DIEGO MEDINA POVEDA
https://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/verdad-metafora_1408828.html

LA VERDAD COMO METÁFORA VIVA
SOBRE TODO CUANTO
ES VERDAD DE DIEGO MEDINA POVEDA, ACCÉSIT DEL ADONÁIS
F.
MORALES LOMAS
Desde una época donde la solidez
establecía un marco vital definitivo a otra líquida en la que no existe
resistencia a los cambios y estos son conducidos bajo una diáspora casi
continuada, la sociedad actual asume una continuidad en la que esta imperfección
de lo líquido transfiere toda suerte de incertidumbres y acaso de
configuraciones diversas sobre la verdad y la mentira.
Sobre esta verdad, como símbolo de un
patrimonio vital, que ya se inicia en el frontispicio del texto con la cita de
Séneca, quiere hablar Medina Poveda. De hecho tampoco son baladíes algunas
otras citas como la de Bauman, cuando dice en su poema «Amor líquido»: “El amor es
un préstamo hipotecario a cuenta de un futuro incierto e inescrutable”. Si la
incertidumbre era ya una palabra asentada, los tiempos de tragedia colectiva la
hacen todavía más visibles. En este poema se hace definitiva nuestra liquidez,
nuestra inminencia y nuestro reparo, y
esa devolución a la vida en medio de la liquidez, buscando la solidez tan
etérea del acto amatorio. Sobre esta geografía humana se proyecta la razón de
ser de un poemario que aborda esa verdad personal y sus pertenencias, desde los
espacios cotidianos y nuestras actividades diarias hacia el ciclo de la vida,
el cambio de un piso, una colada, y la mudanza… como constante metáfora de una
época. El culto al cuerpo puede ser ese símbolo de los tiempos donde lo
fragmentario crea su propia finitud, esa angustia de ser ante las derivas
inesperadas: “aquel soy yo:/ el hombre reducido a un contorno de nadie o de
cualquiera,/ que sostiene un tornillo para montar su mundo,/ aunque parezca/
que solo está montando un taburete”. Medina Poveda desconfía profundamente de
una existencia que considera absurda y sustentada sobre principios que solo la
hacen más versátil e inestable. De ahí la necesidad de desmontar este mundo y
su título obedece a la condición última de esa verdad.
La existencia nunca corresponderá a lo
vivido y de lo endeble surte el miedo sus raíces e incluso en el amor, tan
huidizo y frágil, en esas plagas que va acumulando el tiempo que amaina siempre
en lo más endeble. Y esa debilidad está presente en el hombre contemporáneo, en
sus estremecimientos, en sus viajes: “Me iba dando/ las píldoras de angustia
necesaria/ para enfrentar la vida./Yo ni siquiera había salido de mi barrio,/
ni conocía vicios,/ ni cárceles de amor, ni otros rincones,/ pero ya me
angustiaba ese poema/ con aroma de fatum
proceloso”. En el fondo, como Kavafis, siempre está presente esa gran metáfora
del homo viator ante un mundo ancho y
ajeno sobre el que somos piezas convertibles y frágiles: “«La ciudad» siempre me
acompaña,/ perdí ya la esperanza de hallar otras mejores/después de haber
vivido en tres países/ y mirarme al espejo avec
ma gueule de métèque,/ títere tartamudo de otra lengua”.
En este encuentro con el mundo y consigo
mismo todo es susceptible de saltar por los aires en la humanidad del abandono
en la que se encuentra el yo poético, necesitado de una solidez antigua que no
encuentra y acaso falto de una verdad que le ofrezca sentido al todo. Pero si
ese yo doliente se halla como un reclamo, no es menor el compromiso con el
otro. Con esos migrantes que asumen el desconcierto de lo creado ante una
búsqueda de ciudadanía que nunca llega ante el juego de abandonos mutuos, lo
que conduce a la alteridad que nace de la conciencia ante un mundo
completamente dominado por la sinrazón: “De adquirir vengo un trozo de
conciencia.// Ahora más que nunca soy creyente,/ gracias al mundo estoy
desengañado”. Todo puede ser oscuro, todo puede ser líquido, pero nunca la
condición del ser que piensa y necesita cambios y transformaciones, en una
lírica que nace para la reflexión y la alegoría del compromiso, mientras el
tiempo va a nuestro encuentro como una pieza más que nos va conmoviendo y
transformando: “Yo he visto aquel reflejo en muchos rostros/ que encuentran sus
esbozos en los charcos/ mugrientos de la acera,/ y ven las cicatrices
invisibles,/ los trazos que dibuja a hurtadillas el tiempo”. Una poesía que
siempre nace de la herida, que va creciendo a medida que su verdad se hace
poderosa y ve que su libro va nadando hacia sí mismo en una liquidez
continuada: “que en su líquido turbio y tortuoso/ alguna vez nadó un poeta/ que
ya es libro, un cadáver/ que ahora es agua, y llueve/ humanamente”.
