el distanciamiento que da el tiempo vivido y la solvencia de lo innecesario de estar al margen o en contra de lo irremisible, aunque puede que exista algún halo de esperanza si no ahora en nuestros vengadores: “Quizás no encontraremos/ nuestros cuerpos/ pero otros/ nos vengarán eternamente”. Una lírica que es todo un recorrido por el infierno, con Beatrice, que pasa de “sus infiernos a ciertos purgatorios” que va por el sueño y es fatalista y “cruza,/ se acerca y la sorprende la vida/ te dice que te ama y que deberías creerla”; a la vida, lo único en lo que es necesario creer.
Un poemario existencial, aun en su nihilismo militante, que desde la profundidad en los cánones de un culturalismo de profundidad se deja llevar por los símbolos que todo lo impregnan y exportan su visión pesimista aunque con gotas de vitalidad esperanzada.
A partir de 1995 va por otros derroteros. A mi modo de entender se pueden resumir en varios hechos nuevos: la aparición de la prosa poética y de la ironía, la presencia de los mitos del cine -de raigambre culturalista- y la distorsión esperpéntica de la realidad a través de un lenguaje provocador mucho más clarificador, lejano al surrealista que practicaba. Es como si el tono, a veces elegíaco o elevado en su sonoridad (en las composiciones anteriores) se relajara, se dulcificara. Como si la edad hubiera creado un distanciamiento entre las cosas y su visión de ellas. Ahora las contempla con la sabiduría de la distancia, sin la perplejidad de antaño: el mundo se observa desde arriba: "Ahora, te advertiría, que si quieres salir de la crisis, no debes invitarme a tomar una taza de poleo ni dejar que te lea lo último que escribo". Pero a la vez existe una mayor humanización de su lírica que se encuentra en cualquier fragmento de la realidad. Así dice que la poesía "puede estar en esa puta radiofónica, / que explica sus idas y venidas/ por la Castellana a cuatro bajo cero".
En este año de 1995 publica en primer término Juan-Juan, del que decía Antonio Hernández que “se llama Juan-Juan, un poema de amor para Juan Ramón Jiménez y, sobre todo, para otro, Juan, el marido de la autora”. Sin embargo, no se ha de entender como poesía amorosa strictu sensu ni tampoco como un homenaje al genio de Moguer, sino como un proceso de creación personal e instransferible, un proceso confesional en el que, a través de la técnica de distanciamiento y la opción de las técnicas comunicativas: la carta, la confidencia, la reflexión..., la escritora genera con la prosa poética interiorizada y exteriorizada toda una suerte de poesía explosiva por lo irónica, reflexiva, introspectiva y desmitificadora de todo tipo de realidad, ya sea personal o social. A través de un lenguaje coloquial Rosa Díaz deambula en el surrealismo de la existencia, en las claves personales, en sus mitos y derrotas, en sus percepciones sobre lo que ha vivido tranformando, transmutando, acicalando, deformando o hiperbolizando. Igual puede ser objeto de su poema una descripción sucinta de poetas ad hoc, verbigracia, cuando se refiere a Joaquín Márquez (“Alguien me dijo que era el poeta más guapo de Sevilla”), como cuando define el amor a través de una enumeración de imágenes proyectivas por su dinamismo y poder de seducción: “Vive en la punta de los dedos. En el diente. En la gota de lágrima. En unos cuantos litros de sangre. En el estuche del corazón y en las sinrazones de las neuronas. Es decir, dentro de nuestra propia pequeñez”.
