domingo, 5 de febrero de 2012

La narrativa de Juan Francisco Ferré por F. Morales Lomas



Lo que el/la lector/a podrá leer a continuación es sólo el principio de un extenso estudio de veinticinco páginas sobre la obra del narrador Juan Francisco Ferré, finalista del Premio Herralde de Novela. Una de las mejores obras que se ha escrito en los últimos años en España.


LA NARRATIVA HETERODOXA
Y EL PARADIGMA DEL PENSAMIENTO COMPLEJO EN JUAN FRANCISCO FERRÉ

(Fragmento de las tres primeras páginas) 

F. MORALES LOMAS

              Debemos situarnos en mundos complejos. El pensador Edgar Morin nos habló de una realidad compleja. Afirmaba la necesidad de la sistematización de métodos que permitieran aprehender las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo de este mundo complejo. Se trataba de desarrollar una actitud mental capaz de abordar problemas globales que contextualizaran sus informaciones parciales y locales. Frente a las incertidumbres que se han puesto de manifiesto a lo largo del siglo XX, a través de la microfísica, la termodinámica, la cosmología, la biología evolutiva, las neurociencias y las ciencias históricas, habría que aprender a navegar en el océano de las incertidumbres a través de los archipiélagos de las certezas. El pensamiento complejo es una unión entre simplicidad y complejidad, lo que implica procesos como seleccionar, jerarquizar, separar, reducir y globalizar. Se trataría de articular lo que está disociado. Pero no es una unión superficial, ya que esa relación es al mismo tiempo antagónica y complementaria.
         Estos principios de complejidad, antagonismo, complementariedad en el ámbito de un mundo abierto, micromundano y plural cuya conformación es hartamente diversa y problemática también aguardan en la narrativa de Ferré y con él adquieren carta de identidad cuando penetramos la espesura de Providence, una novela para el siglo XXI:

Gracias a la síntesis de planos diversos -literario, cinematográfico, televisivo, musical, ciberespacial-, Providence recrea su genealogía de raíces múltiples, heterogéneas, mezcladas. Es una novela del siglo XXI destinada a lectoras y lectores capaces de imaginar el acceso al ámbito literario como una aguijadora incursión por parajes fuera de lo común, en los que el artífice de la obra les depara frecuentes motivos de sorpresa y de risa. Como un puñado de jóvenes novelistas que admiro, el autor de Providence ha escogido con valentía el texto literario frente al éxito fácil y visibilidad mediática del producto editorial: una elección que le honra y merece el aplauso de quienes defendemos la modernidad atemporal que perdura a lo largo de los siglos en el territorio vasto y complejo de la literatura escrita en nuestra lengua[1].

         En Los mecanismos de la ficción James Wood advertía que la complejidad del mundo y de los procesos escriturales de la actualidad son estímulos para la comprensión de una realidad que ya no se organiza sobre los rudimentos del realismo verosímil sino sobre otros territorios conexos y más estimulantes como Internet, los blogs, la prensa escrita, el cine… Instrumentos referenciales, vasijas formales o espacios sincréticos que determinan en última instancia la narrativa compleja de Juan Francisco Ferré que se comunica así con el mundo formado de pequeños y diversos universos y al mismo tiempo globalizado.
         Si las vanguardias durante los primeros años del siglo XX conformaron un espíritu de época antirrealista, irracional y creador… la nueva revolución tecnológica en la que estamos inmersos también crea una nueva aventura narrativa y el escritor se adapta a este nuevo transcurso creador con los instrumentos y la retórica de la que nos datan los nuevos tiempos. En este sentido se debe decir que Providence es una novela de nuestro tiempo como dice Juan Goytisolo:

Buen conocedor de la modernidad literaria del pasado siglo, Juan Francisco Ferré añade a su amplio bagaje de lector de Cervantes y Joyce el de un experto en la ubicuidad del ciberespacio en el que hoy vivimos. Si el cine y la televisión cambiaron el rumbo de la novela en la pasada centuria -ya para degradarla, sometiéndola a las reglas y convenciones de éstas como en el caso de los novelistas perezosos o mediocres, ya para crear un ámbito literario inédito y no trivializado como el de las telenovelas y folletines históricos-, Internet y sus derivados inciden en el presente de su evolución en la medida en que modifican la percepción de lo real y lo virtual, difuminan sus diferencias, alteran la comprensión de nuestro entorno cotidiano[2].