En definitiva, la imagen de un ser
dolorido en su humanidad que penetra en la transitividad de lo creado, en su
tiempo vivido, en las marcas del recuerdo, esa memoria que va alimentándonos
con el tránsito vital y sus tiempos como arquitecturas definitivas, inflamadas
y humanas: “Contempla desde el fondo de tu estancia,/ llena de muerte y
nacimiento,/ el absurdo paisaje de la vida,/ y nunca olvides/ dejar siempre una
puerta abierta”.
Diego Medina Poveda, Todo cuanto es verdad, Ediciones Rialp, Col. Adonáis, Madrid, 2020.
ISABEL PÉREZ MONTALBÁN
https://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/vikingos-cordoba_1410992.html

Sobre
Vikinga de Isabel Pérez Montalbán, XLI Premio Internacional de Poesía Ciudad de
Melilla
F. MORALES LOMAS
Pocas mujeres abordan la poesía en la
actualidad desde la construcción de un discurso social y crítico. Sí hay muchas
que marcan claramente en sus poéticas un proceso
de subversión de la verbalización y categorización tradicional, desde una
perspectiva feminista, la insubordinación de la mujer-objeto, el erotismo como
instrumento autosuficiente y el falocentrismo…, creando un orden estético
personal e inalienable. También Pérez Montalbán se encuentra en esa línea, pero
su poesía, que ha sido “categorizada” dentro de la poética de la conciencia,
tiene su propia dinámica socializadora al margen. En su obra Vikinga
está muy presente desde el mismo título, Vikinga, que alude a la zona
pobre, obrera y marginal de Córdoba, Los vikingos, donde la autora nació, y añadirá:
“Significan un intento de creación de textos literarios en relación con
referencias socio-culturales e históricas de toda índole que alentaron la
creación (…) Supone una idea motriz para escribir con conciencia sin desdeñar
ningún tema ni disciplina”. Parece, por tanto, que acepta esta categorización
de poesía de la conciencia para definir su construcción lírica, en la que el
discurso personal está entreverado de alteridad, otredad y compromiso literario
que fundamenta un discurso ético, si bien claramente instrumental de la poesía,
que tendría concomitancias con la poética social de los años 50 y autores como
Gabriel Celaya.
Su
lírica es profundamente conmovedora y desgarradora, y está hondamente
contextualizada y revelada a través de los comentarios que se hallan al final
del libro, donde ofrece las claves de algunos poemas y términos que quizá para
el lector serían confusos. Ella aspira a la claridad y a que su palabra no se
oculte en simbologías que puedan impedir una respuesta categórica y crítica
ante el abandono de unos seres humanos que deben soportar circunstancias
terribles a lo largo de sus vidas. Pero
lo simbólico conforma el poemario con especial atención a la numerología, en
torno al tres y sus múltiplos, pues hay tres apartados con nueve poemas cada
uno de ellos: «El alma de la vida», «Bellum in ómnibus. Intertexto» y «Plano
contraplano».