A través del lenguaje confidencial y con el dialógico y silencioso tú, Juan, Rosa va desgranando toda una concepción de su existencia personal imbuida por azotes intuitivos, amalgamas culturalistas, afán de organización novedosa del hecho poético e intercambios experimentales diversos con afán enumerativo y de organizar caótica del mundo. Poesía que se mueve por impulsos y asociaciones focales diversas poseyendo gran dosis de surrealismo imaginario, por ejemplo, cuando dice: “Nunca me encontrarás en donde tus ovejas blancas pacen”. El recurso a la hipérbole forma parte de la tendencia a la deformación del discurso poético organizado, tendencia que es una garantía en su obra literaria. Pero a él se une la ironía, como cuando dice, “A un poeta recién casado”, parafraseando a Juan Ramón Jiménez: “En esta calle viviremos. Tenemos la Casa de Socorro a un paso”. Los hechos cotidianos más intrascendentes pueden ser motivo de ese acerado valor de su poesía irónica en “Iniciación a la astrología” o el poema-carta “A un premio Nobel vivo” donde al final de la misma, en ese lenguaje coloquial prosaico y desdramatizado que emplea dice: “Pero puedo asegurar que el capullo al que me refiero no tiene nada que ver con la política”. Es una lírica en la que de consuno se sintetizan horizontes públicos y privados, no sólo tratando de desmitificar todo los símbolos recientes y pasados sino a sí mismo y todos sus símbolos personales, como cuando escribe lo que entiende que es la poesía pura (en alusión a Juan Ramón): “Consistía en llamar al pan, pan y al vino, vino”. Una poesía que a fuerza de anárquica por la acumulatio de procedimientos diversos y el monólogo interior de la autora tiende paradójicamente a la organización de un mundo desorganizado en el que siempre sus referentes están presentes: “Yo no sabía para qué me había servido aquella educación jesuítica. Es más, siempre culpé mi hipocondría a los Ejercicios Espirituales (...) Y, atando cabos, llegué a la conclusión de que me había sido útil para obtener cierto grado de neurosis (imprescindible para la creatividad)”. Pero también, llegado al punto revela, prosaicamente su última intencionalidad: “Me estoy deshilvanando, dejándome en el hueso. Borrando en la metáfora la joya de lo oscuro”. En algunos momentos se hace presente, desde la ironía, cierta visión experiencial de la poesía como en los poemas “Desayuno sin diamantes”: “Tomo café/ y tú te afeitas./ Nos besamos”. Un libro que es todo un proceso de definición de sí y de su destrucción mitológica: “No quiero que se me llame lírica, ni poeta, ni ñoña porque eso ya me suena a lo mismo. SOY LA QUE SOY. Una mujer que escribe directa y en directo”. Es una versión de sí que siempre la ha sostenido. Y en su poética lo reiteraba una vez más con la decisión y la fortaleza que la caracteriza: “La poesía me llega como un animal palpitante a través del sexto sentido, dentro de las proteínas y las feronomonas, mucho más allá de la retina y también mucho más allá del aire o lo tangible”[10].
Ya de entrada el título Perfecto amor (1996) es toda una declaración de principios que poseen el efecto contrario, llevado por el culto a la ironía que practica con frecuencia desmitificadora. Quizá porque como dice en el último poema definitorio sobre la instancia amorosa: “enamorarse/ tiene poco que ver con la bondad/ y mucho con la antropofagia/ y los pecados capitales”. Pero también en el verso inicial prorrumpe en el concepto de amor y enamoramiento de un modo inapelable: “Enamorarse es una enfermedad./ Es un desbarajuste”. Una resolución conceptual que nos adentra por los principios que presiden toda su lírica, categóricos, de contractualidad cierta, de impulsos afirmativos, de coherencia implícita, muy lejos de ese sentimentalismo dengoso que afirma la compostura de las emociones desde los contactos/contratos efímeros y sensuales. Organiza el libro en varios apartados que poseen un valor temático: “Horario de oficina”, “Triana y Saint-Germain”, “Ética contemporánea”, “De siete a nueve” y “Perfecto amor”.
