domingo, 11 de enero de 2009

INDECISO ABRIL O HISTORIA DE UN FRACASO DE JOSÉ RUIZ MATA POR F. MORALES LOMAS

Con la Consejera de Cultura, Rosa Torres, y José Ruiz Mata.

El fracaso en las sociedades contemporáneas surge como una respuesta falsa. El fracaso es una perspectiva. Nace de una contrariedad. El individuo contemporáneo posee un concepto sobre la realidad que no se corresponde con el que la realidad posee de él. Se produce un décalage entre ambos, una rivalidad silenciosa y soterrada con ese personaje (la realidad) colectivo. En el trasfondo puede haber una apetencia desordenada que no haya correspondencia. Creo que hay un valor solidario en el fracaso, porque son los demás los que nos confirman o nos endosan este fracaso.
Y digo todo esto del fracaso porque Indeciso abril (Ed. Alhulia, 2008) lleva por subtítulo y entre paréntesis “Ensayo sobre el fracaso 1”. No contento con hacer fracasar a su personaje una vez, el escritor gaditano José Ruiz Mata amenaza con hacer fracasar a alguien algunas veces más. Quizá porque el fracaso no es unidireccional. Los éxitos son únicos, pero los fracasos tienen razón para la fertilidad.
La novela posee un comienzo muy atractivo: “Probablemente yo debo ser el responsable de mis actos pero, aunque sólo sea por sobrevivir, necesito culpar al destino”. Pronto tendremos en funcionamiento el tema de la identidad, el de la felicidad o el de la resolución de los demonios personales y el ámbito de actuación y los deseos, etcétera. ¿Es el protagonista de esta novela un fracasado? Evidentemente sí. Pero no porque se considere un fracasado él en sí mismo, aunque en este caso también. Ya hemos dicho que el fracaso es un concepto que pertenece más a los demás y nosotros interpretamos a nuestro modo esa tasación. Siempre hay un culpable: el destino, los demás, el azar, la mala suerte… para nuestro fracaso.
El argumento de la obra es bastante recurrente, tanto como el nombre de la protagonista, Carmen, modelo también de enajenación. Un hombre casado y con hijos, que vive de su trabajo y no tiene grandes preocupaciones vitales, un típico representante de la pequeña-burguesía de una ciudad de provincias, conoce a una mujer de la que se enamora. Lleva una doble vida en la que la relación con la amante y la mujer transcurren sin grandes inconvenientes (ni una sola vez existe una situación trágica o terrible, sí la vive, en cambio, a través del amigo que se separa), pero se da cuenta de que posee unos límites que no está dispuesto a sobrepasar.


Su relación, que posee una carga erótica placentera, queda al final como la historia de una infamia pues acepta la complacencia del hogar burgués en lugar del riesgo que conlleva el amor. El arrobamiento cede ante los posibles apuros, atolladeros o contrariedades que conlleva ese amor prohibido. El contigo pan y cebolla es una ilusión. Esta aclimatación a un orden que no desea romper afirma el concepto de cobardía, justificado ante sí por el caos en que vive su amigo Paco. Nuestro protagonista es un cobarde: la pusilanimidad y el apocamiento como una continuidad de lo creado. Y lo reconoce: “Soy un cobarde, cualquier decisión que tomase estaría presidida por el miedo, por mi cojera de mente. Tanto batallar con mis sentimientos para este mediocre final, para el final de los conformistas”. El protagonista es un fracasado. Y es ella, la amante, la que transmite esa visión del fracaso. Fracaso porque no reconoce que la existencia consiste en la toma de decisiones al filo de la navaja, porque teme al amor, porque en el fondo no cree en él.
Esta aceptación del fracaso se manifiesta en las siguientes palabras: “Quizá fuera mejor así; a partir de este momento podría recuperar mi existencia pasada, no la tendría a ella pero quizás volviera a rescatar la calma”. La calma como la componenda del statu quo, como la flaqueza con valor de símbolo. Pero también se plantea el tema de la posesión, tan estudiado por Michel Foucault en Historia de la sexualidad. El ser amado pretende ser único, no compartido. El amor no desea ser compartido, es de una avidez solemne hasta el punto de que se convierte en exclusivo. Por eso ella dirá: “Si te quisiera lucharía hasta que fueras sólo mío y para siempre”.
Hacia el final de la obra uno de los personajes secundarios, Quintana, le dice al protagonista: “¿No se ha puesto a pensar nunca que en el fondo todos somos unos fracasados?¿Que nos incita la sociedad, que nos obligamos a nosotros mismos a ponernos unas metas inalcanzables o a alejar cada vez más la línea que marca nuestro éxito que, como el horizonte, nunca conseguimos rebasar?” No comparto estas ideas, no creo que sean los demás quienes nos ponen las metas. Las metas siempre son personales. Los demás lo que nos transmiten es si hemos sido capaz de llegar a la meta o nos hemos quedado en la dejación o en el heroísmo.
Creo, como dice Carmen en un momento determinado, que “los hombres en este tema tenéis un pensamiento único, sois demasiado primarios”. Y sobre todo, esa visión de la mujer sobre el hombre como un permanente adolescente que nunca acaba de crecer y dispuesto a torcerse en cualquier momento, con una gran necesidad de sentirse libre pero intentando mantener en su espacio privado a la mujer con la que convive.
Junto a esta historia que crea el eje sobre el que se sostiene toda la intriga existen unas escenas secundarias que complementan la misma: la historia de la Hermandad y los problemas con la iglesia por cuanto se plantean que los cofrades tienen el derecho de participar en la elección de los obispos y capellanes como si se tratara de un partido político, la historia de Paco Roldán, el flamenco como una pasión evidente, etc. Pero la más interesante es la historia de Quintana, un bailaor cojo, la historia también de sus fracasos y de sus decisiones. Su vida transcurrirá pareja a la de ambos protagonistas porque, como se verá al final, es complementaria de la misma.
Una novela, en definitiva, que plantea un tema muy actual y está escrita con soltura y rapidez narrativa, con un lenguaje estandarizado y una tensión precisa y manifiesta.

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