«El alma de la vida» toma de la arquitectura como nombre ese “elemento
central de una viga que une las alas perpendiculares y resiste los esfuerzos
(…) para una serie de poemas de carácter autobiográfico, que pretenden mostrar
la resistencia humana frente a la adversidad”. Una lírica que nace desde la
infancia, inmersa en la violencia doméstica, la aridez, el desasosiego y un
mundo infantil agrio a través de los ojos de una niña que “clamaba libros”,
pero encontraba “estercolero,/ reserva natural de esos parientes jíbaros/ que
reducen la infancia a corazón bonsái”. El desvelamiento biográfico está
presente a través de la proyección de imágenes poéticas residenciadas en cierto
hiperbolismo que atiende a sensaciones extremas, siendo el poema una terapia
personal tanto como socializadora: “¡Qué parecido a un siervo de gleba!” No
olvida Pérez Montalbán a los otros (“Yo y yo, pero también los otros”) en una
lírica que va más allá de ese yo poético al que tantas veces recurren los
poetas con afán universalizador (desde el yo a los otros). Aquí los otros sí
forman parte del sujeto, se han solidificado con él. Ahí radica la diferencia y
devolver a la poesía la “epimeleia heautou” en terminología de Foucault. Y su
palabra se hace clara, contundente y definitiva: “Allí mi casa primera con su
escombro/ de familia y puchero andaluz,/ de habicholillas tiernas y palizas”.
Todo conduce a una revelación de demonios familiares y a la conformación de un
yo en un ámbito donde la desolación y la construcción de un sujeto femenino
arraigado en el simulacro de vivir, la ira, el hambre y la dictadura están
presentes.
«Bellum in ómnibus. Intertexto» acoge
poemas socializadores centrados en el mundo con referencias intertextuales
precisas, donde los perseguidos de toda laya están presentes, pero también la
reivindicación de un humanismo militante: “Pero si esto es un hombre, somos
nadie”. Es una lírica escrita desde un corazón desgarrado que muestra esa faz
del mundo creada desde el “negocio”, sin importar que bajo este se halle el
sufrimiento de la gente, y va deconstruyendo una falsa felicidad creada sobre
el consumo y para ello opta, a veces, por la ironía como recurso más veraz y se
muestra feraz en el discurso del compromiso y la necesidad de la lucha para
cambiar el «statu quo».
«Plano contraplano» obedece al discurso amoroso entreverado de
intertextos de películas y escritos diversos que muestran una profunda ironía
ante la categorización del erotismo y la imposibilidad del discurso amatorio,
como “El amor, ese gran tema”, y el desaliento ante el descubrimiento de que no
había existido esa creación ingenua. Hay un temblor que crece en esa memoria de
amor, en la bruma que llega desde un latido profundo y la sensación de fracaso:
“Mi amor en crisis, cárcel sin geranios”.
En definitiva, una lírica
personal, comprometida, vitalista, honda y desgarradora.
CHANTAL MAILLARD
https://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/mitos-siempre-vivos_1413443.html

LOS MITOS SIEMPRE VIVOS
Una reflexión sobre el arte de vivir
F.
MORALES LOMAS
Medea siempre encarnó el paradigma de
las contingencias y los límites del ser humano, a través de esa figura, mitad
madre-mitad maga, que asume acaso el infanticidio, no ya solo como venganza
ante el agresor (Jasón, su esposo) sino, en las versiones más antiguas, como
forma de inmortalizarlos, al haber sido enterrados sus hijos en el santuario de
Hera. Pero Medea también nos representa a todos, que olvidamos el arte de la ramificación
de nuestros actos y las pautas que encierra el vivir. Con esta obra Chantal
Maillard ha creado un libro de un pesimismo consciente, de un nihilismo activo
en torno al dolor y la insatisfacción ante el recorrido humano, encarnado en
una viva mujer que sufre la existencia y trata de encontrar rumbos, salidas a
ella. En Medea es continuadora de
libros anteriores como Hilos y Cual (de hecho, este referente
conceptual está presente de nuevo) donde percibíamos, a través de los hilos, una
traslación de un lugar a otro de nuestro consciente o de nuestro inconsciente,
de nuestro miedo o de nuestra inhibición, de nuestra angustia o de nuestras
ansias por transformar una euritmia no aceptada.
Organiza
la materia lírica en tres libros con un preámbulo inicial donde nos habla de la
patria de Medea, una historia que sitúa simbólicamente en el Mar de Alborán, su
sufrimiento, su muerte. En un círculo se
abre y cierra la obra con la descripción en cursiva en torno a la situación de
Medea sentada en la barca, de espaldas al horizonte, anciana, soportando el
pasado y los muertos (“Así los muertos.