Perfecto amor puede ser considerado como un ensayo lírico sobre la educación sentimental de una época y la construcción/deconstrucción irónica el amor con todo tipo de categorizaciones, asaltos, encuentros, afirmaciones-negaciones, repulsiones, mitificaciones y mixtificaciones, engaños y sobreseimientos. Así si el amor es un desbarajuste, también es una mordaza en el que el corazón, como la metáfora del barco, es portador de las lágrimas del hielo, llegado el caso. A través de un lenguaje que produce una síntesis entre la narración constructora de una época, la descripción como forma de organizar los mitos del cine americano y lo expositivo con afán de monólogo interior a través del cual su poesía va devorándose a sí misma y convirtiendo sus efluvios lingüísticos en conquistas de una época. El antirromanticismo es un instrumento expresivo que le ha llamado siempre profundamente la atención a esta escritora así como la enajenación de los símbolos sobre los que se construye/destruye el poema. Ironizaciones diversas por las que pasa una época, por ejemplo, el Mayo francés en “Inventario”: “Y es que aquel Mayo francés/ se nos quedó bastante cortito/ y puritano. Un toque de los niños/ de Leverpool, otro de Jean Paul Sartre/ y aquellos grises que por lo visto/ corrieron detrás de todos nosotros”. Pero también el amor libre, los años 60 con toda su impostura y gritos revolucionarios, y fundamentalmente lo que le debe al cine al que dedica varios poemas. Por ellos circula Paul Newman, Audrey Hepburn, Glenn Ford, Bogart... Sobre películas claves en la historia del cine y sus protagonistas construye/deconstruye, genera imágenes personales y desmitificadoras en el que lo que subyace es la educación sentimental de los sesenta. Y siempre en todo el proceso nace el afán deformador, esperpéntico, que subyace la trayectoria de su lírica antirretórica, antirromántica, antirrealista e hiperbólica: “A veces nos encontramos/ en la cama y tú, equivocadamente,/ tomas mi cuerpo sin acordarte/ que decidimos terminar en el transcurso/ de una reyerta de horarios”.
Sin embargo, el sentimiento aflora con frecuencia para mostrar un estado de cosas: “Tomé mi dosis de tristeza/ poco a poco como dicen que hacía/ Rasputín con el cianuro.// Por eso puedo estar en al vida/ sin usar antidepresivos”. Una lírica que según Barrera López incide en el tema saliniano de la “crisis de amor dentro de la cotidianidad”.
Aparecen poemas de gran densidad en Monólogos con la SE 30 (2000), en los que lo íntimo está socializado, sale de sí para convertirse en un referente para los demás. Aparece el lenguaje de la calle y las imágenes de la infancia, una infancia que tanta importancia tiene persistentemente en su lírica, sintetizada con lecturas culturalistas en una simbiosis muy de su gusto: "Y en el instituto, un niño de la primera fila, te pregunta qué es besar a la distancia. Una, además de pensar que la poesía no es para bárbaros, comprende por qué a Borges le flipaba tanto hablar de metáforas". Mundo a caballo, a través de la prosa poética, de la memoria para ir organizando su propio mundo personal y el que la vida se va transformando en cultura en ese camino de ida y vuelta porque quizá lo que no es arte acaba convirtiéndose en una estupidez. A través de la confidencialidad de unas palabras prescribe su educación personal, sus mitos, sus fobias y sus ritos personales tomando como horma o hilo unitivo esa vía sevillana. Pero siempre