           La ficción de Providence nos permitirá no sólo el decurso narrativo sino en cierto modo la explicación del mundo. Su complejidad corre pareja a la sistemática de la novela y los mecanismos y las interferencias entre verosimilitud o no, entre realismo y sueño, fantasía, irrealidad o escritura, desde los mundos imaginarios y/o falsos que generan el éxtasis de la droga o la propia intromisión de instancias escriturales plurimorfas y ambientadas en las múltiples focalizaciones:
 Juan Francisco Ferré
          Providence, como novela, por tanto, es artificio y también un modo de la explicación de la realidad y del microcosmos globalizado en el que vivimos. Creo que Ferré sigue a Wood cuando plantea el realismo de nuevo cuño no en los términos tradicionales de verosimilitud sino de vividad: «Vida en el papel, vida traída a una vida distinta por el arte más elevado». Y añade Wood que ese realismo que nace desde el concepto de vividad:

Permite que existan el realismo mágico, el realismo histérico, la fantasía, la ciencia ficción, incluso los thrillers. No es en absoluto tan ingenuo como le achacan sus detractores; casi todas las grandes novelas realistas del siglo XX reflexionan también sobre su propia creación y están llenas de artificio. Todos los grandes realistas, desde Austen a Alice Munro, son al mismo tiempo grandes formalistas. Pero inevitablemente resulta difícil, porque el escritor tiene que obrar como si los métodos novelísticos disponibles estuviesen a punto de convertirse en simples convenciones y por tanto tiene que intentar burlar ese envejecimiento inevitable. El auténtico escritor, el sirviente libre de la vida, es aquel que debe actuar siempre como si la vida fuese una categoría más allá de todo lo que haya podido captar hasta el momento la novela; como si la vida misma siempre estuviese justo a punto de convertirse en convencional[3].

             La ficción de Providence nace de ese artificio de disponibilidad de los métodos para llegar a una nueva realidad dotada de más catadura, presencia y rigor que la supuesta realidad-verosímil. Estamos ahora ante una realidad-vividad. Y en esa realidad-vividad la reflexión sobre los procesos creadores estará presente, como sucede de modo paradigmático en el tercer apartado dedicado a reflexionar en torno a Lovecraft y sus mecanismos creadores y su envoltura, hasta el punto de que en esa parte la novela resulta lovecraftiana.
No se puede olvidar en esta línea de pensamiento que Providence es una novela pero también la creación de un mundo propio, de una realidad amplia, confusa, intrincada y plural, y para explicarla no existe una perspectiva, del mismo modo que no existía una perspectiva para explicar El Quijote. Y por eso, a medida que avanza la ficción, si al principio se sustentaba sobre la verosimilitud hacia el final se va haciendo lovecraftiana; si al principio triunfaba la vida al final triunfa el cine; si al principio triunfaba el realismo antiguo, al final triunfa esta nueva realidad-irrealidad (la realidad dentro de la literatura y la literatura-cine dentro de la realidad); si al principio había un microcosmos cercano, al final deviene un macrocosmos descomunal y borroso.   Y, de hecho, la sensación en el proceso lector, la percepción psicológica es que se va desde un mundo real diáfano, y cierto, hacia una situación en que el mundo de la ficción, el virtual, se apodera del escrito, y la incertidumbre y la oscuridad se apodera de nuestro hecho de lectores ensimismados. Ya bastante avanzada la novela, cuando se está en el Nivel 2, el cineasta Álex Franco dirá al respecto:

Se me podrá acusar, como hacen mis alumnos todo el tiempo, de deformar la realidad a partir del cine, pero han pasado casi dos meses desde mi llegada aquí y sigo convencido de que todo lo que sucede a mi alrededor y todo lo que me encuentro por la calle no es producto de mi imaginación colonizada (…) sino de una realidad fotogénica que o ha terminada pareciéndose a la imagen que proyecta en todas las pantallas desde hace tanto tiempo, o bien había nacido como nación para encontrar el medio cinematográfico su reflejo más fiel…[1]


[1] J. J. Ferré, Providence, Madrid, Anagrama, 2009, p. 343.



[1] J. Goytisolo, “Literatura en el ciberespacio”, Babelia de El País, 2 de enero de 2010
[2] Ibidem.
[3] J. Wood, Los mecanismos de la ficción, Madrid, Gredos, pp. 174-175.

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