Ojos vaciados. ¿De qué? De voluntad”); y la misma imagen al final, sabiendo
que no hay velas (“¿Las velas? No las
hay. Dejó de haberlas hace tiempo. Amanece”) como pérdida absoluta de toda
esperanza ¿o no? La obra opera a través de fragmentos porque la existencia
siempre es fragmentaria e incluso llegando al final lo sigue siendo y nos avisa
de que el razonamiento en torno a ese fluir de la conciencia en torno a la
existencia será permanente, no una detención, sino una respiración que fluye y
se corta a cada paso, porque estamos hablando de la relación del ser en el dasein y su sentido más profundamente
heideggeriano. El renacido de los poemas iniciales es alguien que vuelve como
un fantasma, “como hilo de saliva”. En su alegorización es un renacido que
vuelve entre los vivos, que quiere distinguir “las cosas por su luz”. Que se
observa y penetra en sus errores vitales. Que busca otro mundo, un modelo de
vida diferente, al tiempo que una reflexión sobre sí mismo en ese mundo creado,
sabiendo que “todo lo vivido fue/ una estrategia dilatada” que acaso conduzca a
la nada: “Todo círculo es vicioso”. Y en
esa singladura, que siempre es personal, “el yo inventa sus fantasmas”, a
través de la tela de araña que simbólicamente va girando siempre, trata de
agarrarse a nuevos impulsos que lo proyecten vitalmente. Y surge el amor, ese
profundo amor de Medea hacia Jasón, pero desde el inicio es advertida: ”-No hay mayor pena que el amor”. En el
fragmento 6, un gran poema, se encierra ese mundo, la representación de la
palabra, su valor como metáfora que trasciende lo representado y se le advierte
de que redimirse es vano afán. Germina entonces el hilo paradigmático: “Más
corto es el camino de la araña/ que aquel de los océanos./ Más eficaz saber
cortar el hilo”. Se sabe presa de la inmovilidad de un círculo que avanza como
en una laguna. Y cómo sus hilos comienzan a anudarse y a crecer en esa tela de araña,
que al fin y al cabo es el círculo tautológico de la existencia. Le advierte
que es necesario cortar el hilo y la dinámica de deseos/angustias,
expectativas/decepción, mente/cuerpo. Un conjunto de antítesis que se resuelven
en la paradoja del vivir siendo los hijos la versión simbólica de, acaso, una
salida: “Maté a mis hijos, sí. O esa fue/ la historia que os contaron”. Pero,
como decíamos antes, como una restitución hacia la luz porque, cuando nacen, en
realidad los hacemos “compartir la violencia/ y el miedo al saber”. ¿Qué hacer? “¿Qué es lo que exhorta a seguir/
contando y dando cuenta?”. Son preguntas que trata de responder a lo largo del
libro. Y se replantea toda la existencia, el concepto de falsos saberes, la
sabiduría y sus axiomas, pero también su acusación al género humano y la
alegorización en torno a la existencia, con palabras duras, enfáticas… muy
propias de una tragedia de Eurípides. El
dolor de la madre ante este terrible sudario y el concepto de caída, “oficio/
de tinieblas”. Cada idea es una honda en
esa tela de araña que va construyendo su red en un mundo absurdo, “escenario de
un furor/ sin tregua y sin comienzo”. Su tono siempre es admonitorio: amonesta,
aconseja, exhorta… trata de que el lenguaje, con su impotencia para expresar,
no rompa la cadena de pensamiento siempre anclado en la herida del vivir, el
miedo, el dolor y sus eternos correlatos: “En este mundo ¿quiénes somos/ las
víctimas y quiénes los culpables?”. Es una tela de araña infernal que no se
rompe nunca y genera la náusea, porque no hay verdades que sostener, ni
principios que fundamenten la derrota: “No hay nada que esperar/ nada que
descubrir (…)// Desengáñate:/ sólo existe el hambre/ la herida del nacimiento/
su grito”.
Munch
está aquí en un poemario desolador que como una gran tragedia trata de definir
un mundo tenebroso e inútil pero lúcido.
CHANTAL MAILLAR, MEDEA, EDITORIAL
TUSQUETS, 2020.