la deformación caricaturesca tan en la línea de Valle-Inclán: “La maldad de Blanca Nieves es que avanzas sus medidas: noventa setenta noventa. Ha tocado sus lóbulos con un bálsamo antiguo que al pasar por las víceras de ciertos animales terminó por llamarse Nina Ricci o Rocha o algo parecido”. A través de recursos como la ironía, la declaración de principios, la hipérbole, la antítesis con efecto deformador, la paradoja, la reducción al absurdo, la crítica ácida y el retoricismo con efectos perversos se adentra en un mundo también símbolo, también metáfora: “Te amo con amor de alacranes”, tan alejado del mundo bien organizado de los sentimientos. Pero hay mucho de crítica a la sociedad actual, a la irrupción de los símbolos, de los cánones, de las agencias que todo lo venden y lo exponen como la novedad de los tiempos y el cauce de la modernidad. Por eso aspirará siempre a los sueños, ante tanta componenda vendible, y a la necesidad del discurso ideológico que construya ideas: “Él sueña con osos que están protegidos, yo sueño con sueños que hay que proteger (...) Si pudiera quitarme la cabeza, sería la Victoria de Samotracia con el corazón duro y las alas prestas. Pero no dejo de pensar, luego soy vulnerable”. Un concepto, el de la vulnerabilidad, que está muy presente en su obra, en la que permanentemente está justificada la salida extemporánea por el sumidero de las asociaciones diversas y a la ruptura del orden creado en el poema tradicional. También habrá momentos para la ternura, como en el poema que dedica a su casa: “En mi casa había un patio particular donde llovía como en Macondo”, o en el dedicado a su madre con toda suerte de asociaciones metafóricas: “Mamá era, en el ángulo de oscuridad del patio, la soledad, la sombra, una labor de luz y costurero con hilos de colores (...) Siempre viajé con ella, hasta que un día formó parte de mí como un apéndice colgado de mi boca”.
Pero me quedo con el intimismo antirretórico de este poema en el que los procesos de confusión entre la literatura y la vida ganan con esta última, si bien, siempre está presente esa voz del yo que se confiesa ante sí y ante el hecho literario, pues toda esta síntesis literatura-vida está en absoluta concordia permanencia de contrarios o símiles: “Yo, que manejo una porción de oscuridad, sé que cada día he de estar más impura, más imperfecta y mas inacadaba. ¿O es justamente lo contrario?”. Y en el siguiente poema afirma con rotundidad: “Confieso que la palabra vivida me ha ido desgastando restauradoramente.// Que sigo condenada a este fuego perverso que es la vida y que mi hacienda es dura:// Siempre he venido de mi propio reino y siempre fui mi propia disciplina”. Una declaración de principios que toda una forma de existencia en el poema.
Es El color de la sangre de las princesas (2003) un canto a la solidaridad desde la perspectiva diversa y motivadora de lo que va encontrando en los símbolos del cine o en la propia calle. Personajes desarrapados, protitutas, pedigüeños, víctimas de la violencia y el poder... van conformando un paisaje de épica popular, de costumbrismo adocenado con el que se siente solidaria ya desde el inicio de la dedicatoria: “Quiero unirme con este libro a la solidaridad que necesita el mundo par una integración total. Quiero señalar –señalarnos- a todos lo que, con la aceptación o la ignorancia, retienen –retenemos- los carnés de la dignidad de los que habitan los palacios de la mugre”.
Desde el comienzo, “Hijos de un dios mayor”, se anuncian asociaciones diversas y explosivas entre el cine y lo íntimo de su mundo recóndito o familiar que adquieren una mayor relevancia: "Del séptimo de caballería, el adiestramiento de los indios para que gatearan por Manhattan ejerciendo el funambulismo, y construyeran la escalera de Jacob y las torres de Babel. John Wayne puso los puños, Marlon Brando el rostro y Bogart el rubio americano", o bien: "Ahora creerán que no he sido la chica de Batman. Yo, que pateé su inmensa ciudad gris con sus jodidos rascacielos bailando con el hombre de la sonrisa final". Y pronto observamos la presencia de los personajes que serán el objeto de su culto: “Paso por el color de la desesperanza que viene a ser la calle de los pobres. Se vistió como las vendedoras de La farola”. Aparecen las grandes palabras, el odio, la injusticia..., para convertirse en hipótesis directas del poema y el objeto de las princesas de su título (“las princesas arruinadas que soportan las esquinas de la ciudad”). La dignidad de estas princesas tristes, de su pobreza, de todo un mundo que se está creando debajo de nuestro mundo aparecen como personajes irredentos de esta prosa descriptiva-narrativa donde la aglutinación de asociaciones léxicas entre lo social y lo particular se afanan en organizar este texto de denuncia y de conmiseración. Dice Barrera López en este sentido que “el yo poético que aquí se proyecta se siente solidario con los inocentes y justos que padecen el dolor y la infamia. Las princesas de este mundo ya no son como las de Rubén Darío: no habitan palacios, ni mariposas, ni esperan al caballero-poeta-enamorado que las redima. Ahora sus recintos imperiales son fortalezas de odio”[11]. Por eso sus reinas son reinas de cartones, y gobernadoras de los “jardines fríos que inauguran los pájaros”; y por eso se dirige y observa a los mendigos, los carteristas, los dadores del romero de la suerte.., toda la sangre que ofrece la pobreza en una sociedad que nos surte de la miseria del capitalismo y del proletariado adornado con personas que fluyen su silencio y su miseria. Por eso es todo triste y podrido, y puede surgir como en el poema “Galería de Tapices” los pobres de la obra de Buñuel en Viridiana: “Todos llegan corriendo de la hambruna pues siempre les tocó hacer las reverencias...” Como si se produjera una inmersión en los paisajes de la muerte a quien dedica su último poema. Pero también, en el apartado de “Olor a Rosa”, existe un cúmulo de imágenes que pretenden conformar la educación sentimental, sólo que sobre un film velado en el que no se era como la realidad pretendía demostrarnos. Por eso nos dirá irónicamente la escritora: “Ahora creerán que no he sido la chica de Batman (...) A mí que me sé de mermoria la oscuridad de sus alas, su garra roedora en mi cadera llevándome a las gárgolas y al beso ese a trescientos kilómetros por hora”. Una lírica voluntariamente prosaica, que organiza el puzzle de la modernidad con los materiales de derribo que han conformado nuestra propia historia personal a pesar de que otros vendieran diferente imagen de la mujer: “Junto a esta problemática existe también en El color de la sangre de las princesas otro yo desdoblado del anterior que recorre sus espacios infantiles entre la memoria de lo perdido y lo actual recuperado. La niña, que se reconoce ahora desde la madurez, con ese vicio de la literatura, habla –monologa- en secreto de su amor y de sus deseos de vida”[12].
Gata-Mamá (2003)
Su penúltima propuesta A mano alzada son un conjunto de sonetos con la rima cruzada en los cuartetos que representa una introspección en su memoria y en los mecanismos de su yo para dibujar con trazos sonoros su existencia personal.
Sin duda, la escritura de Rosa Díaz es espectacularmente llamativa, muy personal, que nada tiene que ver con la poesía reiterativa y ñoña que existe en muchos autores actuales.
Hiel de abeja (2005) es un libro con el que, según la dialéctica de Hegel, se produce una interiorización del recuerdo (teniendo en cuenta que recuerdo procede etimológicamente de re-corde, lo guardado en el corazón), ha pretendido reconciliarse con su pasado, la memoria y, si me apuran, con sus demonios personales. Este motivo poético, la inmersión en el pasado, rompe formalmente con lo que ha sido habitual en su obra: la ruptura lingüística y un proceso de asociación semántica muy personal basado en un verbo altisonante de gran vigor poético y la síntesis de efectos poéticos dispares que coinciden en una lírica original. Aquí en cambio es más contenida, más efervescente en el tono de sencillez, más directa y frágil.
El motivo del pasado le hace entrar en una dinámica en la que recupera a personas, situaciones, olores, sabores y todo un conjunto de instrumentos retóricos que eran muy queridos para modernistas como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado reunidos bajo el concepto de unidad, realzado gracias a la cita inicial de Proust: “Unidad interior y no falsa, quizá hasta más real por ser ulterior....” Es, por tanto, un poemario sentimental si por ello entendemos la concreción en el espacio poético de una emoción que se constituye en símbolo permanente de una existencia. Está perfectamente organizado por siete apartados (con todas las connotaciones que la numerología da a este número, desde los siete días en que se creó el mundo: también su mundo está creado en siete apartados) con un poema introductorio, “Azotea”, y un punto final: “Heterodoxia”.
Ya desde el título “Hiel de abeja” surge un primer aldabonazo: la hiel asociada a la abeja, símbolo de la cultura de lo dulce. Quizá en esta pretendida paradoja Rosa Díaz advierte de que el pasado puede estar cargado del acíbar a pesar de que se pueda entender como el poeta que todo tiempo pasado fue mejor. No es así, aunque lo agridulce se impone es esta especie de ajuste con el paso del tiempo y sus circunstancias. Desde el comienzo, no obstante, se advierte una oda a la luz a través de esa imagen de la azotea que “es ladrona de luz”.
Las primeras luces llegan desde ese pasado remoto a través de la memoria de Casacritpa y sus padres, o la olorosa cocina y los viejos cajones de luz donde tantos sueños se guardaban encerrados para abrirlos con la llave de la escritura poética. En menor medida la turbiedad también llega, en la imagen de un indiano al que sólo le quedaba la reliquia de la miseria en sus depósitos de mármoles de Italia y maderas macizas de América. Un culto a la ganancia que llega con el espantajo de un hombre de zarzuela y pacotilla encerrado en ese tiempo. Pero son los olores los que se llevan un grueso de poemas en el apartado titulado “Estancia de los olores pensados”. Quizá los olores son como la recuperación de una memoria más precisa, más nuestra, porque son como un camino de ida y vuelta, pues unos nos llevan a otros. Primero a través de la metáfora de la migración de los olores identificada a través de los pájaros que sestean en los campos de lirios, pero también los olores a las barras de labios de la madre o a las vitrinas abiertas, las cartas secretas o los juegos que también eran una metáfora sinestésica y simbólica que invadía la radiante memoria. Entonces los elementos más cotidianos y aparentemente más triviales y ordinarios de la cotidianidad llegan en las odas que recupera el tiempo: el olor de las costureros y de la sosa que quedaba en la tela adamascada del tejado; pero entre esos olores pensados o sentidos, que al final el pensamiento es el más sensitivo de los sentidos, se abatía el verde de las pilastras o el melancólico de la tristeza o el del carbón que incendiaba esta especie de sueños recobrados en que se convierte el poemario. Entre aquella suerte de pinturas de los sentidos, que también son estos poemas, van apareciendo, en una síntesis entre realismo, simbolismo y romanticismoo, las imágenes de la abuela con el guisado de arroz con gambas o la tierra abierta a los campos en una especie de místico reflejo eucarístico de las bondades de Dios. Un canto a lo sencillo que en el poema adquiere toda una trascendencia eternal.
Si una tela puede ser el reflejo de un sueño que nos invade, la trascendencia de que el tiempo no finaliza nunca en los ojos de una niña de cuatro años y medio nos llega envuelta en la muerte cercana de un familiar y la percepción de que el tiempo puede ser frágil y quebradizo incluso para el más pequeño de los mortales. Entonces llega el descubrimiento de la tragedia y el discurso elegíaco de la sangre como en el poema “Descubrir la guerra”, y dice: “Supimos, que los / ni eran colorados ni perversos,/ sino personas con otras ideas/ que fusilaban en los cementerios/ los de , que en nada tenía/ que ver esa palabra con los hueso/ y sí con , que tampoco/ eran viejas, que tampoco/ eran viejas, pero tenían en el pecho/ un yugo y siete flechas y cantaban/ el y otros himnos siniestros/ como / (que sonaba al compás y al son del miedo)”. Un descubrimiento sereno y equilibrado del pasado político que cuando se refiere al ámbito familiar se declara partidista de las emociones cuando rememora a su hermana Ana María, la más buena de la casa porque hacía milagros como Santa Rita de Casia.
Por entonces España era un país de interiores y claroscuros, un país de mármoles y cruces, y más parecía el desván con muchas cosas guardadas, quizá escondidas y sucias pero también la sospecha de la condena y la muerte como el del poema “Breviario de silencio” donde aparece un hombre que por sus ideas iba a morir y recibió el indulto poco antes de ser asesinado gracias a los buenos oficios de conocidos. En ese espacio para la pintura de horrores en “El cuento más triste” refleja con un trazo grueso la historia de unas niñas pobres yendo a la deriva y la transformación de lo que va creando el tiempo que convierte a veces los olores en la melancolía del frío y la distancia, un columbario con el que poder identificarnos. Pocos días para el júbilo, sólo intermitente y pobre, como un júbilo triste de andar por casa. Casa que en cierto modo es el motivo fundamental del poema y leit-motiv en torno al que se debaten las percepciones de la memoria, casa que reúne y ahorma el palacio de la lluvia en una suerte de metáfora idílica en la que “late el mecanismo/ y el sutil bisbiseo de los muebles”.
Son poemas con una gran carga narrativa, historias breves y novelescas, como en “Jueves Santo” rememoradas quizá por ese niño que fuimos, pero un niño que ha crecido y no juega con las prendas que tuvo. El último poema es un homenaje a la poesía, a esa cálida presencia de lapalabra sin la cual el ser humano sería una persona sin atributos como decía el novelista: “Me dispones las manos./ Me endulzas el aliento./ Te apropias de mis noches./ Te acuestas en mis sueños”.


1] Como ejemplo sintomático de lo que afirmamos, valgan estos versos de Monólogos de la SE 30: “No me podrán servir esas palabras que son como los dioses, tiranas y justísimas, infinitas y amorfas, que terminan donde no llega el pensamiento y así se justifican.// Anulo las palabras que suenan como himnos. Son dogmas establecidos en abominaciones que conmino al litigio de aludes de silencios y denuncio con toda la mudez de los días”.
[2] Sebastián, J. (2001): “Monólogos” en Papel Literario de Diario Málaga, 1 de julio.
[3] García Velasco, A. (2005): Treinta poetas andaluces actuales. Málaga: Aljaima, pp. 99-102.
[4] Díaz R. (2005): “Poética” en La palabra vivida. Sevilla: Point des Lunettes, pp. 377-380 [378-379].
[5] Ibidem. En este libro de Rosa Díaz se reúne toda su producción poética desde 1980 hasta 2005. La edición ha estado al cuidado del profesor José María Barrera López. La introducción viene a corroborar una vez más la especial atención y el cuidado que José María Barrera pone en el análisis de la obra de la escritora sevillana. En el año 2002 Rosa Díaz publicó también una antología titulada Olor a Rosa (Antología), Área de Cultura y Fiestas Mayores del Ayuntamiento, Sevilla, donde reunía sus libros anteriores.
[6] El profesor Barrera López (op. cit., p. 18) defendía en cambio la existencia de tres etapas: “Existen tres etapas muy significativas en toda su producción lírica, al hilo de lo que ha sido la inflexión de su creación poética a lo largo de loas dos décadas últimas del siglo XX.
[7] Barrera López, J.M. (2005): “Introducción” en La palabra vivida, op. cit., pp. 13-51[22].
[8] Ibidem, p. 25.
[9] Montesinos, R. (1988): “Presentación de La doncella cincelada”. Alcalá de Henares, Palacio del Oidor.
[10] Díaz en “Poética”, op. cit., p. 377.
[11] Barrera López en “Introducción”, op. cit., p. 44.
[12] Ibidem, p. 45.

La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano